IPC vs PIB, o quién hostias sabe cómo quedarán nuestros sueldos

A finales del pasado mes de febrero, en el seno de las eternas negociaciones entre UGT, CCOO y la patronal, saltó la noticia de un principio de acuerdo en materia de negociación salarial. Lo que hasta hace poco tiempo era reiteradamente negado, se ha hecho realidad, los grandes sindicatos se están planteando seriamente dar el sí quiero a una vinculación de nuestros salarios con la marcha de la economía con mayúsculas, del PIB nacional. Hasta la fecha, esta vinculación de los salarios (que repercutía en las subidas, o no, de primeros de año), se realizaba teniendo en cuenta el IPC, es decir, la evolución del conjunto de precios de los bienes y servicios consumidos por los/as residentes en una “vivienda familiar». A partir de ahora, esto se podría ver modificado. Aunque si bien es cierto que aún no existe un acuerdo final, pues los grandes sindicatos y la patronal andan todavía a la gresca en otros ámbitos como la ultraactividad de los convenios colectivos, parece que el futuro de nuestros salarios pasará por una renovación anual en 2015 del 1,5% si el PIB aumenta más de un 2% en ese mismo periodo, o de un 1% sin no lo alcanzara. La intención de este pacto es que tenga una vigencia de tres años, pero las relaciones entre las subidas del PIB y la de los salarios para el 2016 y el 2017 aún no están marcadas, todavía prosiguen en discusión.

el-roto-rico_thumb2La repercusión de esta medida sobre nuestro bolsillo, y ante todo, sobre el valor relativo de nuestros salarios es una incógnita, pues si bien es cierto que en las actuales circunstancias nos encontramos con sendos meses de IPC negativo (debido en gran medida a los bajos precios del petróleo, que no de los precios de la cesta de la compra) a la par que con un moderado crecimiento económico, la geopolítica que acompaña a la producción del crudo no puede ser más cambiante y las derivas de la crisis energética afectan sobremanera a todo nuestro mundo, ya sea el cultivo de alimentos o el mercado textil. A larga, y teniendo como referente estas últimas décadas, hubiésemos perdido más si cabe de haber estado implantada esta medida, como recogen los datos aportados por CGT Catalunya (http://www.cgtcatalunya.cat/spip.php?article10952). Pero a todo esto hay que sumar que las condiciones del acuerdo no están todavía fijadas, y por tanto aún hay espacios para variaciones. Es por ello que nuestra valoración sobre este tema va más allá de su idoneidad inmediata (o más palpable).

En ese sentido, creemos importante valorar lo que este acuerdo significa en profundidad. O al menos, lo que ejemplifica para nosotros/as. Desde nuestro punto de vista, esta nueva variable que entraría a condicionar de forma directa nuestros salarios implica un paso más en nuestra aceptación como clase de la ideología dominante (y en estos momentos, esto ya es decir mucho), un sapo más que nos tocará tragar en la asimilación de su cultura y de su escala de valores. Nuestras condiciones de vida pasarán a depender aún más formalmente del camino de la «economía nacional», de los grandes parámetros que marcan el crecimiento de los beneficios empresariales, desligándose cada vez más de la marcha de los precios de nuestro consumo diario (con todos los peros que le podamos adjuntar a esto). El producto interior bruto representa un parámetro económico que marca, a grandes rasgos, la producción, en un determinado periodo de tiempo, de bienes y servicios asociados un país, teniendo en cuenta valores estadísticos de consumo, exportaciones e importaciones, gasto público… Y como tal, unos índices económicos cuya constante subida en estas últimas décadas no han repercutido sobre una mejora de nuestra calidad de vida, sino más bien han acelerado la carrera del enriquecimiento de la clase pudiente, haciendo cada día más palpable el lema «los/as ricos/as cada vez más ricos/as, los/as pobres cada vez más pobres».

Al mismo tiempo, esto también supondría un impedimento más en futuros conflictos laborales, donde la reivindicación por mejores salarios pierde cercanía con la realidad, con nuestra realidad, que no la marca la economía de la nación, sino nuestras necesidades más básicas. Desde el último asalto proletario de los 70, hemos sido sepultados en esta dinámica de asumir casi en su totalidad los límites que el capital nos marca a la hora de plantear las luchas, no sólo laborales; han conseguido que nos marquemos sus propios techos. La ideología del poder avanza tratando de ocupar todo el espacio existente, consiguiendo ya no sólo que juguemos a su juego, sino que aceptemos sus reglas y no tratemos de hacer trampas. Los grandes sindicatos aducirán que el actual contexto social y correlación de fuerzas marcan esta nueva concesión (o la verdad, no aducirán ni eso, pues hace tiempo que dieron la batalla por pérdida y saltaron al carro del sálvese-quien-pueda), y a su vez, estas nuevas condiciones presionan en nuestra pérdida de fuerza. La pescadilla que se muerde la cola, y que al final repercute inexorablemente sobre una disminución en nuestra capacidad de generar alternativas a este sistema. Pues no nos lo creemos, no somos capaces de pensar en nuevos mundos y modelos de sociedad que vayan creciendo de ahora en adelante. O al menos, no con la suficiente determinación.

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