Las sanciones como muerte encubierta: o cómo la guerra económica no recibe la misma atención que la militar

Desde que Trump entró en la Casa Blanca hace medio año (sí, a nosotras también se nos ha hecho mucho más largo), las tensiones entre su Administración y el gobierno de Corea del Norte se han disparado. Ambos regímenes, usando un mismo lenguaje que les vuelve indistinguibles entre sí de una forma que nos recuerda a la última escena de Rebelión en la Granja, se han amenazado mutuamente con empezar una guerra. Y parece que se encuentran en competición directa por ver quién la inicia. Trump aseguró que “existe la posibilidad de entrar en un gran conflicto con Corea del Norte” el 28 de abril, y diez días antes el representante de Pyongyang en la ONU coqueteó con la idea de que “la guerra termonuclear puede empezar en cualquier momento”.

Ante la terrible posibilidad de que se ponga fin en cuestión de minutos a la vida de millones de personas de este planeta, la prensa generalista aplaudió la “restricción” que mostró Trump cuando a mediados de mayo “sólo” se limitó a pedir un endurecimiento de las sanciones internacionales a Corea. Y es que este tipo de medidas, aparentemente mucho menos graves que una guerra militar al uso, se suelen asumir acríticamente como una alternativa aceptable a un conflicto bélico. La imposición de sanciones se aprueban sin pena ni gloria, y todo el mundo suspira aliviado y a otra cosa.

Pero, ¿qué suponen las sanciones de la ONU para la población civil de un país que las sufre? ¿Son tan asépticas que no merece la pena retratar sus consecuencias en los medios? Para ilustrar su impacto, compartimos a continuación un fragmento del libro La Era de la Yihad, escrito por el periodista irlandés Patrick Cockburn (una recopilación de artículos periodísticos editado por Capitán Swing), que describe cómo se vivía en Iraq bajo las sanciones de la ONU en los trece años que precedieron a la guerra que inició Bush en 2003.

Las Naciones Unidas devastaron Iraq en los trece años que van entre 1990 y 2003. Los iraquíes vieron cómo su nivel social y económico pasaba de ser similar al de Grecia a estar a la altura del de Mali. La Organización Mundial de la Salud declaró que en 1996 “la inmensa mayoría de la población del país llevaba años con un dieta de semiinanición”. Naciones Unidas estimaba que entre seis y siete mil niños estaban muriendo al mes a consecuencia de las sanciones. Millones de iraquíes que habían tenido buenos trabajos y habían vivido cómodamente se vieron sumidos en la pobreza y abocados incluso a la delincuencia. La enseñanza y la sanidad pública del país, servicios que habían llegado a ser de gran calidad, se derrumbaron. Un equipo médico extranjero de visita en el país fue “testigo de cómo un cirujano trataba de practicar una operación con tijeras demasiado desafiladas como para rasgar la piel del paciente”. Había cortes de electricidad y agua potable porque las centrales eléctricas y las plantas potabilizadoras fueron el blanco de la campaña de bombardeos de 1991 y se reconstruyeron solo parcialmente. Sin dinero para pagar el sueldo a los funcionarios, la Administración se volvió irremediablemente corrupta y no ha dejado de serlo desde entonces. La invasión liderada por Estados Unidos en 2003 destruyó el Estado y ejército iraquíes, pero el régimen de sanciones ya había hecho añicos la sociedad y la economía del país. Puede que las sanciones de la ONU mataran a más iraquíes que cualquiera de las guerras posteriores. Aplicadas a partir de 1990, tras la invasión de Kuwait ordenada por Sadam Husein, impusieron un riguroso cerco sobre todo un país, que se suavizó solo levemente a partir de 1996, con el programa “petróleo por alimentos”. El supuesto objetivo de las sanciones era debilitar a Sadam Husein privando al régimen de dinero y de todo tipo de bienes que pudieran permitirle reconstruir su maquinaria militar. Se prohibieron productos tan inofensivos como los lápices de grafito, porque las minas podían utilizarse para fabricar armas nucleares; no podía importarse cloro para potabilizar aguas contaminadas porque podía transformarse en gas tóxico; las ambulancias escaseaban porque podían utilizarse para transportar tropas. Ninguna de estas medidas sirvió para debilitar el poder de Sadam Husein, pero tuvieron un efecto catastrófico sobre el pueblo iraquí. […] Los desastres que siguieron a la invasión estadounidense de 2003 han generado grandes controversias con respecto a la responsabilidad por lo ocurrido. Pero apenas se tiene presente hasta qué punto las sanciones ya habían arruinado Iraq y habían creado las condiciones para que los iraquíes estuvieran dispuestos a empuñar las armas o adherirse al extremismo religioso. Y no es algo que solo se haya sabido después. […] En 1998, Denis Halliday, coordinador de la oficina de ayuda humanitaria de la ONU en Iraq, dimitió en protesta por las sanciones y advirtió sobre sus consecuencias para los iraquíes más jóvenes: “Lo que debería preocuparnos es la posibilidad de que se siga desarrollando el pensamiento fundamentalista islámico – declaró de manera profética –. Lo que no se acaba de entender es que se trata de una consecuencia derivada del régimen de sanciones”. Nadie le hizo caso en su momento, pero la verdad de sus palabras salta hoy a la vista, cuando los extremistas suníes del Estado Islámico gobiernan un tercio de Iraq y los partidarios religiosos chiíes controlan el gobierno de Bagdad. […] La gente es mucho más consciente de las víctimas de la acción militar directa, como, por ejemplo, los niños muertos o heridos por lo ataques aéreos. Un embargo económico puede multiplicar el número de muertes por cien, pero lo hace en silencio y a puerta cerrada. Sus primeras víctimas son los más jóvenes, los más viejos y los más enfermos. El número de niños fallecidos antes de cumplir el primer año de vida pasó de uno de cada treinta en el momento en que se impusieron las sanciones a uno de cada ocho siete años más tardes. Muchos iraquíes no comían lo suficiente. Así de sencillo.

Las víctimas de una guerra parecen serlo sólo cuando sufren un bombardeo o reciben un disparo. La única guerra que se reconoce es la militar; no la económica. La muerte por embargos no es espectacular, es lenta, dolorosa y carente de sangre, por lo que se acaba normalizando y no despierta ningún interés. Nuestro mundo se configura a través de la imagen y las que se generan por este tipo de guerras no llegan hasta nosotras. Por eso es mucho más fácil para un gobierno, en este caso la Administración Trump, aprobar unas sanciones internacionales sin despertar protestas, que una acción militar.

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