El avance del fascismo en Estados Unidos. Causas y consecuencias del asalto al Capitolio

La contra-ofensiva al fascismo que viene no puede ser de la mano del neoliberalismo. Redistribución de la riqueza y el trabajo, frenar el hambre y la pobreza para que los ultras no puedan crecer” – Pastora Filigrana, abogada andaluza

El ocaso del imperio

Trump nos ha empoderado. Damos gracias al presidente por decir la verdad” – David Duke, antiguo gran mago del KKK

En 1917 Estados Unidos (EEUU) entró en la Primera Guerra Mundial y desplazó al Imperio Británico como la primera potencia mundial. Exactamente 100 años después, en enero de 2017, Donald Trump fue nombrado presidente y debilitó la imagen del país – o mejor dicho, la marca América – como nadie lo había hecho antes gracias a su carácter de niño malcriado, sus caprichos, sus exabruptos racistas y machistas y su negacionismo climático, entre otros. Es curioso que su presidencia ha hecho más daño a la imagen exterior del país por su falta de formas e indisimulada autocracia que el intervencionismo violento de sus predecesores: Clinton bombardeó Serbia con uranio empobrecido, Bush inició las guerras de Afganistán e Irak y Obama las de Libia y Siria, pero nada de esto fue tan mal visto como el errático comportamiento de Trump.

Trump ha sido, desde el primer día, un paria para la comunidad internacional. Pero lo que nadie veía venir era hasta qué punto su presidencia iba a desestabilizar el país dentro de sus fronteras. Recibió el apoyo de grupos de ultraderecha como el KKK, QAnon y los Proud Boys, así como de varias milicias; se ha negado a condenar la violencia fascista; ha flexibilizado la legislación que protege el medioambiente y especies animales; ha endurecido la política migratoria; y su negativa a reconocer los resultados electorales – los cuales proclaman al demócrata Joe Biden como el vencedor de los comicios – ha provocado la mayor tensión social en años. El imperio estadounidense ya no se pavonea ante el mundo como un país ejemplar, sino que ha visibilizado, mejor que nunca, que se trata de un Estado inestable, violento, construido sobre mentiras que no hacían más que esconder el ideal del supremacismo blanco y atravesado por severas desigualdades debido a su política de dar rienda suelta al capitalismo salvaje.

El poder de la fascistocracia se hace notar en el asalto al Capitolio

Cuando el fascismo llegue a Estados Unidos, lo hará envuelto en la bandera estadounidense y portando una cruz” – Sinclair Lewis, premio Nobel de literatura

Este año, debido a las restricciones a la movilidad, los Estados Unidos tendrán que organizar el golpe de Estado dentro de sus fronteras” – John Cusack, actor

El pasado 6 de enero una turba violenta de ultraderechistas, con vestimenta militar y portando armas, irrumpió en el Capitolio de EEUU. Muchos eran militares y policías. Usaron la violencia física para detener la corroboración del voto del Colegio Electoral que encumbraría a Joe Biden a la presidencia. Un intento de golpe disparatado impulsado por el propio presidente Trump.

Trump se había dirigido horas antes a miles de sus seguidores, a poca distancia del Capitolio, diciendo que “nunca recuperaréis nuestro país con debilidad, tenéis que mostrar vuestra fortaleza y ser fuertes”. Su hijo Donald Trump Jr. le siguió, diciendo que había llegado su momento en convertirse en héroes. La congresista republicana Mary Miller también dio un discurso en el que citó al que nunca se debe citar: “Hitler tenía razón en una cosa: quien tenga a la juventud, tendrá el futuro”. Por último, el abogado Rudy Giuliani exclamó que había llegado el momento de “un juicio por combate”.

Después del discurso del Presidente y sus secuaces, sus seguidores traspasaron unos tibios cordones policiales que no ofrecieron ninguna resistencia y rompieron ventanas para acceder al interior del parlamento, al grito de “U-S-A”, “Trump” y “fuck Antifa”.

La condescendencia de los escasos dispositivos policiales[1] con la ultraderecha fue la tónica en esa jornada y no opusieron ninguna resistencia a que accedieran al interior del Capitolio.  hasta que se les fue de las manos completamente. A propósito de las imágenes de la policía dejándoles entrar Mark Bray (autor del ensayo Antifa) tuiteó “el argumento de ‘ignora a la extrema derecha’ se sustenta sobre el mito de que la policía parará el fascismo si crece demasiado… ¿cómo va eso hoy?”.

