¿Superhéroes o supervillanos? De fascismo y cómics

Quis custodiet ipsos custodes?” (¿Quién vigila a los vigilantes?)

Frank Castle era un ex-marine que, tras luchar con distinción por su país en el extranjero, volvió a casa para trabajar como un agente del FBI. Castle confiaba ciegamente en el sistema para el que le trabajaba hasta que un día un mafioso asesinó a su mujer e hijos. El sistema judicial, cuya máxima es la absurda presunción de inocencia, se mostró ineficiente a la hora de darle la Justicia que tanto ansiaba y absolvió a los responsables. Por tanto, Castle, que es más listo que nadie y sabe a ciencia cierta quiénes se encontraban detrás de todo, abandonó su uniforme gubernamental, se enfundó en cuero negro con una gran calavera blanca en el pecho y, llamándose a sí mismo Punisher (“Castigador”) se dedicó a aniquilar de la manera más sanguinaria posible a todos los mafiosos que se encontraban detrás del asesinato de su familia. Y, no contento con eso, vaga los barrios de Nueva York matando a todos los criminales con los que se encuentra. Porque ante un sistema judicial corrupto e ineficaz, la verdadera Justicia la imparte él.

Ésta es la historia de The Punisher, un popular personaje de los cómics de Marvel desde 1974. En los últimos años ha tenido su propia serie de televisión en Netflix. Su lema es “la gente a la que mato necesita ser matada” y su estética macarra y molona, unida a su violencia exacerbada, le convierten en uno de los antihéroes favoritos de todos los tiempos.

The Punisher y la extrema derecha

El único crimen en la guerra es perder” – Punisher

En los últimos años su popularidad ha ido en aumento entre las filas de la extrema derecha. Mientras que nosotras, desde el anarquismo, criticamos el sistema penal y penitenciario por su dureza y por su criminalización de la pobreza y de la marginación, el fascismo lo critica por “blando” e insuficiente. Los valores que representa The Punisher son los mismos que abraza la ultraderecha: la Justicia no es popular, ni institucional, sino que la impone la Ley del más fuerte; la cárcel no es un castigo, sino unas vacaciones; la pena de muerte se debe administrar sin pudor, ni restricción; un hombre blanco, rebosante de testosterona, veterano de guerra, descreído de un sistema de Justicia “progre” es el juez y ejecutor perfecto; y, por último, las calaveras molan.

Por ello, no es de extrañar que entre las personas que asaltaron el Capitolio de EEUU el pasado 6 de enero se vieron varias calaveras de The Punisher. En particular destacó un hombre que entró en el edificio cubierto con un pasamontañas que llevaba el logo de del Frank Castle en el pecho superimpuesto sobre una bandera de EEUU, con una pistola en la cintura y unas bridas en las manos.

Batman: segurata millonario en defensa de los ricos

Los criminales, por naturaleza, son cobardes y supersticiosos” – Batman

Por supuesto, Punisher no es el único ídolo del mundo del cómic de la derecha. Probablemente todas las obras del autor Frank Miller, conocido por su visión facha del mundo y por sus ataques contra movimientos sociales de EEUU, puedan entrar en esta categoría. Es autor de varios cómics de DC como 300 (que recibió críticas por su supremacismo occidental) y Sin City y ha guionizado las historias más oscuras de Daredevil y Batman. Alan Moore ha criticado su obra por considerarla misógina y homófoba.

Batman, un personaje de DC creado en 1939, es el más reivindicado por la derecha ultraliberal. Batman es el alter ego de Bruce Wayne, el dueño de Industrias Wayne, traumatizado desde que un atracador matara a sus padres cuando era pequeño. Por las noches se enfunda su capa y lucha contra el crimen, ayudando al Comisario Gordon, el único policía honesto de la ficticia ciudad de Gotham. Sus enemigos, el Joker, Enigma, etc. son villanos que buscan destruir el estatus quo. Batman se opone a la corrupción policial, pero se enfrenta a los enemigos de la policía en una suerte de reivindicación del papel de la seguridad privada frente, de nuevo, a la escasa eficacia de las instituciones públicas.

