El fuego arrasa nuestros montes

Parece surrealista que abramos el número de noviembre con una noticia propia de los peores meses del verano, pero la magnitud de los fuegos que han prendido Portugal, Asturias y Galicia durante el mes de octubre, nos incita a tratar, una vez más, el tema de los incendios.

#ArdeGalicia, vecinos/as formando cadenas humanas y ayudando de todas las maneras posibles a trasladar agua, veterinarios/as yendo a rescatar animales, terrorismo incendiario”… son algunos de los retales que hemos podido vivir desde la distancia. Con este artículo pretendemos vislumbrar que hay detrás de estas “imágenes” e intentar analizar por qué esta historia se repite año tras año. Nos centraremos concretamente en el caso gallego.

Gestión urbanística y abandono del campo

Pueden parecer dos asuntos muy distintos, pero están firmemente relacionados. La idiosincrasia gallega en cuanto a la ordenación del territorio nos muestra unos montes plagados de casas: los concellos están formados, muchas veces, por pazos, urbanizaciones e incluso instalaciones empresariales separados unos de otros, lejos de la clásica formación de pueblos típica de Castilla. Esta situación tenía sentido cuando la gente vivía del campo y prefería vivir allí.

Sin embargo, las distintas emigraciones y el éxodo rural producido por la búsqueda de oportunidades en las grandes ciudades conlleva, obligatoriamente, un abandono de los montes, tanto literal (no queda mucha gente y la que queda es mayor) como figurado, si la población no vive del campo no se molesta en cuidarlo, o no de la misma manera. Pues los bosques han sido una fuente más de subsistencia, no sólo por la madera, sino por la cantidad de recursos y oportunidades que ofrece a quien sabe encontrarlas (resina, setas, frutos, etc.), usos y costumbres que apenas tienen cabida en la sociedad moderna, plagada de urbanitas que solo pisan el monte como una rama más de un turismo de moda, etiquetado de ecológico.

El eucalipto y la regla del 30

Tirando del hilo anterior cabe una aclaración: los bosques gallegos están poblados por un invasor australiano, el eucalipto. En Galicia habita el eucalipto blanco, un árbol de hoja perenne que puede alcanzar los 60 metros de altura y un buen amigo de las repoblaciones tanto por su rápido crecimiento como por su aprovechamiento en industria maderera, papelera y química. Esto favorece la amplia distribución de esta familia por gran parte del mundo.
El eucalipto arribó a Galicia, concretamente a Tui en 1860, gracias a un fraile y destinado para uso ornamental. De la mano de empresas como ENCE, segundo productor mundial de pasta de celulosa y primer propietario de plantaciones en Europa, se amplió distribución a partir de 1957. Curiosamente, en el consejo de administración de esta empresa están Isabel Tocino (exministra de Medio Ambiente) y Carlos del Álamo (exconselleiro del mismo ámbito), demostrando una vez más que aquellos/as que se arriman a la protección de la naturaleza, acaban del lado del que tiene el dinero.

No hemos explicado aún que tiene de diabólico el eucalipto: a pesar de ser un árbol muy combustible, su expansión se ve favorecida por el fuego, que de paso elimina la competencia. El plan Forestal de Galicia de 1992 vaticinaba que para el año 2032 los bosques de eucaliptos ocuparían unas 245.000 hectáreas, pero la realidad es que ahora mismo copan unas 425.000, con el consumo de agua que esto supone.

Portugal ha implementado una moratoria en la plantación de este árbol. Sin embargo, en Galicia solo está regulada su presencia cerca de ríos, terrenos agrícolas y viviendas, donde está prohibida, y limitada en las zonas de Red Natura y de especial interés paisajístico, un 10% del territorio gallego. Pero hay que destacar que los incendios no suelen producirse en las zonas donde la explotación está regulada, pues tienden a estar más cuidadas y mejor vigiladas. La madera de eucalipto quemada, sin embargo, sigue siendo vendible, aunque a un precio más bajo y el hecho de que haya prendido obliga al propietario a vender, pues ¿qué más podría hacer con ella?

