Guerra del agua en Oriente Medio

El agua no es solo un bien imprescindible para la existencia de vida. Se trata de un recurso estratégico. Desde que se producen los primeros asentamientos humanos en los cauces de los ríos, el agua ha sido un recurso en disputa por el poder que otorga a quien lo controla. El agua son los océanos donde transcurre el comercio internacional de mercancías, los pozos para el desarrollo de la agricultura o las presas para generar electricidad. A medida que ha ido evolucionando la técnica de la humanidad, el agua se ha constituido en diferentes usos, siempre con un papel indispensable para la reproducción social. Hoy diríamos que el agua es un recurso geostratégico, como lo es el petróleo, el gas o multitud de materiales por los cuales existen disputas que pueden derivar en conflictos armados. Más aún en un periodo de cambio climático, con un aumento de la desertización, sequías más severas y duraderas y aumento de la contaminación en diferentes formas, también en la calidad del agua. Queda claro que el agua no es solo agua, sino un bien en disputa que otorga poder y dominio sobre un territorio. Y con el poder, llegan los conflictos.

Vamos a viajar a un territorio que se conoce como la cuna de la civilización, y no, no es Grecia. Nos trasladamos a Mesopotamia, que significa, literalmente, “tierra entre ríos”. Aquí nace la agricultura, las ciudades y las primeras formas de Estado. No es casual que esto se diera en este lugar del planeta, las condiciones lo posibilitaban. El Tigris y el Eufrates, los dos ríos que constituyen Mesopotamia, han posibilitado estos hitos extraordinarios en la historia de la humanidad. La histórica región está hoy compartida por tres Estados-Nación: Turquía, Siria e Iraq, y dentro de sus fronteras un crisol de culturas, pueblos, étnias y creencias. A lo largo de la historia multitud de potencias han batallado por su dominio, Babilonios, Persas, Árabes, Otomanos, Ingleses… Y hoy recoge el testigo del deseo de dominio el Estado Turco.

Turquía es la potencia dominante en la región, miembro de la OTAN, cuenta con el segundo mayor ejército de la coalición atlantista y, para el caso que nos atañe, controla el origen de los ríos Tigris y Eufrates. Este dominio ha supuesto conflictos desde la creación de los 3 Estados, con periodos de mayor y menor entendimiento. Una lectura moderna, en el peor sentido de la Modernidad, del actual conflicto derivado del agua en Oriente Medio (el cual es uno entre tantos que interseccionan) partiría desde el estudio de los conflictos entre Estados, sus gobiernos y sus intereses. Pero en esta parte del mundo entra en juego un actor no estatal con presencia en los 3 países, el pueblo kurdo y, más en concreto, el Movimiento de Liberación que han constituido desde el último cuarto del siglo XX.

La cuestión kurda

El pueblo kurdo es considerado el mayor pueblo sin Estado. Alrededor de 40 millones de personas repartidas entre el sudeste de Turquía, el norte de Siria e Iraq y el oeste de Irán, además de una gran diáspora en Europa. En la construcción de los 4 Estados el componente étnico ha sido muy importante, con un grupo claramente dominador sobre los grupos culturales minoritarios. Así, persas, árabes y turcomanos dominan sobre kurdos, asirios, caldeos, yazidíes o alevíes. En todos los estados se han negado los derechos culturales y políticos de las minorías, especialmente de la kurda. Esta opresión estructural, que ha condenado a los kurdos a la subalternidad y la pobreza, es la razón de ser de su lucha por la liberación. Si bien podemos trazar un hilo histórico de esta lucha, el momento definitorio que explica el actual conflicto en Oriente Medio sería el surgimiento del Partido de los Trabajadores del Kurdistan (PKK) a principios de los años 80 del siglo XX.

La guerra interna que se vive en Turquía desde los años 80 tiene multitud de facetas. No es una guerra exclusivamente militar, sino una guerra por la dominación de un territorio y sus pueblos. Por ello a la vez que se bombardean con drones las montañas refugio de la guerrilla, se encarcelan activistas, se destituyen alcaldes democráticamente electos, se prohíben organizaciones civiles y se realizan grandes inversiones para modificar las formas de vida antagonistas y tradicionales.

Turquía: el GAP

El Proyecto de Desarrollo del Sudeste de Anatolia (GAP por sus siglas en turco) es el mayor proyecto económico llevado a cabo por Turquía en las últimas décadas. Consiste en la construcción de una red de embalses y presas en los ríos Tigris y Eufrates. La idea surge en los años 60 con la primera presa sobre el Eufrates, y ya en los años 80 se convierte en proyecto estratégico del Estado. Se proyectan 22 presas y 19 plantas hidroeléctricas. 1,7 millones de hectáreas serán irrigadas, se producirán 27.000 millones kWh de electricidad anuales, con una capacidad de 7.500 MW y afectando a un 10% del territorio turco. Todo ello en el sudeste turco, territorio de mayoría kurda, con la excusa de modernizar una región históricamente poco desarrollada y olvidada por el Estado.

