El síndrome de la cabaña, la conquista de las bicicletas y otras cuestiones post-cuarentena

Bajo los adoquines… habrá arena de playa para construir otra ciudad posible

Es indiscutible que el choque más directo y fulminante del confinamiento desde una perspectiva psicosocial lo hemos vivido en las ciudades, y no con ello queremos afirmar que las urbanitas merezcamos una atención especial. Debemos reconocernos mucho peor preparadas en la cultura urbana para la situación de pandemia experimentada. Hemos vivido la ciudad de una manera diferente: calles completamente desiertas, espacios urbanos vacíos y la inseguridad de las colas que se formaban en estrechas aceras frente a supermercados.

También este hecho nos ha ayudado a imaginar una ciudad sin contaminación, ese veneno letal que respiramos y que tenemos normalizada su presencia, hemos concluido que necesitamos unos barrios menos asfaltados y mejor preparados para un encuentro social seguro. No solicitamos grandes ingenieros para hacer obras urbanísticas con sus comisiones en B en el sentido de un capitalismo verde, sino que debemos apropiarnos de nuestros espacios urbanos, conquistarlos para nunca más sentirlos extraños, ni un apéndice de una vida impuesta.

Las ciudades neoliberales están diseñadas para el turismo y la circulación de automóviles privados, cuestión que responde a los intereses concretos económicos, pero que convierte las ciudades en espacios inhabitables. Moramos lugares que hacen imposibles las relaciones humanas sanas y conscientes. Las salidas en pleno desconfinamiento con calles abarrotadas de personas que deseaban salir a caminar o hacer ejercicio, hacían complicado mantener una distancia social saludable y necesaria para algunas personas, debido a la configuración del asfalto que pisamos. El 80% del espacio público de Madrid está dedicado al coche, cuando representa el 29% de los desplazamientos. Un indicio del reparto tan desequilibrado que existe, y que debe ser una oportunidad para reivindicar espacios a otros transportes, y otras maneras de desplazarse por la ciudad. Son tiempos de la conquista de las bicicletas, de promover modelos geográficos críticos y sociales, de tomar espacio para desplazar al vehículo privado.

Síndrome de la cabaña o cómo romantizar la ficción de vida que propone el capitalismo

No nos extraña ya escuchar a todas horas aquello que han denominado ‘nueva normalidad’, que verdaderamente se parece demasiado a la antigua normalidad que teníamos en nuestras vidas, que no era otra más que estrés social e incertidumbre laboral continuada. En el afán de siempre de patologizar todo lo que nos sucede para desrresponsabilizar al sistema económico y social que está detrás, nos han hecho creer que teníamos el ‘síndrome de la cabaña’. Presentarnos como un problema psicológico las pocas ganas que tenemos de volver a nuestras aceleradas vidas e hiperproductivas actividades de antes del coronavirus.

Si bien en la cuarentena nos subíamos por las paredes de casa (eso quien tenía cuatro paredes donde quedarse) y estábamos deseando salir a la calle. La desescalada que trajo de la mano la posibilidad de comenzar a salir a la calle, primeramente con horarios limitantes, y después sin más restricciones que las mascarillas y la distancia social, nos ha descubierto que tal vez hayamos pasado días completos sin salir de casa. Unas veces lo comentábamos con amistades como algo anecdótico, bromeamos con la pereza que da desplazarse hasta el centro de la ciudad. Paulatinamente escuchamos hablar del ‘síndrome de la cabaña’, ese desánimo generalizado y vivido principalmente por quienes vivimos en urbes. Una etiqueta que parece de la misma fabricación que el síndrome postvacacional, o que ese odio visceral que tenemos a los lunes. Verdaderamente nuestro cuerpo es mucho más fuerte e inteligente de lo que creemos, solo hay que hacerle un poquito de caso y saber interpretar bien las pistas que nos ofrece. Nuestro problema no es individualizado, evidentemente tiene un origen social, que tiene que ver más con el infinito hastío que sentimos de esta vida impuesta. No somos seres más débiles que hace décadas, ni más tendentes a patologías, ni menos aptos para sobrevivir; simplemente llevamos un mayor desgaste de ‘acoso y derribo’ de este sistema sobre nuestras mentes y nuestros cuerpos durante generaciones, hasta el punto de ver anulada nuestras personalidades.

Todas hemos vivido con angustia y ansiedad algunas consecuencias del confinamiento, no poder ver a nuestras gente querida y darles abrazos, incertidumbre por el futuro, y además ni la convivencia familiar ni la soledad cuando es obligada nos ayuda demasiado. Sin embargo, también hemos descubierto que podemos hacer con nuestra vida mucho más que productividad continuada, podemos descansar, hacer absolutamente nada, incumplir aquello que parecía impensable que no hiciésemos. El confinamiento nos ha agarrado fuerte, nos ha puesto bocabajo y nos ha agitado; obviamente no podemos quedarnos igual tras esa agitación.

El problema no está en que tengamos ninguna clase de síndrome, el problema tiene raíces mucho más profundas, y tiene que ver con la estructura social y política que nos hemos encontrado en este mundo desde que nacimos. No queremos salir quizá porque detestábamos las vidas de mierda que consistían en trabajar de ocho a tres para consumir de tres a ocho, no queremos volver a movernos a contrarreloj como autómatas. Si se ha parado el mundo y nos hemos bajado por un tiempo, que sea para reanudar la actividad en otra marcha, la nueva normalidad no debería ser lo que otros decidan por nosotras, sino lo que sea saludable para nuestras vidas, desechando aquello que no las conviertan en algo que merezca la pena ser vivido.

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