Madrid quiere exterminar a sus cotorras

El Ayuntamiento de Madrid ha sacado a licitación pública un contrato para la captura y posterior exterminio de doce mil cotorras argentinas y de Kramer, de las aproximadamente trece mil que viven la capital. Un coste por ejemplar eliminado de 250 euros, frente a los seis u ocho euros por animal presupuestados hace unos pocos meses. Obviando las voces que se han alzado argumentando que, dado que parece que el problema no es económico, el control poblacional debería hacerse con medios éticos que no impliquen la muerte de ningun individuo, el consistorio, utilizando informes de la asociación conservacionista SEO/Birdlife, ha apostado por su eliminación.

La urgencia en el exterminio viene dada por los problemas que, según los partidarios de su muerte, crean estos animales. Por un lado, tendríamos los que sufriríamos directamente la población humana y, por otro, los que afectarían a otras especies animales. En este artículo vamos a tratar de analizar estos problemas y a abogar por una solución que respete la vida de estos animales que, tenemos que recordar, han sido introducidos en nuestras ciudades por nosotras.

No es tan fiera la cotorra como la pintan

En cuanto a las molestias que nos afectarían a nosotras, una de las principales quejas es la que se refiere a los ruidos que estas aves causan al comunicarse. Si bien son innegables en zonas donde hay grandes colonias (y evitables con la recolocación de nidos), hay que recordar que vivimos en una ciudad especialmente ruidosa y que la principal fuente de ruido se debe al tráfico, no a unos animales que además son diurnos y por las noches no emiten sonido alguno.

Se alega también el “gran peligro” que suponen sus nidos de gran tamaño, aunque se reconoce que hasta el momento no ha ocurrido ningún incidente relacionado con éstos. Nuevamente, sin negar este problema, hay que discutir que éste justifique el exterminio de miles de aves; bastaría con el control y retirada de los nidos que pudieran suponer un peligro. No está de más recordar que en los últimos seis años, cinco personas han fallecido en Madrid por la caída de árboles en parques y calles, generalmente por su falta de mantenimiento.

El otro grupo de argumentos es el relacionado con los efectos sobre otros animales. Las noticias que alababan la decisión del Ayuntamiento madrileño pintan a estos animales como bestias insaciables, portadoras de enfermedades y que hacen imposible cualquier tipo de vida a su alrededor. Es evidente que su capacidad de crecimiento poblacional es enorme puesto que ha encontrado en Madrid y otras ciudades un hábitat perfecto y porque es una especie con gran inteligencia y posibilidad de adaptación.

Pero su expansión no tiene por qué llevar aparejada la expulsión de otros seres vivos de las zonas que van colonizando. Se les echa en cara, y es uno de los principales argumentos usados para justificar su matanza, los efectos negativos sobre las ya diezmadas poblaciones de gorrión. Si bien toda especie introducida en un nuevo ecosistema puede tener efectos muy destructivos sobre las poblaciones locales, no hay estudios que vinculen la presencia de la cotorra al declive de estos pájaros. La propia SEO/Birdlife editó una minuciosa guía sobre los problemas de los gorriones en las ciudades españolas y en sus más de veinte páginas no se hace mención alguna a la incidencia de estos loros. Lo que sí analiza son los efectos del comportamiento de otra especie: la humana. En España, en los últimos veinte años la población de gorriones se ha reducido en treinta millones. De esto se culpa a la contaminación del aire y a la lumínica y a la ausencia de zonas verdes y a su excesivo cuidado, retirando ramas muertas que suponen un peligro para la población humana pero que a la vez son zonas de nidificación. Esta dificultad de encontrar lugares adecuados de nidos se debe también a las nuevas edificaciones, cada vez más altas y sin salientes que permitan la nidificación (lo que afecta también a las poblaciones de golondrinas, aviones y vencejos).

Además, la población de gorriones se está viendo afectada por la malaria aviar, un parásito transmitido por un mosquito que es cada vez más frecuente debido al cambio climático. Esta explicación casa más con el estado de las poblaciones de gorrión en otras partes del mundo: en Londres donde no existe “plaga” de cotorras, la población de este pájaro se ha visto reducida en un 71% en los últimos veinticinco años y en muchas otras ciudades europeas está al borde de la desaparición.

Además, en varios estudios, citados por la cuenta de twitter @castellanatura en un hilo que desmiente la demonización de esta especie, se dan ejemplos de convivencia pacífica entre poblaciones de paloma doméstica y gorrión común. Así, en el estudio de José Luis Postigo, de la Universidad de Granada, sobre la presencia de la cotorra argentina en Málaga, se recoge que “se detectaron nidos de paloma doméstica, y gorrión común, adosados a los de cotorra argentina, aprovechando las plataformas que los nidos de cotorra originan, sin registrar interacciones agresivas entre las especies” y a estas especies se les ha observado alimentándose juntas sin actitudes hostiles.

Sí que se han documentado problemas de convivencia (de la cotorra de Kramer, mucho menos numerosa que la argentina) con el nóctulo gigante, un murciélago de gran tamaño muy amenazado en Sevilla y que algunas activistas consideran que se podría solucionar con la instalación de cajas nido más resistentes.

Por un control ético de la especie

Frente al exterminio de la población, desde asociaciones animalistas y antiespecistas se plantea el control de las poblaciones mediante medidas éticas que no supongan la muerte de ningún animal. La vigilancia de los nidos y la esterilización de las aves y de las puestas de huevos tienen como resultado la disminución de la especie a unos niveles que la harían prácticamente inocua para el equilibrio del ecosistema. En Getafe y San Fernando ya se está actuando en este sentido. Como manifiestan estos colectivos, “Madrid lleva más de treinta años ignorando este asunto y esta negligencia administrativa nos sitúa en la situación actual que las aves no han de pagar con su vida”.

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