‘Robo de bebés’ en el Estado español. Una urgente interpelación antifascista

El lluvioso 23 de octubre de 2022 sucedió algo importante. No ha sido ni mucho menos la única vez, pero sí la última a nivel estatal: Un reguero de mujeres invisibilizadas (que no invisibles), mayoritariamente de 50 a 80, años tomaron la calle, osando ocupar un espacio público, una palabra y una rabia históricamente vetadas a ese segmento de la población denominado ‘señoras’. Ese día se produjo una concentración ante el Congreso de los Diputados en Madrid por el desbloqueo y la aprobación de la Ley de ‘Bebés Robados’ tras 5 años en un cajón. Destacar que, minutos antes de empezar el acto, les impidieron celebrarla en la plaza de enfrente donde tenían autorización, moviéndolas calle a bajo, parapetadas entre coches aparcados, terrazas llenas de turistas y varias lecheras con algún antidisturbio metralleta en mano.

Sentadas por los achaques o erguidas como estacas, todas, empuñaron su digna pancarta reclamando algo muy concreto, lógico, obvio: saber dónde están sus hijas, sus sobrinas, sus hermanos, sus madres. Ni la biología ni los años perdonan, y esa búsqueda que se torna envenenada herencia se traspasa de madres a hijos, de hermanas a sobrinas, trauma heredado que bien conocemos que nos corroe de pena y rabia desde el 36; ese patrimonio bien español que nos dejó una, grande y libre, el del “dónde demonios están los nuestros”, mientras la impunidad, en su flamante ‘democracia’, sigue campando a sus anchas.

Desde 1936 hasta finales de 1990, que se tenga constancia, en el Estado español se produjo la desaparición forzada y sistemática de niñas y niños en cárceles, maternidades y hospitales para ser dados a familias adeptas al régimen y ‘de bien’. Todo un reguero de engaños y falsos “su hija/o ha muerto”, “márchese a casa, mejor que no la vea” y “ya la hemos enterrado (y bautizado)” cayeron como losas durante décadas por toda la geografía en hogares obreros. A otras les dejaron ver el cadáver de un ser humano que más tarde supieron que no salió de sus entrañas, en un inhumano reciclaje de pequeños cuerpos muertos. De seres humanos. Y a muchas de las más jóvenes, y quizá menos domesticadas, se los quitaron abiertamente por putas y requeteputas en el cerramiento misógino por excelencia: el patronato de la mujer. Este siniestro modus operandi, hoy en día, todavía no ha podido ser cuantificado, pero se intuye inmenso.

En el número de septiembre de nuestro periódico en papel hemos publicado una versión resumida (por cuestiones de espacio) del artículo «Robo de bebés en el Estado español: Pequeña síntesis y una urgente interpelación antifascista», escrito por María José Cabedo y publicado en El Salto. Si no te has hecho con una copia de nuestra publicación impresa, recomendamos acudir a la web de este medio para leerlo entero.

El artículo termina con una interesante reflexión de la autora: ¿El tímido apoyo que tienen por nuestra parte tiene quizá que ver con el hecho de que sean mujeres, hoy en día de edad avanzada, y madres? Me pregunto honestamente si la imbricación de estos tres vectores es el factor explicativo que las constituye como seres absolutamente fuera de órbita de nuestro imaginario sobre lo que es un sujeto político, digno y posible, o tiene que ver con otras cuestiones. Quizá ha llegado el momento de una reflexión seria al respecto, porque la herida sangrante de impunidad que lleva 80 años atravesando la vida de miles de nuestras viejas es urgente atenderla. Por puro antifascismo, que no se nos olvide que esta lucha también es nuestra. La próxima vez que queden (que lo harán, que no han parado de hacerlo), seamos millones. Mientras tanto, que corra la voz.

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