La fuga del fuerte de San Cristóbal de Iruñea en 1938: La huida carcelaria más grande de la historia europea

En el transitar histórico por la memoria colectiva no se pueden dejar a un lado las historias anticarcelarias, habitualmente escritas por individualidades que protagonizan actuaciones épicas de fugas como un pulso a la brutalidad que han supuesto y siguen simbolizando las prisiones. Sin embargo, pocas veces se puede alguien aproximarse al relato de la fuga carcelaria más grande de la historia europea. Esta sucedió el 22 de mayo de 1938 en Nafarroa, con un total de 795 presos fugados del Fuerte de San Cristóbal, una prisión-fortín ubicado a pocos kilómetros al norte de Iruñea. Una evasión carcelaria protagonizada por presos antifascistas, que tendría no obstante un devastador resultado, porque solamente tres consiguieron cruzar la frontera francesa, 14 presos fueron fusilados tras un consejo de guerra, 206 murieron abatidos en el monte cercano a la prisión, y alrededor de 150 presos siguen estando en paradero desconocido en algún paraje de las tierras que separan Iruñea de la frontera del sur de Francia.

La prisión

En el monte Ezkaba, situado pocos kilómetros al norte de Iruñea-Pamplona, se encuentra aún en estado absoluto de abandono el Fuerte de San Cristóbal, que desde 1934 hasta 1945 albergó a más de seis mil presos políticos de las organizaciones del movimiento obrero.

Esta edificación fue construida sobre una antigua ermita rural y un obsoleto castillo navarro en el siglo XIX, concretamente se inició en 1878 nada más acabar la última Guerra Carlista (1872-1876), y como línea de defensa militar preventiva a lo largo de los Pirineos frente a otros posibles alzamientos carlistas. Sin embargo, la edificación del fuerte se prolongó hasta 1919, y para su construcción se dinamitó parte del monte con la finalidad de construir la fortaleza militar en tres niveles distintos excavados en el interior de la montaña. Largos fosos, imponentes murallas, garitas, celdas y galerías subterráneas ocupan varias miles de hectáreas, convertidas actualmente en ruinas que ocultan a su alrededor una inmensa tumba de presos asesinados en aquél lugar.

Este fuerte nunca llegó a cumplir la función defensiva para la cual fue construido, puesto que cuando se acabó su edificación, la estructura militar defensiva ya se había quedado anticuada ante la aparición de la aviación con fines bélicos. La primera ocasión, y única en su historia que ha sido utilizado, fue como prisión penal militar entre 1934 y hasta 1945. Tras la represión gubernamental a la Revolución de Octubre de 1934, centenares de presos asturianos, cántabros y vascos fueron encerrados en sus muros.

Desde sus comienzos tuvo una incesante denuncia por la falta de higiene y salubridad, tratando de que fuese cerrada, sobre todo a raíz de la muerte de un militante de CNT en septiembre de 1935. Esto provocó un motín en el fuerte protagonizado por los cerca de 750 presos entonces, y protestas en la ciudad de Iruñea que finalizaron con una huelga. El gobierno republicano comenzó a trasladar en el mes de noviembre a varias decenas de presos a otras cárceles, y fue vaciada completamente en febrero de 1936 tras la amnistía general decretada a presos políticos tras la victoria del Frente Popular. Sin embargo, ese mismo verano fue nuevamente utilizada como penal tras mantener bajo su control el territorio de Nafarroa las fuerzas militares sublevadas el 18 de julio de 1936. En pocos meses estaban recluidos unos dos mil presos en esta fortaleza, se desconoce el número indeterminado de presos que al comienzo del conflicto bélico fueron fusilados en sus muros o en el camino de descenso a la ciudad de un tiro en la espalda tras haberles dejado en libertad. Además, un total de 305 presidiarios murieron en el periodo de funcionamiento del fuerte como prisión hasta 1945 por desnutrición y enfermedades.

La fuga

La mayor fuga de presos en el Estado español y en Europa, tanto por el número de huidos como por las criminales consecuencias de la misma, tuvo lugar en esta prisión el 22 de mayo de 1938. En ese momento había un total de 2.487 personas recluidas, en su inmensa mayoría dirigentes políticos republicanos, sindicales y militantes obreros revolucionarios. Estos sufrían maltratos continuados, hambre extrema, enfermedades, y estaban infestados de parásitos. Una treintena de presos decidieron preparar una fuga masiva, para lo cual tuvieron reuniones en el interior de la prisión en las que hablaban en lengua esperanto para no ser descubiertos por ningún vigilante ni chivatos.