Una vez dentro del Congreso, las imágenes que nos llegan parecen de coña. Hombres blancos haciéndose selfies en los escaños de la Cámara, nadie llevando mascarilla, saqueos de despachos más entusiasmados por llevarse una placa con el nombre de Nancy Pelosi que por encontrar información útil, un notas que parece que va puesto de ketamina portando una piel de bisonte (resulta que es Jake Angeli, conocido como el QAnon Shaman), personajes de cómic, camisetas de “campamento Auschwitz”, banderas confederadas, horcas, cruces y paletos que parecen sacados de Los Simpsons junto a ricachones de buenas familias (un hijo de un juez del Tribunal Supremo de Nueva York, una agente inmobiliaria millonaria que acudió al asalto en un jet privado, etc). Dan tanta vergüenza ajena que llamarlo “golpe de Estado” se les queda un poco grande. Aunque sin duda se creían héroes salvapatrias en aquel momento.

Pese al esperpento, no hay que olvidar que se requisaron varias armas de fuego y explosivos caseros. Los EEUU como impulsores de una sociedad del espectáculo dieron su particular show internacional, las reacciones humorísticas y los memes ante este esperpento no tardaron en salir. Sin embargo, lo que nos jugamos por otro lado es la banalización del fascismo como movimiento con potencial de causar estragos y colapsarnos. No en vano, sus protagonistas son destacados líderes de grupos fascistas como QAnon (la teoría de la conspiración), Proud Boys (una organización fascista masculina, estéticamente hipster, violenta, antiinmigración, que defiende los derechos de los hombres blancos y está orgullosa de crear el mundo moderno), The Patriots (una organización supremacista blanca y conspiranoica contra el nuevo orden mundial), The Kek Flag (una organización filonazi cercana al KKK), The Three Percenters (organización patriota y antigubernamental que defiende que solo el 3% de los norteamericanos lucharon contra los británicos en la Guerra de la Independencia y tienen derecho a disfrutar del país), Stop the Steal (esta organización, llamada «Parad el Robo» se creó como respuesta a la victoria electoral de Joe Biden) y el National Anarchist Movement (pese a que se hacen llamar anarquistas, se trata de un grupo antisemita y conspiranoico que aboga por la segregación racial).

El colectivo CrimeThinc recordó por redes sociales que este asalto fue posible porque los progresistas habían pedido que los movimientos sociales y de izquierdas no se acercaran al Capitolio, dejándolo libre para la derecha organizada. El 6 de enero el antifascismo hizo un llamamiento a la autodefensa y a la resistencia. “Nadie viene a salvarnos. Organízate”.

Las imágenes del asalto son, además, la confirmación gráfica del privilegio blanco. Nadie duda que si un grupo de afroamericanos hubiera hecho lo mismo les habrían cosido a tiros. Pero los seguidores de Trump que asaltaron el Capitolio no solo fueron recibidos sin resistencia, sino que se permitieron el lujo de ir a cara descubierta e incluso algunos dieron su nombre a la prensa.

Los medios de comunicación posteriormente se encargan de blanquear el fascismo apuntando a fanáticos estrambóticos e incidentes aislados y, sin embargo, la lección de todo esto es que el fascismo es una organización criminal que actúa conscientemente a nivel global. “La CNN habla de los seguidores de Trump como si fueran lemmings siguiendo a su líder sin analizar la existencia de un movimiento de extrema derecha más amplio (que situó a Trump donde está), grupos autocatalogados como fascistas y el supremacismo blanco”, tuiteó Mark Bray.

Pero nadie lo blanqueó como Trump. Se negó a comparecer ante los medios, por miedo a las preguntas que le podrían hacer, pero publicó un vídeo en Twitter durante el asalto pidiendo a los asaltantes que volvieran a casa, no sin antes darles la razón y afirmar que le habían robado las elecciones. “Os quiero, sois especiales, sé cómo os sentís” se despidió de manera patética.

Por su parte, el discurso de Biden fue el de un emperador que hereda un imperio que se está desmoronando entre sus dedos y se niega a reconocerlo. “Somos mejor que esto, esto no son los Estados Unidos de América, no somos una república bananera”, insistía. Con la superioridad habitual de sus predecesores intentó restaurar la dignidad y el brillo de la superpotencia, pero ya nadie cree en la Marca América.