La enorme masa forestal de Galicia, donde el 48% del territorio son bosques, se ha visto afectada este mes de octubre por el factor 30, a saber, 30ºC de temperatura, vientos de más de 30km/h y una humedad relativa menor al 30%. El caldo de cultivo perfecto para un buen fuego. Caldo, eso sí, impropio de estas épocas del año, pero al que sin duda tendremos que acostumbrarnos mientras miramos desde el espejo retrovisor como nos da alcance a toda leche el calentamiento global. Aprovechamos estas líneas para lanzar un grito de auxilio sobre este tema. Hay que ponerse las pilas ya. El calor y la sequía no son ninguna broma.

Cómo se aborda un incendio

Hemos comentado que cuando el campo está habitado sus moradores/as se encargan de cuidarlo. Es por ello que, hasta los años 70, no se producían tantos incendios. Ahora nos enfrentamos a un panorama en el que la media anual de hectáreas quemadas es de 30.000. Han sido 12.000 en los “años buenos” y hasta 80.000 en los más negros (2006).

A la hora de informar desde los medios de comunicación de masas, la situación se muestra algo difusa, quizá si se le diera más importancia y minutos en los telediarios, algunos empezarían a preguntarse cómo puede ser, cómo otra vez, dónde está la prevención, cómo se gestionan los recursos que hacen que los vecinos/as tengan que arriesgarse así, quién ha sido, a quién conviene… en fin, muchas dudas.

Pero no, sólo se cuenta como fuego aquel que ocupa 20 hectáreas o más, obviando los focos “más pequeños” a la hora de informar. Además de la sensación de que todos/as los/as pirómanos viven en Galicia, este año ha entrado en juego una nueva figura, el terrorista: montamos una organización criminal y nos lavamos las manos. Cuando no se señala a los brigadistas, diciendo que prenden el monte para tener más trabajo. Son muchos los/as acusados/as, pero no se entra a valorar los puntos de los que hemos ido hablando, por ejemplo, el cese de cuidados en el campo es una pescadilla que se muerde la cola, ¿para qué seguir cuidándolo si en cualquier momento se va a quemar?
El dispositivo que siempre se anuncia bombo y platillo al comienzo del verano resultó ser insuficiente. O ineficiente. “Los trabajos de prevención programados para el año 2017 todavía sin hacer, la mayoría de las casetas de vigilancia de incendios cerradas, las brigadas de extinción en casa o bajo mínimos, distritos con la mitad de los agentes forestales que había hace diez años…174 millones de euros en 2017 convierten a Galicia en el territorio de Europa que más dinero invierte en la extinción de incendios. ¿Dónde está la prevención? […]” Este panorama lo pinta desde su whatsapp, desde Ourense, un trabajador forestal, Xosé Santos Otero.

La precaria situación de los/as trabajadores/as antiincendios no ayuda precisamente a que la extinción vaya por buen camino. Según contaban un agente forestal Xosé Arca y un miembro de una brigada helitransportada, David Iglesias a la web Quinteiro do Umia, hace años los trabajadores antiincendios estaban contratados por la Xunta, fijos que fuera de la temporada de fuegos, hacían trabajos de desbroce y limpieza, y otros discontinuos que reforzaban en la temporada de incendios. Cuando el bipartito, en 2005, adjudicó esos trabajos a Seaga. La vuelta del PP al poder supuso que los trabajos de prevención y extinción se fueran privatizando. “Yo tengo compañeros que antes tenían 40 obras [de limpieza y desbroce] en una comarca. Ahora no está abierta ninguna”, decía Arca.

Para terminar…

Ser un altavoz que propague la prevención o tener un discurso crítico sobre los procesos de extinción y el personal implicado, asistir con tristeza al abandono del medio rural o aprender a cuidar y mantener el paisaje no nos dan la llave para promulgar unas conclusiones sobre qué hay que hacer en estas situaciones.

Entendemos que la desmercantilización de la naturaleza es la clave: que el valor de un bosque o una playa no se puede medir en dinero. Que su conservación es un fin en sí mismo y no un medio para favorecer una industria maderera o un turismo sostenible. Porque al final, da igual que la Ley de Montes impida recalificar terreno quemado, muchos de los Concellos que sufrieron grandes incendios han pedido que se considere que en su terreno quemado existen razones imperiosas de “interés público” para justificar diferentes usos, como depuradoras o parques eólicos. Y no puede ser. Que la tierra nos da la vida y para mantener la vida hay que proteger la tierra.

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