Israel siembra muerte en la Palestina ocupada: La ocupación que no importa a la comunidad internacional

Hace dos meses, cuando Vladimir Putin anunció la invasión de Ucrania, la comunidad internacional, de manera casi unánime, se escandalizó. Y con razón. Desde entonces, el ejército ruso controla distintos territorios del Este y Sur de Ucrania, ha provocado centenares de muertes de civiles y el desplazamiento – interno y exterior – de millones de personas. De la noche a la mañana, las ucranianas se han visto sometidas por una fuerza extranjera, que mata a quienes se le resistan y anexiona sus tierras a un Estado del que no se consideran propios.

Esta situación, sin duda, es terrible. Y, por una vez, parece que hay una mayoría de personas en el mundo que así lo entienden. Gobiernos de todos los colores han hecho declaraciones contra Putin y han impuesto duras sanciones contra el pueblo ruso; Estados tanto liberales, como autoritarios e incluso otros con elementos socialistas han condenado la invasión; anarquistas, pacifistas y activistas de todo el mundo se han manifestado contra la guerra de Putin; y organizaciones indígenas como el EZLN han publicado comunicados condenando al ejército ruso.

Sin embargo, si hablamos de la ocupación del Estado de Israel sobre el territorio palestino e intentamos trazar una analogía con lo que sucede en Ucrania, el discurso cambia por completo. Pese a que Israel no respeta la legalidad internacional y ha desobedecido cualquier resolución de la ONU sobre los asentamientos ilegales desde 1967, la comunidad internacional enmudece ante una ocupación que se lleva produciendo desde 19481.

Lejos de destensarse la situación en Palestina con el paso de los años, la cosa va empeorando. En el mes de mayo de 2021, según un informe de la ONU de 25 de marzo de 2022, el ejército israelí mató a 261 palestinos – al menos 130 eran civiles y 67 eran niños – en Gaza y aplicó castigos colectivos en Jerusalén Este2. Asimismo, la policía israelí acabó con la vida de 74 personas – 17 de ellos niños – y tildó de “organizaciones terroristas” a seis prominentes ONGs palestinas.

Un año después, el mes de abril de 2022 ha sido otro de extraordinaria violencia en la Palestina ocupada. Según la Oficina de la ONU para la coordinación de Asuntos Humanitarios, en la primera quincena de abril murieron 18 palestinos, después de que el primer ministro israelí, Naftali Bennett, diera la orden al ejército de librar una guerra contra el “terrorismo”. También ha coincidido con la publicación de un informe de Amnistía Internacional que detalla “cómo Israel impone un sistema de opresión y dominación a la población palestina en los lugares donde tiene el control de los derechos de ésta” y, por primera vez, define el régimen israelí como uno de Apartheid. Esto abarca a los palestinos y palestinas que viven en Israel y los Territorios Palestinos Ocupados y también a la población refugiada desplazada en otros países, según la ONG.

Estos datos se traducen en que, al cierre de esta edición, el número de palestinos muertos en lo que va de 2022 asciende a 48cinco veces más que en el mismo periodo de tiempo en 2021, antes de las matanzas que se produjeron en mayo –. Entre las víctimas de los últimos días se encuentra Ghada Ibrahim Sabatien, madre de seis criaturas que fue disparada pese a encontrarse desarmada por acercarse a soldados, o Muhammad Assaf, un abogado que llevaba a su sobrino al colegio y que se llevó un tiro en el cuello por pararse a observar una intervención militar. Decenas de nombres, tras los cuales se encuentran personas a las que les han arrebatado la vida, que no caben en estas páginas.

Frente a las acciones del régimen israelí, grupos activistas como la campaña BDS (boicot, desinversiones y sanciones) proponen forzar el cambio mediante la presión popular internacional al Estado de Israel. Y es aquí donde los distintos Estados del mundo nos muestran su tremenda hipocresía: la propuesta es la misma que los países de la UE y EEUU están implementando actualmente contra Rusia (las sanciones), pero se niegan a obligar a Israel a acatar la legalidad internacional con ellas porque “no es justo” para el pueblo israelí (como si fuera justo que el pueblo ruso sufra las sanciones por lo que hace su Estado), o porque “no son efectivas”. Y, de esta manera, el régimen de Apartheid israelí se perpetua.