En sus últimas adaptaciones al cine, esto es más evidente que nunca. En la película de Nolan El Caballero Oscuro (2008) Batman se da cuenta de que para localizar y derrotar al Joker debe violar las rígidas leyes de privacidad y pinchar todos los teléfonos de Gotham con un súper-ordenador (o bat-ordenador, mejor dicho). En El Retorno del Caballero Oscuro (2012) Batman pretende enfrentarse al supuesto populismo de la extrema izquierda que se encontraba boyante hace 10 años. Según un artículo de la web de derechas, Libertad Digital, escrito en 2012, en esta película Batman se enfrenta a un “grupo armado cuyas reivindicaciones políticas y económicas parecen inspiradas en movimientos como el “15-M” español o el “Ocupa Wall Street” estadounidense. Así, los villanos de la película son quienes arrasan la propiedad privada, asaltan la bolsa de valores, desprecian a las personas de altos ingresos y gobiernan a golpe de mayorías. […] Con acierto, la película renuncia a mostrar los asaltos a la propiedad privada de forma romántica e idealista. Al contrario, la forma en que Christopher Nolan muestra ese “paraíso igualitario” difícilmente puede ser más cruda. […] Por último, es bueno recordar que la historia encumbra el rol del empresario como agente de cambio social. Bruce Wayne no es solamente un héroe por sus actividades “nocturnas”, sino también por su exitosa vida empresarial y su extensa labor de filantropía. La reivindicación de la caridad privada es especialmente importante, ya que supone un reto al discurso habitual según el cual solamente el Estado debe asumir responsabilidades en dicho ámbito”. Recordemos que en la última escena del filme Robin tira al río su placa y decide convertirse en superhéroe, apuntalando la defensa de la seguridad privada.

Por si no fuera suficientemente claro que Batman es un firme defensor de la empresa privada, que se opone a los servicios públicos y que se encomienda a la ley del más fuerte, en el cómic The Berlin Batman (1998) se explora una realidad alternativa en la que Batman no es el alter ego del millonario norteamericano Bruce Wayne, sino del alemán Baruch Wane. En él, rescata al economista Ludwig Von Mises, padre de la escuela del anarcocapitalismo (el mal llamado «libertarianism») y máxima influencia del neocón Friedrich Hayek. El cómic termina con la siguiente vomitiva frase: «Ludwig Von Mises escapó a los Estados Unidos cuando los nazis saquearon su apartamento en 1938. Fue su casera, una amiga de su madre, quien dijo a las autoridades que Von Mises estaba trabajando en nuevo libro que desafiabas las políticas sociales y económicas de los nazis. Lo retrasaron pero no lo detuvieron. Continuó su trabajo en el libro que finalmente fue publicado en el ’49, llamado ‘La acción humana‘, ahora considerado una de las grandes obras libertarias de nuestros tiempos. Las ideas antiautoritarias de Von Mises primero fueron una amenaza a los nazis, y luego a los soviéticos, y para todos los gobiernos cada vez más regulatorios en nuestros propios tiempos. Estaba en contra del socialismo en todas sus formas. Fue defensor de la libertad individual, la libertad de expresión y el libre pensamiento y… así también, debo añadir, el Batman de Berlín. Batman, como todos sabemos, se volvió mejor en lo que hacía, y las leyendas de sus hazañas continuaron creciendo hasta nuestros días«.

Por todo ello,  Julio Embid, autor de Con Capa y Antifaz: La ideología de los superhéroes (Catarata, 2018) en una entrevista en eldiario.es concluye que «Batman es, posiblemente, el superhéroe famoso más de derechas que tenemos hoy. Su poder es ser rico e impartir justicia. Es como si Florentino Pérez decidiera ponerse un traje y combatir el crimen en Madrid por la noche. Batman es la derecha, y pertenece a un establishment que no tiene ninguna intención de cambiar el modelo del sistema, ni de crear una sociedad más justa. Lo único que quiere es trincar a los malos«.

Superman y Capitán América: patriotismo barato estadounidense

«Todas las películas de superhéroes tienen un impacto mundial que contribuye a la construcción de una mitología actual y algo más que un mero producto comercial», nos explica Julio Embid. «Es decir, con ellas se están vendiendo unos valores cercanos al capitalismo y a la democracia representativa de Estados Unidos. Y lo hacen grandes empresas con intereses propios» – Julio Embid

Tanto Marvel como DC tienen dos superhéroes que representan los valores tradicionales y el arquetipo de héroe americano: se trata de, por un lado, el Capitán América y, por otro, Superman.

