Rumbo hacia la derecha

Hace ocho años que nos lanzamos a la piscina con este periódico. Sin tener mucha idea de periodismo, maquetación o edición, nuestras trayectorias vitales de lucha acabaron llevándonos hasta aquí. Queríamos hablar y reflexionar hacia fuera, conversar con otras, salirnos de los estrechos márgenes de nuestro guetto militante. Y durante todo este tiempo hemos tratado de reflejar la realidad que nos rodea, contar historias, luchas, dudas o sentimientos desde nuestra particular perspectiva. Y cómo no, hemos sentido como todos el vaivén de los movimientos sociales. Un par de meses después de que iniciáramos este camino, toda nuestra experiencia militante saltó por los aires de la mano del 15M. Rompió nuestros moldes, y nos abrió una ventana de aire fresco. Tras las hostias de la crisis económica de 2008, nos tocaba devolver algún golpe. La ilusión que sentimos (no exenta de críticas) no nos era exclusiva, la veíamos también en EEUU o en Turquía. Con todo, ese ciclo de lucha pasó, o al menos entró en su fase de depresión. Y ahí seguimos. Nuestro repliegue ha sido patente con los años, al igual que el hecho de que ahora es la derecha la que está desatada.

La deriva derechista que vive, principalmente desde hace unos años, Europa y América es ciertamente preocupante. La crisis económica de 2008, las medidas de austeridad que gran parte de los gobiernos occidentales tomaron ante esta situación, los cambios demográficos y culturales de los últimos lustros, las tensiones sociales derivadas de las modificaciones en la economía postindustrial occidental o la inmigración son algunas de las claves para entender esta evolución política. Con ello no se pretende echar la culpa a nada ni a nadie en concreto del auge de la derecha, sino más bien, poner el foco en ciertos puntos de fricción en nuestras sociedades. Cómo nos enfrentamos a ellos es justamente lo que conforma la deriva política del momento.

“Nuestro mito es la nación, y a este mito, a esta grandeza, subordinamos todo lo demás.” Mussolini

Diferentes respuestas a un contexto de crisis. Los años de bonanza, de un creciente Estado de Bienestar, que nacieron de las cenizas de la Segunda Guerra Mundial, se alejan. Hace unos 40 años que llegamos a la cima, pero la cuesta abajo se ha vuelto más abrupta últimamente. No viviremos mejor que nuestros padres, al menos según los estándares del mercado. El supuesto ascensor social se ha ido a la mierda, y no hay quien lo arregle. Frente a ello, las formas de afrontarlo son varias. El 15M, los diferentes Occupies americanos o el movimiento de ocupación del Parque Taksim Gezi de Estambul pusieron el acento sobre las posibilidades de superación de este sistema desde la óptica de la libertad, la solidaridad o la autogestión. Mientras, la extrema derecha nos ofrece otras maneras de encajar los golpes de estos últimos años. Podemos regocijarnos en una supuesta humillación como comunidad ancestral. Una comunidad homogénea e invariable en el tiempo en claro declive. Nos lo están robando todo, que diría aquel. Y este expolio cultural, material e identitario se combate con unidad y pureza. Es en esta cosmovisión en la que encajan a la perfección las palabras de Mussolini. La nación como encarnación de esa comunidad ancestral a defender. Una nación cuyo origen se pierde en la noche de los tiempos, una nación que una vez fue grande y temida, y ahora mírala, de rodillas ante los mercaderes del Templo. El mito echa por tierra cualquier análisis de clase o de género sobre la conformación de las sociedades capitalistas modernas. El mito pasa por encima de la razón, sin lugar a dudas.

