Estafa inmobiliaria: El movimiento de vivienda

La lucha por la vivienda ha sido durante estos años una constante en las páginas de este periódico, desde aquel primer desahucio parado en Murcia por un numeroso grupo de vecinas que ocupó media página en un proyecto que aun daba sus primeros pasos, hasta el mes pasado, donde tristemente la portada estaba dedicada a David, vecino de Madrid que se suicidó hace muy poquitas semanas tras años de pelea contra el fondo buitre que compró su casa sin él poder hacer nada.

Unos cuantos años donde en casi todos los números encontramos algunas palabras que evidencian la pluralidad de frentes, caminos, visiones y acciones que han acompañado a este movimiento durante todo este tiempo. Hemos leído sobre mañanas en portales para evitar que una familia se quede en la calle, sobre edificios ocupados para albergar a un buen número de vecinas, sobre la venta de miles de pisos públicos a fondos buitre en Madrid ciudad y comunidad, sobre la ley de vivienda de la PAH y su incansable lucha por su aprobación a nivel nacional y autonómico, sobre la represión policial y judicial contra aquellas que ponen la cara y el cuerpo para evitar un desahucio, sobre el proceso de turistificación y gentrificación en determinados barrios y sus consecuencias sobre el vecindario, sobre los escraches que bien merecido se tiene la clase política, etc. Noticias que recorrían todos los barrios y ciudades de Madrid: Parla, Vallekas, Latina, Hortaleza, Lavapiés, Alcorcón, Tetuán, etc. Pero también otras partes del Estado, y otras ciudades y barrios de diferentes realidades como Torino, Río, Lisboa, etc.

Una lucha global que evidencia un problema a la misma escala, derivado de una visión compartida por las élites, o lo que es lo mismo, derivado de la gestión capitalista de un bien de primera necesidad. Pero frente a ello, existen y existirán tejidos de resistencia: asambleas, asociaciones vecinales, redes informales, PAHs, etc., colectivos que han dejado patente su potencial en este tiempo, demostrando que el hecho de encontrarnos en el propio barrio y generar espacios compartidos, puede crear nuevos escenarios que ni se planteaban hace diez años.

Pero más allá de hacer un repaso a lo acontecido en este tiempo, me gustaría aprovechar estas páginas que me han cedido las compañeras del Todo por Hacer para aportar una serie de idas y venidas de ideas fruto de mi propia experiencia en un colectivo de vivienda de un barrio de Madrid.

Comienzo con una reflexión sobre las metas en un no muy largo plazo, sobre lo siguiente que creo que debería acontecer. Desde un primer momento podríamos dividir dicha lucha en dos vías de trabajo que caminan parejas, por un lado, el curro más del día a día, más de pelear las situaciones propias de las vecinas que formamos parte de las redes del barrio, y por otro, el más reivindicativo en una versión más tradicional, aquel que tiene como objetivo presionar a los poderes públicos y empresariales para que apliquen medidas concretas, como por ejemplo, las campañas contra un banco, o las distintas iniciativas por llevar la Ley de Vivienda de la PAH a las cámaras legislativas autonómicas y al Parlamento nacional, que si bien no han conseguido su aprobación completa, si que han cumplido con el objetivo de mantener vivo el debate público así como plasmar en medidas concretas las reivindicaciones de un amplio y diverso mapa de colectivos.

Pero el trabajo cotidiano, es decir, la paralización de desahucios, la okupación de viviendas, las negociaciones con los tenedores de nuestros pisos, los acompañamientos y cuidados, las visitas a juzgados, las decenas de llamadas y correos electrónicos, etc., creo que vivirá una situación delicada próximamente si no se produce una nueva etapa de acumulación de fuerzas. Al menos nuestra realidad más cercana nos muestra grupos con una larga trayectoria en una lucha que implica caminar sobre realidades realmente difíciles, así como con una fuerte implicación personal, por las inevitables, pero también deseadas, conexiones emocionales que se establecen dentro del propio grupo. Este factor más personal requiere, por un lado, de un fuerte compromiso, así como de dinámicas y herramientas de cuidado dentro de los propios grupos, pero en una lucha con una mayoría importante de colectivos que superan los 5 años, con un núcleo fijo de activistas, es necesario una nueva oleada que produzca ese refuerzo que permita mantener la actividad cotidiana tan necesaria para defender el acceso a una vivienda digna para cualquiera de nosotras.

El otro punto clave es como encontrar hueco dentro de esta dinámica semanal para avanzar con una visión más a largo plazo en acciones que no sólo sean de resistencia ante sus continuas agresiones. Pero, en Madrid, colectivos como la PAH de Parla, o los grupos de vivienda de Vallekas o Carabanchel, tienen que hacer frente a lanzamientos casi todas las semanas, teniendo algunas semanas hasta dos o tres convocatorias de Stop Desahucios, así que imaginad el esfuerzo y trabajo cotidiano necesario, y la dificultad para encontrar recursos para realizar campañas más amplias. También sería conveniente pensar como una lucha que cuenta con gran simpatía por parte de un amplio espectro de la población, que hace frente a un problema que es una constante en nuestras conversaciones en el bar donde desayunamos, con la familia, con las amigas de toda la vida, etc., ha alcanzado una especie de tope de crecimiento. Se ha producido, por un lado, una especialización, y por el otro, una delegación colectiva que evidentemente, en algún momento, no podrá ser sostenible.

