Balance de un verano post-pandemia

En estos tres últimos meses hemos vivido el primer verano del Año 0 post-pandemia, y sí, lo expresamos de esta manera tan al estilo ciencia ficción no porque no lo tomemos en serio, sino para destacar hasta qué punto todo esto lo recibimos con los códigos con los que veríamos cualquier guion de película. La realidad social de este tablero de ajedrez tiene tantas variables y perspectivas, que es casi infinitamente imposible establecer una, dos o tres conclusiones principales tan solo. La desescalada en fases nos transportó a una ‘nueva normalidad’ impuesta que se parece demasiado a la vieja normalidad, con un plus en explotación laboral, estigmatización a grupos sociales, atomización y, en general, un shock del que todavía no nos hemos recuperado.

La pataleta de los ricos duró nada y menos, pero su amenaza y el ruido mediático de la extrema derecha y la peligrosa práctica de que continúen marcando agenda política sobrevuela como una sombra que debemos sacarnos de encima.

El racismo institucional y sistémico supera con mucho el discurso de los hechos aislados y mayoritariamente rechazados socialmente. Es momento de dar un paso adelante y posicionarse contra el racismo como estructura política en todos los niveles de vida. Los medios de comunicación han venido poniendo el foco estas últimas semanas en la okupación de viviendas ante la ola de desahucios que se avecinan con la crisis social actual. Preparan a la audiencia a posicionarse contra quienes buscan soluciones a la vivienda y contra su especulación. 

Las teorías conspirativas han inundado también el plantel mediático, dejando dos cosas claras: se han retratado tan ridículas que a parte de la izquierda que se dejaba seducir por este tipo de tendencias parece que se le han quitado las ganas de alimentarlas. Y también, que a quienes más interesa esta clase de tendencias conspirativas es a los discursos sociales que tienden a una falta alarmante de crítica y organización comunitaria.

La distancia de seguridad es un privilegio social al que los barrios obreros no podemos optar, aunque claro, nos dicen que aquí es pobre solo el que quiere ser pobre. ¿Qué pretenden demostrar los sondeos de PCRs en los barrios de clase trabajadora? Que somos unos incívicos, y crear con ello en la opinión pública un sentir favorable al confinamiento y criminalización de nuestros barrios.

En lo laboral, la huelga de Nissan llegó a un acuerdo que deja en la estacada a los más de 22 mil trabajadores de subcontratas y proveedoras, y cada uno se va a encontrar a su suerte. No se puede vender ese acuerdo como una victoria social. Así como el virus nos muestra la verdad sobre cómo ya vivíamos, sobre nuestras relaciones y nuestros hogares, también nos ha mostrado que ya vivíamos en una sociedad autoritaria.

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