Ante todo, nos situamos ante una nación, una bandera y un orgullo a la que subordinamos cualquier otro mensaje. Las dificultades de acceso a una vivienda, los problemas de congestión de la sanidad pública o el paupérrimo estado del mercado laboral dejan de ser centrales, pierden su importancia. Primero, salvar la patria, luego ya veremos. Y la patria está en riesgo, y no por el ascenso a los cielos del neoliberalismo. Si hasta mediados del siglo pasado la extrema derecha situó gran parte de los males de la nación sobre los judíos y su intrínseca aspiración por joder Europa, tras la Segunda Guerra Mundial, las necesidades de mano de obra en el viejo continente trajeron consigo el comienzo de una serie de importantes procesos migratorios desde las colonias europeas o desde otros países recientemente descolonizados del sur global. Todo ello supuso (y sigue suponiendo) un serio desafío a las nociones europeas de ciudadanía y nacionalidad. Y es sobre esta cuestión sobre la que resurgió la extrema derecha de la época. Se situó a la inmigración como nuevo enemigo de la nación, como sujeto deshomogeneizador de la comunidad. Y en esas seguimos. La inmigración se posiciona como causante de inseguridad, entendiendo seguridad como securitismo, a la vez que como explicación primigenia de otra serie de grandes males, ya sean los contratos basura, la sobrecarga de los sanitarios o las modificaciones culturales propias de la época que vivimos.

Al final, este ataque furibundo a la inmigración y esta obsesión con la “seguridad” acaban cristalizando en la estigmatización de la pobreza, y por ende, de los pobres. Esas clases bajas a las que lanzan guiños constantes, esa España que madruga, acaba siendo quien paga los platos rotos de la nación humillada. Pues la comunidad ancestral necesita de una fuerte dosis de desclasamiento, de olvidarnos de nuestro origen social. Bajo un halo difuso de crítica al sistema, se esconden unas propuestas conservadoras y reaccionarias en todos los ámbitos. Mientras algunos tienen una fachada más social, como pueda ser el Frente Nacional francés, nuestra moderna versión patria (VOX) no esconde su exacerbado corte liberal en lo económico: con una redistribución fiscal cuyo flujo se orienta de abajo a arriba a la vez que se reduce a la mínima expresión el sector público. Pero volvemos a lo de siempre, al final todo queda sepultado por la defensa de la nación.

Si algo da todavía más miedo que el crecimiento constante de la extrema derecha en estos últimos años, es su magnífica capacidad de influencia. No les hace falta gobernar o estar en una posición de fuerza dominante para marcar la agenda política. Se aceptan los debates que abren, se responde a sus ideas peregrinas y al final el resto de actores políticos (hasta quienes dicen oponérseles) acaban modulando su discurso para no parecer tan blandos como desde sus tribunas se clama. El discurso se desliza sin fisuras hacia la derecha. La política migratoria europea ha alcanzado cotas deleznables en esta carrera para no perder votos ante el Frente Nacional, el UKIP o Alternativa por Alemania. Más ejemplos podemos encontrar en la última campaña electoral de nuestro país, donde las perogrulladas de VOX en torno a la supuesta inseguridad generalizada en forma de asaltos a viviendas ha dado pie a un debate falso, o al menos, le ha otorgado una supuesta importancia y centralidad de la que carece en absoluto.

“OK, all right, it´s a good night for a fight.” Rude Pride

Frente a esta situación, nos toca responder. La izquierda occidental lleva ya años dando tumbos, aún no se ha recuperado del último asalto proletario de la década de los 70 y los 80, con su consiguiente derrota, que junto a la caída del telón de acero y el fin de la historia pronosticado por el capitalismo dominante, la dejó tocada. El neoliberalismo campa a sus anchas, y la izquierda no consigue generar alternativas plausibles e ilusionantes para los desheredados del nuevo siglo. Necesitamos, por tanto, reforzar las comunidades de lucha, los lazos entre vecinos, entre quienes sufrimos los embates de una crisis que nos ha dejado más jodidos de lo que ya estábamos antes, pues combatir a esta nueva extrema derecha de traje y corbata no va a ser fácil. Nos queda un largo camino por delante.

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