Y es que, como apunta una declaración del Comité Palestino BDS, «la cálida bienvenida de los países del Occidente a las persona ucranianas, contrasta fuertemente con la forma en que estos países han tratado a las personas morenas y negras que llegan a sus costas y fronteras pidiendo asilo. Por el contrario, son tratadas con racismo y bloqueadas con muros para evitar su ingreso, mueren ahogadas en los duros trayectos, y se ven forzadas a separarse de sus familias. Esta misma intolerancia y  maltrato han tenido que experimentar las personas no blancas de Ucrania que buscan refugio. Este doble estándar de los países del Occidente es doloroso, irritante y humillante para los pueblos del Sur Global, incluido el pueblo palestino. Después de todo, el régimen de apartheid, ocupación militar y colonialismo que Israel ha ejercido por décadas contra la población palestina, es armado, financiado, protegido y mantenido impune por los mismos países del Occidente-particularmente Estados Unidos, el Reino Unido y la Unión Europea-que hoy promueven sanciones contra Rusia y acogen con los brazos abiertos a las personas refugiadas de Ucrania.  

Insistiendo en la igualdad del valor de todos los seres humanos y de sus derechos inalienables, el movimiento de Boicot, Desinversión y Sanciones (BDS), realiza campañas para terminar con la complicidad con el régimen de opresión de Israel que niega la libertad, la justicia y la igualdad a la sociedad civil palestina. El reverendo Martin Luther King Jr. describió una vez los boicots por la justicia racial como «retirar… la cooperación con un sistema malvado». De hecho, el BDS está presionando a los Estados, a las empresas y a las instituciones para que pongan fin a su cooperación directa e indirecta con el régimen de Israel, que está matando, limpiando étnicamente, negando derecho a regresar a casa de miles de personas palestinas refugiadas, encarcelando, robando tierras tierra, asfixiando en bantustanes cada vez más pequeños y asediando a dos millones de personas palestinas en el campo de prisioneros al aire libre de Gaza. Claramente la Nakba aún no termina. 

Como movimiento antirracista y no violento, que defiende los Derechos Humanos, el BDS ha generado sistemáticamente campañas de boicot a las empresas e instituciones por su complicidad, no por su identidad. El BDS no se dirige a individuos ordinarios, incluso si están afiliados a instituciones cómplices. 

Los actuales boicots occidentales, que se imponen a Rusia, que se basa en su identidad o en sus opiniones políticas son, por tanto, antitéticos ante los principios éticos del movimiento de BDS. Los principales medios de comunicación occidentales, incluido un artículo sorprendentemente justo del New York Times, han comenzado a develar este hecho, comparando favorablemente el boicot «mucho más sofisticado», institucional y basado en la complicidad que ejerce el movimiento BDS a Israel, con los boicots alarmantemente xenófobos, basados en la identidad y macartistas que hoy los Estados del Occidente están ejerciendo contra la sociedad Rusa. 

Estas medidas, fomentadas por unos medios de comunicación Occidentales profundamente racistas, chovinistas y tendenciosos, han incluido el boicot a las películas rusas, a las figuras culturales (incluidos Tchaikovsky y Dostoevsky, ¡que murieron a finales del siglo XIX!), a los académicos (excepto a los que denuncian públicamente la invasión) e incluso a los gatos rusos. Un profesor de «ética» médica de Nueva York instó a las empresas farmacéuticas a dejar de vender medicamentos a Rusia diciendo: «Hay que pellizcar al pueblo ruso… con productos que utilizan para mantener su bienestar. La guerra es así de cruel». Un hospital de Alemania -un Estado que defiende el apartheid israelí, que se caracteriza por un racismo anti-palestino y por macartismo anti-BDS-ha anunciado que dejará de recibir pacientes rusos, en una vergonzosa violación del juramento hipocrático. 

La hipocresía Occidental ha infectado a las instituciones internacionales dominadas por el mismo Occidente. La FIFA, el Comité Olímpico Internacional, la UEFA, Eurovisión, el masivo programa de investigación académica de la UE, Horizon, entre otros, han rechazado durante años las demandas del BDS de excluir al apartheid israelí, bajo el fundamento de que «el deporte está por encima de la política», «la investigación académica está por encima de la política» y «el arte está ciertamente por encima de la política». Más aún, atletas que han solidarizado públicamente con la sociedad civil palestina, han sido fuertemente multados e incluso desplazados durante muchos años, mientras que atletas y equipos nacionales que boicotean a Rusia en solidaridad con Ucrania han sido activamente alentados y recompensados por los mismos organismos deportivos. Ante esta realidad, algunos reconocidos deportistas árabes han comenzado a denunciar valientemente esta hipocresía y doble estándar. 

