La economía colaborativa y sus monstruos

Una nueva economía se abre paso entre la constante precarización del trabajo. Si no era suficiente con encadenar de forma permanente contratos temporales, con becas en las que trabajas como una más pero cobras la mitad que el resto, con prácticas que no se pagan pero se trabajan… ha llegado la llamada “economía colaborativa”. Esa economía en la que dos empresas distintas se ponen de acuerdo para explotarte mejor y con más garantías para ellas que para ti.

Esta economía se fundamenta en las nuevas posibilidades que ofrece este mundo hipertecnologizado en el que a través del móvil lo consigues todo. Tu teléfono se convierte en tu forma de relacionarte con para quien trabajas, tu teléfono, y más concretamente la aplicación de la empresa, te permiten trabajar “bajo demanda” asumiendo, la empresa, un rol de intermediario que ofrece una plataforma que permite ponerse en contacto alguien que quiere un producto, alguien que lo ofrece y alguien que lo transporta. Ya seas un repartido en bicicleta (o “riders” que parece más moderno) o un conductor de un coche privado que funciona como un taxi, el funcionamiento de esta forma de nueva economía es básicamente común en los distintos entornos. En realidad es un paso más en la lógica de las Empresas de Trabajo Temporal que ejercen de intermediarios para la contratación, solo que hoy la velocidad de internet y los teléfonos de última generación permite que esa temporalidad se concretice tanto que una aplicación de móvil monitoriza tu trabajo y cobras en función de variables que solo cuentan mientras realizas algún pedido.
El punto primordial para que esta forma de economía funcione reside en que al venderse como una plataforma que media entre oferta y demanda quienes ejercen las labores de transporte, el trabajo, no son trabajadores de ninguna empresa, son autónomos sin ningún tipo de garantía laboral parecida a lo que un trabajador cualquiera pudiera tener como las vacaciones pagadas o la Seguridad Social. Dentro de la lógica del capital esto les funciona de maravilla, ya que con una pequeña plantilla de informáticos que desarrollen la aplicación, publicistas y un departamento de recursos humanos montas una empresa que se vincula con miles de “autónomos” que realizan el trabajo. No tienes que invertir ni en bicicletas para tus repartidores, ni en una flota de coches para tus taxistas, la empresa se limpia las manos y se queda con los grandes beneficios del que intermedia. Además, esta forma de vinculación como autónomos nubla la auténtica relación laboral que esconde, buscando la individualización de un problema que es colectivo: un grupo de trabajadores no reconocidos como tal. Esto dificulta la lucha sindical, la convocatoria de protestas o huelgas ya que dificulta la interacción y conocimiento entre los “no trabajadores”.

Aun así, ante unas condiciones de trabajo tan poco dignas, se han dado procesos de organización y protesta en distintas partes del mundo donde opera esta nueva economía. En verano hubo protestas de repartidores en bicicleta en distintas ciudades europeas como Milán, Berlín, Londres, Madrid o Barcelona. Todas con reivindicaciones comunes en torno a mejoras en la relación entre empresa y repartidores, desde garantizar unas horas mínimas de trabajo, un sueldo mínimo o que sea la empresa quien asegure las bicicletas de los repartidores.
En Barcelona, Madrid y Valencia se produjeron paros con buenos seguimientos durante el verano. De estas protestas, y los procesos de autoorganización que conllevaron, resultaron despedidas 30 personas en Barcelona. De este grupo de personas despedidas surge una alternativa que trata de acabar con la actual situación de los repartidores.

Más allá del cooperativismo colaborativo

La idea que está en desarrollo es la generación de una plataforma similar a las ya existentes pero en forma de cooperativa. Para que así los “trabajadores autónomos” (los socios cooperativistas) pudieran realizar su facturación a través de la cooperativa. También se ha hablado de otros proyectos cooperativos que sirvan simplemente para permitir la facturación del trabajador. En cualquiera de los casos estas medidas no dejan de ser en parte una medida paliativa y en parte una forma de evitar el conflicto existente entre empresa y trabajador autónomo. Es necesario llevar a cabo una lucha en el terreno laboral contra estas empresas de la “economía colaborativa”, ya que su modelo económico cada vez se extiende más y con ello la precariedad. Darse formas cooperativas para entrar dentro de un mismo mercado en el que tendrás que competir con auténticos gigantes sobre su terreno, augura que la forma de trabajo en estas cooperativas sea una explotación propia y ajena.

Dotarse de formas cooperativas para afrontar la precariedad siempre tendrá su punto positivo, pero en algunos casos no deja de ser el reflejo de la derrota colectiva del mundo del trabajo frente al capital, que no ya solo nos explota en sus empresas si no que nos obliga a competir con él aun cuando tratas de esquivarlo de las diversas formas posibles. Hoy más que nunca, el capitalismo rodea cada rincón de la vida laboral y cotidiana, y es en el terreno de la defensa de los intereses colectivos donde realmente podremos hacer cambiar la balanza a favor de quienes hoy sufren las consecuencias de trabajos basura.

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