El autoestopista de Grozni y otras historias de fútbol y guerra

Autor: Ramón Lobo. Editorial Libros del K.O. Serie Hooligans Ilustrados. 57 páginas. Abril de 2012

Esta historia arranca en el invierno de 1995, bajo el intenso frío de una Chechenia asolada por la guerra. Guerrilleros y ejército ruso se enfrentan en una contienda desigual; convirtiendo Grozni, la capital de la región, en una ciudad fantasma de la que todo el que puede huye. En dirección opuesta nos encontramos al autor de esta corta novela (o más bien reportaje), el corresponsal de guerra de El País Ramón Lobo, junto a su intérprete y el conductor de un desvencijado coche soviético, cuando en mitad de la nada recogen a un transeúnte que también se dirige a Grozni. En ese momento, con la tensión y el miedo a los bombardeos rusos a flor de piel, la poca conversación gira en torno al fútbol, recurso sin igual en tantas ocasiones.

Esta imagen supone el principio de una colección de pequeñas historias y anécdotas que han nutrido la vida profesional del autor, forofo madridista por otro lado, todas con el fútbol como hilo conductor. Los 90 y los 2000 fueron pródigos en guerras y conflictos, y de la mano de Ramón recorreremos los principales escenarios de esa miseria de la humanidad que son las guerras; los Balcanes, Irak, Sierra Leona, Chechenia, Liberia… Un sinfín de lugares que quedaron marcados por la muerte y la destrucción, donde el fútbol abre conversaciones, sirve de salvoconducto ante guerrilleros, marca tardes en baretos destartalados, da pie a los más surrealistas análisis sociológicos y a las más duras conclusiones políticas, o sirve como método de trabajo y recuperación de jóvenes y niños a los que la guerra lanzó de lleno al horror. Un libelo corto y de lectura ágil, que se devora en menos de una hora y deja un muy buen regusto.

“El fútbol televisado llega al Tercer Mundo multiplicando los seguidores globales, creando mercados potenciales de consumo venidero. No hay disputas sobre los derechos de retrasmisión ni necesidad de que las haya. Bastan una antena satélite, un generador, diésel y maña para descubrir la frecuencia desde la que emiten las cadenas principales. Sentados bajo la techumbre hojalateada de un bar, los aficionados beben cerveza local o bebidas gaseosas mientras asisten al desfile de la publicidad: un escaparate que expone la riqueza del Primer Mundo, el de los blancos, un mundo protegido por alambradas y lejano. Esa misma televisión que expone opulencias les regala la conciencia exacta de su pobreza, el primer motor de la inmigración. Uno no se reconoce mísero si vive en una miseria que iguala socialmente; lo sabe cuando descubre a otro que no lo es. En África hay varias clases de pobres: los que caminan descalzos y los que poseen sandalias; los que andan y los que pedalean en una bicicleta.”

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