La Corte Penal Internacional (CPI) desperdició años de disputas antes de abrir finalmente una investigación (que aún no ha dado ningún paso concreto) sobre los crímenes israelíes contra el pueblo palestino, incluida la masacre de Israel en Gaza en 2014, que mató en pocas semanas a más de 500 niños y niñas palestinas. Sorprendentemente-y por el contrario de las acciones de la CPI ante los vejámenes que vive la población palestina- días después de la invasión rusa, la CPI rápidamente comenzó un proceso para abrir una investigación.

La hipocresía y la rapidez con la que todas las entidades dominadas por Occidente boicotearon, expulsaron y sancionaron de uno u otro modo a Rusia y a la ciudadanía rusa, envían un mensaje claramente racista a los palestinos, yemeníes, iraquíes, afganos y muchos otros, de que sus vidas y derechos como personas de color no cuentan. Irónicamente, estos hechos y declaraciones que los justifican, desvalidan los argumentos anti-BDS que por 17 años Israel y los países del Occidente han propagado con el objetivo frustrar las campañas en búsqueda de justicia. 

A pesar de que la justificación para no realizar BDS a Israel ha sido por décadas que «los negocios están por encima de la política», hoy vemos que de repente cientos de empresas occidentales han puesto fin a todos los negocios en Rusia para protestar por la invasión de Ucrania, pero ninguna de ellas ha condenado las salvajes y mortíferas invasiones estadounidenses de Iraq y Afganistán. Por ejemplo, McDonald’s mantiene una sucursal en la Bahía de Guantánamo, el campo de tortura más grande del mundo. Otras de estas empresas, como HP, Hyundai, Caterpillar, General Mills y Puma, han estado bajo la mira del movimiento BDS por su apoyo activo a la ocupación militar y el régimen de apartheid israelí. Airbnb, que se retiró de Rusia a los pocos días de iniciarse la invasión, sigue promoviendo anuncios en asentamientos ilegales israelíes construidos en tierras palestinas robadas, lo que constituye un crimen de guerra. 

También es fundamental aclarar la legalidad y la moralidad de las sanciones. Los Estados y las organizaciones interestatales pueden imponer sanciones con la condición de que éstas tengan por objeto poner fin a violaciones graves del derecho internacional, como la agresión, la anexión, la dominación colonial, o el apartheid, sin discernir entre los Estados perpetradores. Para ser legales, las sanciones deben respetar los Derechos Humanos fundamentales y las obligaciones humanitarias, y ser proporcionales a la gravedad de la violación. Sin embargo, las sanciones impuestas por Estados Unidos se han aplicado de forma selectiva para favorecer los intereses geopolíticos y, cuando se dirigen a Estados del Sur Global en particular, han sido diseñadas en su mayoría para devastar a la gente corriente con el fin de lograr, en última instancia, un «cambio de régimen». En algunos casos, como el de Irak, estas sanciones han tenido resultados genocidas. 

Por el contrario, el BDS, y con él la sociedad civil palestina, pide sanciones selectivas, proporcionales y legales que tengan como objetivo acabar con el sistema opresivo de apartheid, colonialismo y ocupación de Israel, sin perjudicar a la gente corriente. Esto incluye un amplio embargo militar y de seguridad, cortar los vínculos financieros con los bancos que financian el apartheid y los asentamientos, y expulsar al apartheid israelí de los Juegos Olímpicos, la FIFA, Horizonte y otros organismos internacionales. Por otro lado, cortar el suministro de alimentos, medicinas y otros bienes básicos, como suelen hacer las sanciones de Estados Unidos, nunca puede justificarse moral o legalmente«.

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1Para más información sobre la historia de la ocupación israelí de Palestina, nos remitimos a nuestro artículo “Crónicas del Apartheid y de la Guerra”.

2Sobre las brutales matanzas perpetradas por Israel en Jerusalén Este y Gaza en mayo de 2021, recomendamos nuestro artículo “Limpieza étnica en Sheikh Jarrah y bombardeos israelíes sobre Gaza.

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