A la hora de la cena del domingo varios grupos de presos desarmaron a los militares en guardia, se apropiaron de sus armas y se dirigieron a la sala donde cenaba el resto de los guardias, allí se rindieron rápidamente, salvo un soldado que opuso resistencia y murió de un golpe con una barra metálica. En poco más de media hora los reclusos del fuerte habían logrado el control de la prisión, rindiéndose también los guardias en las diferentes garitas existentes. Al grito de: ¡Sois libres!, ¡A Francia!, comenzaba la mayor fuga de la historia europea con toda la libertad del mundo por conquistar, y poco que perder a la vista del compromiso tomado por sus protagonistas. Un total de 795 presos se fugaron aprovechando la oscuridad de la noche, corrieron desorientados y trataron de esconderse en el monte antes del amanecer para recorrer a pie la distancia de unos 60 kilómetros hasta la frontera francesa.

Desgraciadamente, hubo dos hechos que truncaron su huida: el primero fue que un soldado en su día libre que regresaba de Iruñea se percató de lo que ocurría y dio la voz de alarma, y en segundo lugar también alertó de la fuga un preso falangista llamado Ángel Alcázar de Velasco, encerrado por su apoyo en abril de 1937 en Salamanca a la facción hedillista de la Falange derrotada en su unificación con los carlistas. De esta manera, rápidamente refuerzos militares, pero sobre todo falangistas y guardias civiles de la capital navarra acuden a reprimir la fuga de presos, que podría haber sido mayor de no ser porque muchos desistieron fugarse al ver rápidamente las luces de los vehículos militares que estaban a punto de llegar a las inmediaciones de la prisión. Según el preso Ernesto Carratalá, que en año 2007 cuando se le entrevistó tenía 89 años, afirmaba que cada uno tiró por su lado; y algunos, que incluso pensaron que se había terminado la guerra, fueron directos a la estación de tren de Pamplona y trataron inocentemente de comprar un billete con los vales de la prisión.

La persecución

Las fuerzas represoras iniciaron inmediatamente una persecución y una macabra caza de huidos, que vagaban en desbandada por el monte, muchos de ellos descalzos, desnutridos y con escasos fusiles para defenderse. Entre esa misma madrugada y los tres días siguientes fueron detenidos un total de 585 fugados, abatiendo en el mismo monte a 206 reclusos que no tenían capacidad alguna de resistir. Solamente tres reclusos alcanzaron su objetivo de cruzar la frontera francesa y sentir que ponían fin a su persecución. El último de los fugados vivió escondido en los montes navarros hasta el 14 de agosto de ese mismo año, no logrando encontrar ninguna partida guerrillera o apoyo que le ayudase a lograr su objetivo.

Una inmensa mayoría de los asesinados fueron abatidos en las cercanías del municipio de Ezcabarte, también en la parte norte del monte, en las localidades de Oláibar y en Baztán, y otros tantos en Ansoáin, en la falda sur del monte. Por lo tanto, el Fuerte de San Cristóbal, así como todo el área a su alrededor es un espacio de la memoria histórica antifascista que debemos conocer y proteger. De aquellos huidos que capturaron los militares, un total de diecisiete fueron sometidos a un juicio bajo la acusación de haber liderado la fuga. Un preso fue internado en un manicomio de Iruñea, descrito en el juicio militar como ‘psicópata inadaptado a la sociedad civil’, y catorce fueron condenados a muerte, siendo fusilados el 8 de septiembre de 1938 en los muros de la ciudadela pamplonesa.

El ejército español abandonó estas instalaciones militares en 1987, y a día de hoy se encuentra completamente abandonado, siendo propiedad del Ministerio de Defensa. Este fuerte fue declarado «Bien de Interés Cultural» por la Dirección General de Bellas Artes en el año 2001. Sin embargo, ha sido labor exclusivamente de los movimientos populares navarros y agrupaciones de memoria dar a conocer una de las fugas más desconocida de todos los tiempos. En 1988, cincuenta años después de la fuga, se erigió un monumento en una de las laderas donde se recuerda a todos aquellos presos que cayeron en busca de su libertad. Dicho monumento ha sido atacado en tres ocasiones, siendo su último destrozo en agosto de 2009. Anualmente en la fecha de la histórica fuga se realiza un homenaje en recuerdo de este suceso y de los asesinados en aquel lugar, para que estos espacios no sean nunca más una crónica del olvido, sino de memoria y de lucha.

[Bibliografía]

Navarra 1936. De la esperanza al terror‘, Varios Autores, 2004

Fuerte de San Cristóbal, 1938. La gran fuga de las cárceles franquistas‘, Félix Sierra Hoyos e Iñaki Alforja, 2005

Penal de San Cristóbal/Ezkaba: derribos contra la memoria’, Fermín Ezkieta, 2011

La gran evasión española‘, Alejandro Torrús, 2022

[Filmografía]

Ezkaba, la gran fuga de las cárceles franquistas, Iñaki Alforja, 2006

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