Poco después, los SWAT del FBI entraron en el edificio, redujeron sin demasiada dificultad a los asaltantes, detuvieron a sus cabecillas (dejando a cientos de personas marcharse tranquilamente) y desalojaron el edificio. La confirmación de Biden se reanudó horas más tarde, mientras miles de los asaltantes lo siguieron por televisión, abarrotados en lobbies de hoteles, sin mascarillas. En esta sesión, algunos republicanos recularon y votaron a favor de confirmar a Biden, pero muchos otros siguieron dando pábulo a las teorías de los asaltantes y votaron en contra, alegando que las elecciones habían sido fraudulentas.

Las consecuencias del intento de golpe de Estado

Los demócratas no han entendido cómo funciona el poder. Pensaba que el protocolo institucional de la democracia conlleva un poder intrínseco. Pero ese poder es simplemente el resultado de una creencia colectiva que se ha colapsado, dejando espacio a la fuerza bruta” – Colectivo CrimeThinc

Los seguidores de Trump están rompiendo el contrato social: ‘o retengo mis privilegios, o empezamos una guerra civil’” – Colectivo CrimeThinc

Al día siguiente se confirmaban cinco muertes y varias decenas de dimisiones en las filas del Partido Republicano tratando de desmarcarse de la incitación a la violencia de Donald Trump. La gravedad de lo ocurrido, la unánime condena y un horizonte de procesos judiciales que podrían llevarle a la cárcel provocaron que Donald Trump se sumara al día siguiente a la condena al “atroz” asalto por parte de sus seguidores al Capitolio. En definitiva, dejó vendidos a sus acólitos, a los que el día anterior había dicho que les quería y les había llamado “especiales”. Y es que ésa es la esencia del trumpismo: un conservadurismo cínico, carente de valores firmes, muy de derechas, que improvisa a diario sobre el mismo tema: la experiencia vivida de tener poder y privilegios, verlos amenazados y tratar de mantenerlos sin ningún pudor[2]. Y en el caso de EEUU han demostrado que pueden defender sus privilegios en las urnas o mediante la fuerza.

La fuerza del fascismo a día de hoy es que tiene una indispensable función de carácter social y cultural, es el complemento al ultraliberalismo agresivo; genera unas estructuras de discurso, de confrontación y de protagonismo mediático pensadas para desbordar socialmente.

El colectivo CrimeThinc acabó el 6 de enero con una advertencia: “Los hechos de hoy desacreditarán a Trump a los ojos de los centristas, pero también forzará el discurso de lo políticamente aceptable más a la derecha. Mientras tanto, la nueva derecha y el fascismo se armarán para intentar replicar lo sucedido. La represión estatal que seguirá a esto afectará a todo el mundo, como cuando Erdogan recortó libertades tras reprimir un golpe de derechas. La represión estatal incorporará a elementos de centro y buscará aislar a los ‘extremistas’. Y si la derecha es la única que presiona, se le harán concesiones”. Y, sin duda, el tiempo le ha dado la razón. Ciudades como Washington y Nueva York se encuentran blindadas por el ejército mientras el centro-izquierda gringo aplaude la mano dura contra los asaltantes al Capitolio y pide que Biden – quien colaboró con Bush en la redacción de la Ley Patriótica tras el 11-S – endurezca la ley.

Asimismo, CrimeThinc añadió que “cuando la extrema derecha viene representada por neonazis rabiosos con camisetas de Auschwitz resulta más fácil para políticos de derechas que quieren deportar a millones de personas y desahuciar a decenas de millones más presentarse como la opción razonable y mainstream”. El debate social y político se escora más a la derecha cuando nazis y fascistas toman las calles e instituciones. Por eso hay que pararles.


[1] El pasado verano la ciudad de Washington se blindó por completo durante las protestas de Black Lives Matter. El ejército protegió el Monumento a Lincoln durante esas manifestaciones, mientras que la presencia policial para proteger el Capitolio de la ultraderecha fue ridícula.

[2] Estas mismas tendencias se pueden ver en otros partidos o movimientos políticos de índole ultranacionalista y militarista en otras latitudes, como en Brasil con Jair Bolsonaro, o el ejemplo español de Vox, que comparte asesor (Steve Bannon) con Trump. Trump indultó a Bannon de delitos de corrupción el día antes de dejar la presidencia, como lo hizo Clinton con varios amigos y donantes suyos.

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