La lucha por la vivienda es la última superviviente del movimiento surgido en las plazas aquel mes de mayo, un movimiento que no dudo que todas queremos que siga presente en nuestros barrios, pero que debe ser una responsabilidad colectiva del tejido crítico. Acudir a un desahucio cada cierto tiempo, difundir las convocatorias, aportar a las cajas de resistencia, preguntar e interesarse por el cotidiano de las compañeras, ofrecerse para algún acompañamiento o para alguna gestión burocrática, etc., son pequeñas acciones fáciles de encajar dentro de nuestra dinámica semanal que refuerzan nuestras redes.

También, como parte del espectro libertario, echamos en falta una denuncia más radical, entendiendo radical en la acepción que más nos gusta, es decir, que visibilice la raíz del problema, que plantee un discurso crítico con la propiedad privada, el sistema capitalista y la propia Administración pública. Si bien, no vamos a caer en la simplificación de tildar de reformismo todo aquello que escape de nuestros estáticos esquemas, si que es necesario aportar dicho análisis desde espacios compartidos, respetuosos y horizontales, dejando los atriles para los curas, con la intención de sumar y enriquecer a un discurso que debe mantener su pluralidad y proximidad con la diversidad de la propia calle, para poder seguir caminando.

Sabemos de sobra que la lucha por la colectivización y gestión colectiva de las millones de vivienda construidas por todo el territorio, es la única salida real para evitar los abusos y desigualdades actuales, pero esta tiene que compenetrarse con la pelea en torno a las necesidades cotidianas presentes en cada barrio, para no caer en lo de siempre, grupos sobreideologizados sin una práctica real, con un elaborado discurso que no consigue introducir mejoras palpables en nuestras condiciones de existencia.

Las pequeñas victorias fruto del trabajo semanal, como la firma de un alquiler social en un vivienda okupada a una entidad bancaria, adquieren realmente valor por el proceso colectivo de lucha necesario para llegar a ese punto, en el empoderamiento y encuentro de diversas realidades, en el camino recorrido y en el aprendizaje parejo a dicho caminar. La lucha cotidiana nos plantea la posibilidad de recuperar una cultura de lucha, un aprendizaje colectivo que nos enseña que solo peleando salimos de esta, que no podemos esperar nada de nadie, tan solo de nuestras iguales. Sin embargo parte del movimiento libertario ha puesto su foco sobre el hecho en sí, la firma de un alquiler social, por ejemplo, obviando el proceso completo así como las circunstancias personales que envuelven a esa realidad.

Pero retomemos el hilo, otro gran hecho a destacar de dicha lucha es el papel predominante de las mujeres, siendo las verdaderas protagonistas y responsables de todo lo acontecido en este tiempo. Y si has estado alguna vez en una asamblea de barrio, sabrás de lo que hablo. Son ellas las que asumen gran parte del trabajo invisible del cuidado del hogar y de las que allí conviven, y son ellas las que luchan por defenderlo, por ello, no se podría hacer un repaso general a dicha lucha sin nombrar de forma específica el rol de las mujeres en ella. Al igual que con otras temáticas, como decíamos antes, la urgencia del día a día, la cantidad de trabajo a realizar, nos sirve muchas veces a los hombre como parapeto para no reflexionar sobre nuestras dinámicas dentro de estos colectivos. La aparición de espacios propios de mujeres dentro de muchos grupos es, evidentemente, una gran noticia, porque implica profundizar en dinámicas de cuidado, reflexión y lucha, pero a parte, los hombres tenemos que comenzar un curro de revisión para la construcción de espacios más equitativos y empáticos. Repensar nuestros roles dentro de la asamblea, ser más comprensivos con los tiempos y necesidades de cada una, participar de forma más activa en las dinámicas de cuidados, compartir tareas y conocimientos evitando las especializaciones, etc., son algunos de los deberes pendientes que puedo observar en mi círculo más próximo y que estoy convencido que pueden ayudar como punto de partida a más de un grupo de hombres.

La lucha por la vivienda, más allá de denunciar una realidad que tras la última crisis se ha convertido en un gran problema para muchas de nosotras, ha conseguido recuperar parte de unos vínculos de lucha en la periferia, casi desaparecidos tras el auge del asociacionismo vecinal de los años 70, aunque sin alcanzar dicha magnitud. Pero aun así, estas conexiones nos deben servir como punto de partida para reconstruir espacios compartidos de encuentro y de lucha, nos deben servir para avanzar en la recomposición de nuestra comunidad. Es imposible producir cualquier cambio social si no es desde un tejido colectivo, donde sea el propio tejido quien protagonice dicho cambio. El entrecruzamiento entre varias realidades activas que está cristalizando en proyectos como los sindicatos de barrio, donde la lucha por la vivienda comparte escenario con la lucha laboral, feminista, antirracista, etc., es un claro ejemplo del caminar que planteamos para acercarnos a la realidad social y política que tanto soñamos. Tomémonoslo en serio. Tomemos nuestros barrios.

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