Los recortes matan, hoy más que nunca

«De aquellos polvos estos lodos» – Refranero popular

En política suele servir de poco un «te lo dije», los políticos siempre encuentran un modo de justificar acciones pasadas, desviar la atención a otros temas o en definitiva responsabilizarse de sus decisiones pasadas. El desarrollo de una pandemia como la que estamos viviendo no viene determinado simplemente por las características de un virus microscópico sino por el contexto social en el que este virus aparece. No está teniendo el mismo impacto sobre un mundo globalizado que sobre uno menos interconectado, sobre una economía capitalista basada en el crecimiento que sobre una orientada a satisfacer necesidades ni tampoco está siendo lo mismo luchar contra él con un sistema sanitario público debilitado tras años de ataques que con uno de calidad.

Desmantelando lo público

Los últimos años del pasado siglo y lo que llevamos de este han estado caracterizados en europa por un retroceso de las conquistas sociales y un avance del neoliberalismo, la desaparición del bloque sovietico y la debilidad de los movimientos populares dio paso a una ola de privatizaciones y la mercantilización de cada vez más aspectos de la vida. A pesar de lo que pudiera pensarse cuando en 2008 el mercado se demostró incapaz de regularse a sí mismo la solución fue una huida hacia adelante con lo que se vino a llamar medidas de austeridad, que solo eran austeras para los sectores populares de la sociedad.

Volviendo a lo local, en el contexto español la Comunidad de Madrid ha sido un campo de experimentación de políticas privatizadoras en el ámbito de la salud con la consecuencia de enormes beneficios para el sector privado y la degradación de las condiciones laborales y del servicio. La estrategia funciona en dos direcciones: privatización y recortes. Por un lado se privatizaron amplias áreas del sistema de salud: hospitales con gestión privada o mixta, servicios no sanitarios, centros de salud. Por otro lado y de la mano de esa privatización llega la degradación de las condiciones laborales y del servicio ofrecido (íntimamente relacionados entre sí): largas listas de espera, contrataciones temporales (de hasta una semana de duración), reducción del tiempo dedicado por paciente, tacañeo en los medicamentos recetados, etc. Esta pérdida de calidad trae aparejada una consecuencia para nada casual, y es que empuja a miles de personas a las manos de los seguros médicos privados, un negocio millonario con fuertes lazos políticos (la puerta giratoria sanitaria).

Es este contexto y con estos intereses como la llegada «inevitable» del Covid-19 nos pilla en unas condiciones muy evitables.

En un momento en el que el personal sanitario de la sanidad pública lo está dando todo por cuidar a nuestros/as enfermos/as y con los niveles de popularidad por las nubes quienes antes hablaban de racionalizar el gasto, eficiencia y externalización han sabido adaptar su discurso. Los agujeros practicados conscientemente al sistema de salud se tratan de parchear ahora con donaciones de empresas que son agradecidas hasta el ridiculo por políticos/as y medios de comunicación, la jugada vuelve a tener trampa ya que legitimar las donaciones como forma de sostener económicamente los servicios públicos por un lado olvida la función de reparto de la riqueza que tienen los impuestos y por otro pone las necesidades más básicas de millones de personas en la voluntad arbitraria de unos/as cuantos/as millonarios/as que mañana pueden perfectamente aburrirse de la solidaridad. 

Estado, mercado, trabajadores/as

Es en este contexto en el que las medidas del gobierno van en una única dirección, beneficiar a las empresas del sector, cuando los/as trabajadores/as del sector sanitario dan un paso al frente y se organizan para defender no solo sus condiciones laborales sino la degradación del servicio y denunciando las consecuencias sobre la salud del conjunto de la población. La llamada «marea blanca» organiza cortes de carreteras, huelgas y manifestaciones a las que se suman muchos/as usuarios/as. Es en esta combinación de usuarios/as y trabajadores/as, de los/as aplaudidos/as de las 20:00 y los/as «aplaudidores/as» de donde puede surgir un frente de defensa del sistema de salud que marque las necesidades de este más allá del gobierno de turno y que pueda llegar a gestionar cada vez más partes de este sin injerencias de empresas carroñeras.

Salud ¿privada?

Esta epidemia pone muchas cosas a la vista, si queremos verlas. Una de ellas es que, en contra del mantra liberal, somos seres profundamente interconectados y dependientes, que sobrevivimos gracias a la responsabilidad colectiva, que mis actos (#quedateencasa) protegen a los de mi alrededor y que si estos/as están en peligro o enfermos/as yo tengo muchas probabilidades de estarlo. A partir de esta idea parece lógico pensar que la salud o es colectiva y universal o no es. Para esta crisis, como para tantos otros aspectos de la vida, no existen salvaciones individuales. Será importante tener esto bien presente cuando dentro de unos meses los/as adalides del individualismo salgan del agujero donde anden metidos ahora a hablarnos de eficiencia, de libertad de empresa y de prosperar personalmente.

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