Para 2017 ya se habían construido 15 de las 22 presas, la situación de pobreza estructural de la población no se ha resuelto y muchas zonas siguen sin tener acceso garantizado a electricidad. La presa más controvertida de todas las construidas es la de Ilisu en la ciudad milenaria de Hasankeyf. Una ciudad candidata a Patrimonio Histórico de la Humanidad, con más de 3.000 años de población ininterrumpida y con la consecuente riqueza patrimonial y arqueológica existente, que está siendo destruida y sepultada bajo el agua. Si el GAP ha producido el desplazamiento forzoso de 350.000 personas, solo la presa de Ilisu afecta a 78.000. Estos desplazamientos forzosos tienen múltiples consecuencias. Por un lado, la mayoría de personas que vivían de la agricultura no eran propietarias, por lo que no reciben compensación económica alguna, pero lo más crítico, y que forma parte de la guerra de dominación del Estado sobre la población kurda, es la ruptura de las formas de vida tradicionales ligadas a la tierra y el río, así como la pérdida de sus tierras ancestrales y patrimonio histórico que forma parte de la identidad kurda como pueblo. Decenas de pueblos, junto con sus ecosistemas y patrimonio arqueológico mesopotámico son sacrificados ante el altar del progreso económico. Los desplazamientos de zonas rurales a urbanas rompen los lazos comunitarios, dispersan a las personas y las desposeen de sus medios de vida. Estas relaciones comunitarias son la base y sustento del Movimiento de Liberación Kurdo. Si a esto le sumamos la creciente migración de trabajadores turcos desde el oeste para trabajar en el GAP, tenemos como resultado un proceso de asimilación de un grupo dominante sobre otro y un intento de debilitamiento de sus fuerzas políticas tanto a nivel popular como electoral. El objetivo es debilitar la identidad kurda que se sustenta en todo lo anterior.

Esta es una representación más de la relación colonial entre Turquía y el pueblo kurdo. La destrucción de la identidad colectiva kurda va de la mano de la paulatina destrucción de todos los bienes materiales históricos que dan sentido a dicha identidad y su movimiento político. Así el GAP se ve descrito por los propios estudios del Estado Turco como una modernización de la región, donde la introducción de técnicas modernas de agricultura y la integración con el mercado capitalista crearían cambios en las formas de vida locales. La importancia de las relaciones comunitarias y las familias amplias se transformarían en migraciones urbanas, mayor dependencia del Estado y ampliar la identidad nacional turca.

La declaración del GAP como proyecto de interés público ha permitido al Estado realizar los desplazamientos forzosos que van acompañados de aumento de presencia militar y de la creación de amplias zonas de acceso restringido. En el plano militar, las presas constituyen un impedimento físico para los desplazamientos de la guerrilla. Si la naturaleza de cualquier movimiento guerrillero es la movilidad y los lazos comunitarios con sus bases populares, el proyecto del GAP se convierte claramente en un arma. En palabras de Turgut Özal, expresidente de Turquía, queda todo mucho más claro: “Con la evacuación de los asentamientos de las montañas, la organización terrorista (PKK) habrá sido aislada. Las fuerzas de seguridad deben entrar inmediatamente y controlar completamente esas zonas. Para evitar el regreso de los habitantes a la región, la construcción de un gran número de presas en lugares adecuados es una alternativa”.

La resistencia civil a estos megaproyectos tiene multitud de facetas. Por un lado las organizaciones populares como la Iniciativa Para Mantener Hasankeyf Viva (HYG) o el Movimiento de Ecología de Mesopotamia han realizado una enorme labor de documentación de todas las malas prácticas del GAP, de denuncia en los juzgados con las personas afectadas y de movilización. Los resultados han sido visibles en la ralentización de las obras, como en 2009 que fruto de la presión de las movilizaciones y la campaña internacional, las empresas involucradas de capital Alemán, Austriaco y Suizo se retiraron como financiadores de la presa. Pero la consideración de Obra de Interés Público por parte del gobierno ha permitido que todo siga adelante. Si bien había esperanzas en una intervención internacional mediante la declaración de Hasankeyf como Patrimonio Cultural de la Humanidad, esto nunca ha terminado de producirse. Desde las administraciones locales, las alcaldías controladas por el Partido Democrático de las Regiones (BDP) de orientación prokurda, izquierdista y municipalista, han llevado políticas autónomas respecto de las entidades estatales de gestión del agua, que se materializan en el suministro de agua gratuito a su población.

Siria. Objetivo: debilitar la revolución de Rojava

La actualidad del conflicto entre ambos territorios está hoy mediada por la guerra iniciada en 2011. Desde entonces Turquía ha tratado de hostigar de todas las formas posibles la experiencia de la Administración Autónoma del Norte y Este de Siria (AANES). Esto incluye la invasión de territorio, la ocupación y demás hechos habituales dentro de una guerra. Pero esta guerra no es solo militar, y el Estado Turco lleva a cabo su política de aniquilación del pueblo kurdo hasta sus últimas consecuencias. Las infraestructuras hídricas le permiten regular el cauce de agua que entra en Siria, lo que tiene consecuencias directas no solo en el abastecimiento de agua potable, si no en la producción hidroeléctrica, el regadío o la biodiversidad. Es algo que Turquía lleva haciendo décadas, pero que en los últimos 10 años se ha acentuado.

En 1975 Siria e Irak estuvieron al borde de ir a la guerra cuando la presa de Keban (Turquía) y la de Tahba (Siria), combinada con una fuerte sequía, crearon problemas de abastecimiento de agua en Irak. En 1990 Turquía movilizó al ejército mientras se procedía al llenado de la presa Atatürk, que provocó un descenso temporal del 75% del flujo de agua a Siria e Irak. En 1992 el presidente turco Özal, afirmó que Siria e Irak no tendrían problemas con el agua en tanto en cuanto colaboraran en la lucha contra el PKK. En 2007-2010 se produjo la mayor sequía en el creciente fértil en la historia de los registros, llevando a inseguridad alimentaria y migraciones forzadas.

A día de hoy, la gestión del agua pone en riesgo las vidas de 5 millones de personas en el norte de Siria y teniendo los resultados agrícolas más pobres desde el inicio de la guerra de Siria.

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