Liberen a Zaplana… y a todas las personas presas

Ni FIES, ni dispersión, ni enfermos en prisión”. Siempre que nos hemos manifestado frente a una cárcel, reivindicando el fin de las prisiones, hemos gritado este cántico hasta quedarnos roncas.

Por supuesto, nunca nos han hecho ni puto caso y los enfermos permanecen entre rejas. La Coordinadora de Prevención de la Tortura ha contabilizado 705 fallecimientos en prisión desde 2001 a 2017. Según las estadísticas de Instituciones Penitenciarias, cada año mueren 150 presas. Un 15% lo hacen por suicidios, el resto por enfermedades o sobredosis. En estas cifras no entran las presas que son excarceladas para morir unas horas después en el hospital, o incluso en la ambulancia de camino.

Eduardo Zaplana, exministro del PP y padre de las teorías conspiranoicas del 11-M, ingresó en prisión hace unos 10 meses por su supuesta participación en varios delitos de corrupción. Padece leucemia y su médico, Guillermo Sanz (militante de Podemos, sin afinidad política con su paciente), asegura que las condiciones carcelarias podrían desembocar en su muerte. Reflexionemos sobre esto un segundo: las cárceles tienen unas condiciones tan lamentables, que es esperable que una persona con problemas de salud muera en ellas. Y esto no escandaliza.

La derecha, encabezada por Aznar, Casado, El Mundo, OK Diario y ABC ha iniciado una brutal campaña mediática reclamando su libertad. Todas las semanas nos llegan declaraciones o artículos en los que tachan a la jueza de insensible y de poco más que de provocadora de su muerte.

Tienen razón, por supuesto. Pero son precisamente las mismas personas que no nos han hecho ni puto caso en el pasado. Cuando en 2012 se excarceló a Josu Uribetxebarria Bolinaga, preso de ETA enfermo de cáncer, la AVT manifestó sentir “repulsión” y lo calificó de “golpe a la democracia”, el ABC aseguró que “se reían del Estado” y el PP, a través de González Pons, dijo respetar la decisión judicial aunque se les “revolvían las tripas”. Y no hablemos ya de los casos que no son mediáticos, de las muertes silenciosas en prisión (tengamos en cuenta que el 25% de los muertos entre rejas son extranjeros) a las que hemos hecho referencia.

Nuestro sistema penal y penitenciario, diseñado por los grandes partidos y por gente como Zaplana, lo permite; incluso lo defiende. Zaplana ha caído en su propia trampa. Es víctima de unas leyes duras e inhumanas que él ayudó a crear. La reacción natural sería señalarle con el dedo y reírse, como Nelson de Los Simpsons, pero la frustración ya no da ni para eso.

Nadie merece morir en prisión. Por mucho rechazo (por decirlo suavemente) que nos genere Zaplana, no podemos defender que suceda. Como tampoco defendemos la existencia de las cárceles, de los ficheros FIES, de la dispersión (alejamiento de tu familia y entorno), ni de que haya personas presas enfermas entre rejas.

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