Feminismo para qué: Androcentrismo médico

La discriminación laboral de las mujeres en la investigación científica, como en tantas otras áreas, tristemente no es un dato que sorprenda en exceso. Según nos cuenta Esther Sánchez García en su artículo “Mujeres a ambos lados del microscopio” (www.esglobal.org/mujeres-lados-del-microscopio), “las mujeres suponen el 39% del total de la comunidad científica. Sin embargo, en los organismos públicos de investigación españoles, el 75% de las escalas superiores las ocupan los hombres y si se nos ocurre meter en esa ecuación a las universidades, se dispara hasta un 79%. Por eso casi ni nos extraña que el 97% de los premios nobel científicos se les otorguen a hombres, concretamente 581 premios para ellos frente a solo 18 premiadas.”

Pero lo que resulta aún más alarmante y quizás menos conocido son las consecuencias que estos datos tienen sobre la salud de las mujeres. La medicina ha estado históricamente y está aún controlada por los hombres y por tanto, pensada para ellos. El cuerpo que siempre se ha estudiado y que aún hoy se estudia mayoritariamente en los ensayos clínicos y en la investigación médica en general es el masculino. Las enfermedades, sus síntomas y sus tratamientos se definen en base al patrón masculino, extrapolando los resultados a la población femenina sin tener en cuenta las diferencias biológicas existentes (no digamos ya los factores de riesgo y condicionantes socioculturales asociados al género, al igual que a la clase o a la raza).

Uno de los ejemplos más claros de esto son las patologías coronarias: “una mujer hospitalizada por un infarto de miocardio tiene el doble de posibilidades de morir que un hombre. Resulta que solo un 27% de los participantes en ensayos clínicos con tratamientos cardiovasculares son mujer. Pero es que la cardiopatía se entiende como masculina, cuando no lo es, es la primera causa de muerte de las mujeres estadounidenses dado que se infradiagnostica”1. Y es que los síntomas de este tipo de eventos en mujeres no son los mismos que los de los hombres, lo que hace que muy frecuentemente no sean reconocidos ni por ellas mismas (quienes acuden al hospital entre 2 y 5 horas más tarde que los hombres2) ni por los profesionales.

Otra grave consecuencia de este patriarcado médico es el menosprecio y ninguneo de enfermedades específica o predominantemente femeninas. “La fibromialgia, las anemias, el dolor crónico, las enfermedades autoinmunes, endocrinológicas… Son afecciones cuya alta prevalencia en el sexo femenino las convierte en blanco de apreciaciones de índole psicosomática o de asociaciones a la ‘histeria’ femenina.3 La endometriosis es un caso especialmente revelador. Esta enfermedad crónica consiste en el crecimiento del tejido endometrial fuera del útero, que provoca entre otros síntomas dolores muy intensos que impiden desarrollar una vida normal y está asociada a en torno al 50% de los casos de infertilidad femenina. A pesar de afectar, según los datos más conservadores, a 1 de cada 10 mujeres (más de 176 millones en todo el mundo), en el Estado español una mujer que la padezca tardará de media 8 años en ser diagnosticada4, durante los cuales escuchará infinidad de veces el “es normal que te duela la regla” y será tachada de hipocondríaca, exagerada o mentirosa. Y una vez recibido el diagnóstico tampoco mejorará mucho su situación, ya que debido a la escasa investigación existente sobre esta enfermedad se desconocen sus causas y el tratamiento es muchas veces meramente sintomático. Ante esto, como mujer es inevitable preguntarse qué pasaría si en vez del útero lo que se recubriese de quistes que provocan dolores insoportables fuesen los testículos. El panorama imagino sería, sin duda, bastante diferente.

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