Comer animales

384 páginas. Jonathan Safran Foer. Edita: Seix Barral.

Jonathan Safran Foer es uno de los jóvenes escritores norteamericanos que más éxitos de crítica y ventas ha cosechado en los últimos años. Y esa parece ser una de las razones por las que sus editores le financiaron la escritura de Comer animales, un libro que lleva a cabo un ataque devastador contra la forma de alimentación de los Estados Unidos (y como consecuencia directa, también contra la forma de producción de sus alimentos). Las ventajas de que sea Safran Foer quien lo haya escrito son varias: 1) el tipo redacta bien, expone las ideas con claridad sin caer en simplificaciones; 2) aborda cuestiones filosóficas sin academicismos, haciendo de ellas un campo de batalla en el que para entrar solo se le pide al lector que quiera hacerlo; 3) se nota que ha tenido tiempo, recursos y dinero para llevar a cabo una investigación exhaustiva; 4) el libro tiene una notable distribución comercial y ha sido traducido a varios idiomas, de manera que la crítica a la industria cárnica se ha hecho más accesible —al menos en el plano literario— que nunca.

El propio autor define su obra como una búsqueda personal, el resultado de plantearse qué dieta es la más correcta para su hijo, y lo cierto es que el resultado es una mezcla de autobiografía, filosofía y periodismo que hace que la lectura sea amena (exceptuando la última parte del libro, donde quizás haya caído en digresiones y repeticiones un tanto innecesarias). Los datos estadísticos —por ejemplo, que como media los norteamericanos engullen unos 21.000 animales o que la industria cárnica mueve una cifra de más de 140.000 millones de dólares anuales— se alternan con anécdotas y reflexiones que van dando orden al discurso. De hecho, el punto de partida con el que arranca el libro es una historia protagonizada por su abuela, superviviente del holocausto y quien en su huída, a punto de fallecer de hambre, rechaza la carne de cerdo (cuyo consumo era contrario a sus principios religiosos) que le ofrece un granjero. ¿La razón? Que “cuando ya nada importa, no hay nada que salvar”. A partir de ahí, Safran Foer se pregunta hasta qué punto el hecho culturalmente aceptado de comer animales es legítimo, cuál es el trato real que se le da a los animales y qué sentido tiene este tipo de alimentación dado que no es sostenible social ni ambientalmente.

La peculiaridad y subjetividad con la que se plantea la obra hace que se dediquen demasiadas páginas a algunos temas y demasiado pocas a otros (apenas hay menciones a cuestiones de tipo nutricional).Puede quizás achacarse al libro que el autor se centra demasiado en los Estados Unidos, pero también es verdad que en cuestiones alimentarias —y en demasiadas otras— se trata del lugar del mundo que marca el sendero por el que se lanzan a caminar las demás naciones. Especial interés tienen el apartado dedicado a la mierda que acaba por ingerirse en productos de granjas industriales (que casi constituye un panfleto irrefutable en sí mismo) y la descripción y reflexiones sobre degeneración y extinción de las especies que antiguamente se criaban en las granjas tradicionales (¿qué sentido tiene criar y consumir un animal que no puede reproducirse por sí mismo, apenas es capaz de desplazarse y que está constantemente enfermo y atiborrado de fármacos?).

En todo caso, la principal virtud de este libro es la forma en la que se presenta una abrumadora batería de informaciones y perspectivas. No es un libro concebido por activistas de la liberación animal, lo que le despoja de cualquier vestigio militante y lo hace cercano. Quien esté más familiarizado con todo este tipo de cuestiones podrá plantear varias (e incluso muchas) críticas a Comer animales, como que uno de los puntos fuertes de la obra es el carácter bienestarista (es decir, que prima el bienestar de los animales encerrados y la posible reforma de su situación frente a una reivindicación de los derechos de los mismos), pero lo cierto es que ofrece un relato honesto acerca de la necesidad de pensar lo que comemos, de la necesidad de hacer de lo que comemos una cuestión ética. Las palabras no giran alrededor de exhortaciones o consignas, sino que cuando cerramos el libro nos quedamos con una gran cantidad de preguntas a medio contestar entre las manos. En un tema como la alimentación entran demasiados factores en juego para poder ofrecer discursos cerrados a la medida de todos los individuos, pero eso sí, frente a la desolación de la derrota a la que se suele estar acostumbrado en el terreno de la crítica social, Safran Foer pone sobre la mesa la dignidad y la relevancia social de llevar a cabo elecciones que van contra el sinsentido de los tiempos.

Cuando levantamos el tenedor, adoptamos una posición. Asumimos una relación u otra con los animales de granja, con sus trabajadores, con la economía nacional y con los mercados globales. No tomar decisión alguna —comer es tomar la decisión más fácil, una decisión que resulta cada vez más problemática. Sin duda, en la mayoría de los lugares y de las épocas, decidir la dieta de uno sin decidir nada, comiendo lo que comen los demás, era una decisión totalmente respetable. Hoy, comer lo que comen los demás es añadir otra gota al vaso lleno. Puede que nuestra gota no lo haga rebosar, pero el acto se repetirá: todos los días de nuestra vida, de las de nuestros hijos y de nuestros nietos…

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