Por Fernando Balius
Hace muchos años, con motivo de la clausura de un proyecto libertario, un viejo militante me reprendió mi melancolía. Vino a decirme que los proyectos mueren, que es lo que corresponde en este mundo que intentamos cambiar, que no hay que quedarse ancladxs en siglas, formatos, locales, nombres. Lo importante es avanzar, ahondar en esa radicalidad que permite no desesperar. Le acabé dando la razón, más allá del pellizco en las tripas que suponen determinados adioses. Hay que tener cuidado con no acabar en derivas fetichistas: los colectivos y sus proyectos tienen una función, y luego finalizan, mutan, dan lugar a otra cosa, contribuyen a un proceso de construcción colectiva. El problema real sería que no hubiera nada después. Que tras la bajada del cierre, cada cual claudicara y se fuera a su casa. Y aunque es cierto que este no nos es un mal ajeno, sobre todo vinculado al componente más juvenil de ciertas luchas y militancias, si el anarquismo se ha caracterizado por algo es por una voluntad de permanecer, de seguir afectando a un mundo que cada vez empuja más hacia la desconfianza y la impostura, donde la misma idea de emancipación es silenciada sistemáticamente desde la política institucional o los productos culturales, y en el que quienes más se llenan la boca de la palabra libertad lo hacen en relación a procesos especulativos (convertirse en un clásico rentista de mierda se escenifica como un acto liberador).
Peleando desde y por su roal, la anarquía sigue inspirando maneras de estar ese mundo. Prácticas y tentativas que incluso llegan a ser muy distantes entre sí, por lo que lo correcto es hablar de anarquismos. Muchos han existido y estoy convencido de que muchos otros están por venir. Estos tiempos oscuros precisamente empujan a su alumbramiento: hay que imaginar cómo sobrevivirlos. Estas páginas que se extinguen pertenecen a su vertiente más social, a la que yo me adhiero. Se rehúsa la marginalidad por atributo y reivindica la vigencia de la propuesta ética y política anarquista, esa intuición visceral de que podemos vivir de otra manera, de que hay que dotarse de una organización social basada en la cooperación y ajena a la lógica del mandar y obedecer.
En un momento histórico que cuesta adjetivar, donde escroleamos un genocidio mientras desaparecen las estaciones y se esbozan nuevos autoritarismos institucionales y tecnológicos a una velocidad vertiginosa, la propuesta de defender la solidaridad como principio vertebrador de la vida es más hermosa que nunca (o al menos lo es en el tiempo que llevo vivido). De hecho, es necesaria. Hace falta una filosofía y una práctica que pone la relación con el otro en el centro. Algo esencial, casi primitivo. Una obviedad en mitad de la tormenta o de las ruinas, o de ambas a la vez. Frente a capitalismo desatado que desgasta las palabras para empujarnos hacia dentro de nosotrxs mismxs hay que construir un afuera habitable. Por frágil o efímero que sea, por muchas veces que haya que volver a imaginarlo y ponerlo en pie. No quedan muchas alternativas y el mundo está volviendo a arder. La historia no se había acabado, no estábamos viviendo ningún receso: las contradicciones han seguido agudizándose y el sonido que hacen las costuras al resquebrajarse hace tiempo que ya provoca legiones de insomnes. No hay psicología positiva ni crecimiento personal que nos vaya ayudar a sobrevivir a un desastre que es común. Los antidepresivos no van a cerrar los boquetes abiertos a la altura del pecho. Los cantos de sirena de la política institucional pertenecen a un pasado ajado. No se puede vivir apretando siempre los dientes ¿Quién puede pensar solx en mitad de toda la violencia y confusión que nos rodea?
Un vistazo al último siglo nos recuerda que nuestras ideas han demostrado que ni saben, ni quieren morirse. Merecen ser conocidas y amadas en esta ceremonia de exaltación del bullying a la que hemos sido arrojadxs. Nos serán de utilidad y servirán a muchxs otrxs que nada saben de ellas todavía. Nos ayudarán a volver a sentir que merecemos una vida mejor más allá de las brumas de las distintas anestesias sociales que nos atraviesan. Una vida mejor sin amxs. Para todxs, para el planeta, para el futuro.
Este es el momento de volver a recordar que conspirar siempre significó respirar juntxs.

