Mi cuerpo es mío

En todos los tiempos, y probablemente en todas las culturas, la sexualidad ha sido integrada a un sistema de coacción; pero sólo en la nuestra, y desde fecha relativamente reciente, ha sido repartida de manera así de rigurosa entre la Razón y la Sinrazón, y, bien pronto, por vía de consecuencia y de degradación, entre la salud y la enfermedad, entre lo normal y lo anormal – Michel Foucault

Hace pocas semanas saltó a la luz pública el caso de Beatriz, nombre ficticio tras el cual se encuentra una chica de tan sólo 22 años que se ha visto obligada por el Estado salvadoreño a dar a luz. El caso de Beatriz no es el único, pero sí que es el mejor ejemplo para evidenciar como las leyes, el Estado y la tradición católica marcan los ritmos y vidas de las personas. Gracias al morbo hipócrita provocado por los medios de comunicación conocemos el caso de Beatriz, pero sólo nos viene una cuestión a la cabeza: por cada caso que recibe atención mediática, ¿cuántos no conocemos?, es decir, ¿Cuántas mujeres se habrán visto obligadas a dar a luz cuando en realidad, por el motivo que sea, no querían hacerlo?

A modo de contextualización, Beatriz es una joven que vive en un cantón de una pequeña ciudad de El Salvador y ya tiene un hijo de dos años que sufre numerosos problemas de salud, heredados de los problemas de Beatriz. Beatriz está enferma, sufre lupus (una enfermedad crónica), insuficiencia renal y problemas de malnutrición debido a la situación socioeconómica en la que se encuentra. Beatriz está nuevamente embarazada, esta vez el feto sufre anencefalia, es decir, ausencia de cerebro, por lo que morirá al nacer. El embarazo y sobre todo el parto de Beatriz conllevan un alto riesgo y porcentaje de muerte para ella.

Ante este panorama cualquiera desearía ser madre, o al menos así lo pensó la Corte Suprema de Justicia salvadoreña quien desestimó el recurso de amparo, presentado por Beatriz a principios de abril, para poder interrumpir voluntariamente su embarazo. En consecuencia, Beatriz ha sido obligada a parir, le han practicado una cesárea y dado a luz a un bebé de sexo femenino que nació viva pero falleció pocas horas después, tal y como estaba previsto.  En el estado de El Salvador, al igual que en Nicaragua, Honduras, República Dominicana y Chile, la interrupción voluntaria del embarazo está prohibida de manera absoluta, está prohibida y penada en todos los casos y se impone a quienes la practican o se someten a ella hasta 30 años de cárcel. La práctica del aborto está prohibida independientemente de las circunstancias en las que haya sido originado el embarazado e independientemente del riesgo que suponga tanto para la madre como para el feto. El estado impone la maternidad, tiene la legitimidad de obligar a una mujer a ser madre, pero se desentiende de las condiciones en las que la mujer se encuentra o se encontrará, qué más da que ésta tenga una situación familiar, emocional, social, económica, etc. que sea favorable o no para sacar a delante a su futuro bebé. La mujer tiene que entender que ella no es la protagonista de la historia, que ella no puede decidir por sí misma, que el Estado, los/as jueces/zas, los/as médicos/as la sociedad y to dios (y nunca mejor dicho) tienen un nuevo papel para ella, ser madre. Una vez más, el Estado se erige como un sistema de dominación que introduce la política y la ideología en nuestros cuerpos.

Aunque nos parezca cosa lejana el caso de Beatriz, en realidad gracias a la reforma de la Ley del Aborto que prepara Alberto Ruiz-Gallardón, no poder interrumpir voluntariamente el embarazo por casos como la anencefalia que sufría el feto de Beatriz pueden darse en nuestra “avanzada”, “moderna” y “libre” sociedad. Esta reforma, como comentamos en el número de septiembre de 2012, será aún más restrictiva que la aprobada hace casi 30 años, ya que algunas de las modificaciones y supuestos a revisar (eufemismo de penalizar) será la interrupción del embarazo por malformaciones graves, así que no nos echemos las manos a la cabeza tan deprisa… A pesar de que chocamos frontalmente con la interpretación que hace Gallardón sobre la cuestión del aborto y la nueva reforma de la ley, sí que estamos de acuerdo en una cosa, en que vivimos en una sociedad donde existe una violencia estructural contra la mujer y que esta influye en su interés por ser madre, y es que con contratos temporales, con jornadas de trabajo interminables, con paupérrimos salarios y sin una red de asistencia y apoyo institucional, ser madre en nuestra sociedad es todo un reto.

Casos como el ocurrido hace tan sólo unos días, en donde una mujer en Alicante arrojo a su bebé recién nacido por las tuberías deberían de hacer que nos planteáramos que el tener un hijo/a es una circunstancia que no toda persona está dispuesta a asumir satisfactoriamente. Que el hecho de querer abortar y deshacerse del feto no algo agradable y “de pasada” que ocurre en la vida de la mujer, por lo que criminalizar y desasistenciar la interrupción voluntaria del embarazo y no dar un buen apoyo a la mujer embarazada puede llevar a casos tremendamente macabros y fuera de lugar. Es cierto que nadie puede saber que se le pasó a esta mujer por la cabeza para hacer tal cosa y que tiene otras alternativas con las que desentenderse del bebé, pero aun así existe una responsabilidad social que recae en la mujer embarazada por la que parece que el deseo de ser madre es algo innato o que se irá desarrollando según le vaya creciendo la tripa… todo esto acompañado, además, con un cierto pensamiento “popular” de pensar que quien se queda embarazada es porque quiere, que si es bastante mayorcita como para quedarse embarazada es bastante mayorcita para tenerlo, que antiguamente vale pero que ahora un montón de información, que hay que asumir las consecuencias… aproximándose a un que se joda. La maternidad es tomada como un hecho social en el que todo el mundo tiene voto.

A parte de la criminalización, estigmatización y normativización que existe sobre la sexualidad de la mujer a nivel social e institucional; la información y educación sexual es un tema tabú, un tema viciado y desnaturalizado que despide religiosidad católica por todos lados. Es necesario romper con los antiguos imaginarios y entender que hemos sido expropiados/as de nuestros cuerpos, de nuestras sexualidades y nuestra subjetividad por la ideología de este ancestral sistema de dominación llamado patriarcado y el andocentrismo de Estado. En este sentido y por si no aún no ha quedado claro, desde estas líneas defendemos el aborto despenalizado, seguro y gratuito y la capacidad de autogobierno y autonomía de la mujer. Por la reapropiación de nuestra vida, la descolonización de nuestros cuerpos y la des-esclavización de la maternidad.

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