La revuelta en Kazajistán contra la subida del precio del gas

A principios del presente año estallaba una fuerte revuelta en Kazajistán, que desbordó incluso internacionalmente la situación declarada con decenas de muertos, centenares de heridos y la movilización de tropas del Ejército ruso que participaron de la represión contra las protestas. El país kazajo se ha levantado debido a la subida desmesurada e incontrolable del precio del gas licuado que hicieron estallar disturbios en la ciudad de Alma Ata, la ciudad más poblada del país, y que quedó fuera del control directo de la capital política, Nur Sultán (antigua Astaná). El levantamiento de Kazajistán se enmarca en un contexto global, no solo como una simple reacción a un régimen autoritario, sino que sus habitantes luchan contra lo mismo que todas nosotras en otras latitudes, un sistema que nos hace imposible nuestra existencia.

El presidente del país kazajo, Kassym-Jomart Tokayev, en el gobierno desde 2019 tras suceder al líder Nursultán Nazarbáyev, quien estaba en el poder desde 1990, decidió pedir apoyo militar a sus aliados para mantener el control del país. Rusia y los miembros de la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (OTSC), alianza militar post-soviética, respondieron con el despliegue de sus tropas en Kazajistán para controlar los disturbios y proteger objetivos estatales y militares. Algo que ni siquiera hicieron en Armenia en el 2021, durante su conflicto con Azerbayán; lo cual demuestra que la urgencia con la que ha actuado Rusia para reprimir unas protestas sociales es profundamente significativa en los intereses energéticos que pretende defender.

Contra la subida del gas, contra la carestía de la vida y contra el gobierno autoritario

Múltiples sectores sociales kazajos han mostrado su hartazgo de una clase dirigente casi perpetua e inamovible, y el impulso que ha tomado la revuelta interna ha amenazado con desestabilizar el equilibrio de toda esa región rica en gas, así como parte clave de la ruta energética que une China y Europa. Kazajistán ha aumentado en más de un 90% el consumo interno de gas en la última década, mientras que su producción solo ha crecido a un ritmo del 4%. El estratégico sector energético kazajo ha ido privatizándose y pasando a manos extranjeras en las últimas décadas, fluctuando de esta manera sus precios según las normas del sistema de mercado. De hecho, se preveía un parón en el tránsito de gas hacia China en enero para satisfacer la demanda interna kazaja, pero las autoridades vienen priorizando desde hace años la exportación frente al mercado interno debido a la superior rentabilidad de beneficios.

Las protestas por el creciente desempleo y el desmantelamiento de la industria desde la caída de la Unión Soviética son habituales en algunas regiones kazajas, que han visto en los últimos años miles de trabajadores despedidos. La represión sobre estas huelgas ha sido determinante en la conformación de ciertos movimientos político-sociales en la última década y principalmente con el cambio de gobierno del año 2019. Un pueblo que, como otros de la esfera rusa post-soviética, languidece entre una cleptocracia neoliberal que acalla continuadamente cualquier intento de revuelta, levantamientos que buscan cambios de régimen político en la superficie, pero que como telón de fondo auguran una necesidad de nuevo impulso cultural y filosófico, en definitiva, un nuevo modelo de vida que no termine aplastado por un poder omnímodo.

El 2 de enero de 2022 estallaban las protestas en la región industrial de Mangystau, en el oeste de Kazajistán, tras el anuncio de que el gobierno kazajo subía el precio del gas licuado y el combustible para vehículos. Tempranamente se buscó la capitalización de las protestas por parte de los líderes opositores al partido mayoritario en el poder. Y aunque el ejecutivo echó rápidamente atrás la medida por el descontento popular, la chispa de la revuelta había estallado y se extendió en tan solo dos días a otras ciudades, incluyendo el principal núcleo urbano, Alma Ata.

A partir de ese momento miles de personas, fundamentalmente la juventud y kazajos emigrados que habían regresado tras estudiar o realizar actividades laborales en otros países, se unían a unas protestas que desbordaban a un gobierno acostumbrado a mantener bajo control cualquier situación con una simple amenaza autoritaria. Se declaró el Estado de emergencia en la región de Mangystau y la ciudad de Alma Ata, con toque de queda incluido. El gobierno en Nur Sultán dimitía el 5 de enero, y las sedes de gobierno en diversas ciudades eran asaltadas e incendiadas, así como edificios policiales y el aeropuerto de Alma Ata, tomando los manifestantes material y vehículos militares kazajos en sus asaltos. Sin embargo, Tokayev pasaría a ser el Presidente del Consejo de Seguridad Nacional, lo cual implicaba que Nazarbáyev renunciaba al cargo, que desde 2019 lo ejercía de manera vitalicia. Esto le terminaba de otorgar a Tokayev los grandes poderes del país.

Los conflictos del capitalismo por el suministro energético atenaza a las sociedades

La respuesta kazaja ya la hemos mencionado, solicitó apoyo a sus socios militares rusos para recuperar por la vía militar el control en Alma Ata, lo que significó el asesinato de decenas de activistas participantes de la revuelta, sin que ningún responsable haya dado explicaciones sobre esos crímenes. El único relato mencionado por la autoridad kazaja es que se realizaron operaciones antiterroristas, retratando a los manifestantes como una amenaza de peligrosos conspiradores. En ningún caso se puede hablar de una oposición organizada, si bien las élites liberales de Alma Ata tienen mayor experiencia de organización por protestas anteriores.

Sin embargo, no existe una coordinación ni demandas unificadas más allá de las cuestiones contra la subida del precio del gas licuado y el alto desempleo, aunque sí existe un marcado ánimo regeneracionista por las mejoras sociales. Ninguna de las organizaciones políticas que responden a intereses geopolíticos concretos de EE.UU., China, o Turquía se han pronunciado en los sucesos. Entre el caos de demandas internas liberales, nacionalistas, islamistas y mixtas surgen algunos movimientos de relevancia incierta que exigen el cambio de régimen a una república parlamentaria que rompa con el presidencialismo de partido único; y otros de carácter minoritario que tienen un fuerte cariz de oposición a Rusia y su herencia lingüística y política.

Kazajistán no es el primer país en el que un aumento del coste del gas ha desencadenado una oleada de protestas, lo que indica un levantamiento similar y global contra unas condiciones de vida impuestas por la atenazadora mano del mercado neoliberal. La situación particular de Kazajistán está abierta, pero vislumbra que los conflictos geopolíticos creados por el capitalismo seguirán tiñéndose del color de una guerra energética mundial con intereses a años luz de las sociedades, pero en las que estas serán sujetos activos que sufrirán las peores consecuencias de las reglas de juego criminal del sistema.

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