Superman (creado en 1938), el alter ego de Clark Kent, criado en una granja de Kansas, representa a la América blanca, rural, de buen corazón, que trabaja duro sin rechistar, individualista, que no pensaría jamás en sindicarse y que, en con una fe ciega en el capitalismo, piensa que con su esfuerzo prosperará en la vida. «Superman representa el conservadurismo religioso por una parte, y el tradicionalismo rural por otra. Es una buena persona de derechas que ejerce de periodista mediocre. Un tipo que va a la oficina de dos a tres y que luego se marcha a salvar el mundo«, explica Julio Embid a eldiario.es.

Los primeros cómics de Superman muestran una vida bucólica en la Kansas rural de los años 30 y 40, ocultando la miseria que atravesó el país durante la Gran Depresión. Como explica en un artículo Ignacio Fernández Sarasola, «Superman fue ideado por dos jóvenes inmigrantes en Nueva York, Jerry Siegel y Joe Shuster. […] Igual que ellos, Superman era un inmigrante (el único superviviente del planeta Krypton) y se había criado en una familia humilde; crianza, por otra parte, que en el caso del superhéroe había tenido lugar en el campo, conforme a una concepción bucólica de la vida rural, tan distinta de la que mostraba por esas mismas fechas John Steinbeck en Las uvas de la ira. La modesta infancia de Clark Kent no era más que un reflejo de la todavía más modesta (en realidad mísera) vida de aquellos jóvenes que concibieron a Superman. De hecho, Shuster tenía que dibujar en el papel de estraza que envolvían las compras que hacía su madre, al no disponer de dinero para adquirir unas simples cuartillas. Y, muchos años más tarde, ambos regresarían a esa misma miseria, tras perder un pleito con DC por los derechos de Superman«.

En sus historias iniciales, Superman logra que se exculpe a un condenado a muerte, castiga a un empresario que explota a sus empleados y propina una paliza a un maltratador. Pese a que «la grandeza de Estados Unidos» siempre se encuentra de fondo, la temática no era especialmente conservadora. Pero con el paso del tiempo fue encarnando cada vez más la defensa de su país, acabando con dictadores y metiéndose de manera progresiva en un papel de propaganda patriótica del cual nunca ha salido.

El Capitán América (creado en 1941 como parte de una campaña contra el nazismo alemán y posteriormente contra el comunismo soviético), por otro lado, es el alter ego de Steve Rogers, un tipo majo, valiente, sacrificado, carismático… Representa a Estados Unidos, ergo es la perfección personificada. No se le permite ni un desliz. Hasta los años 60, es la idealización de la democracia estadounidense, con claras influencias de las cazas de brujas anticomunistas macartistas. A finales de los años 60, sus historias reflejaron las inquietudes de una sociedad que estaba cambiando a pasos agigantados, influida por el incipiente movimiento feminista, la lucha contra la Guerra de Vietnam, las protestas estudiantiles, la lucha por los derechos civiles de los afroamericanos, la delincuencia juvenil y el consumo de drogas. En esta época, su nuevo compañero, el Halcón («Falcon»), era un afroamericano que luchaba para limpiar de criminales el gueto de Harlem. Lejos de resolver los problemas simplemente a golpes, como en las décadas anteriores, el Capitán América solía afrontar estos conflictos desde un papel de mediador, evitando por lo general el empleo de la violencia y buscando siempre soluciones de consenso. Durante la Administración Reagan durante los años 80, el personaje del Capitán América fue despedido por un gobierno que implementaba recortes y ya no quería tenerle como empleado. Y, tras el 11-S de 2001, el personaje pasó a luchar contra el terrorismo y las oscuras conspiraciones de su gobierno (las cuales incluyen las torturas de Guantánamo), porque el mensaje que vende es que esos actos no representan el ideal estadounidense y su texto más sagrado: la Constitución. Según Embid, es un tipo que en Estados Unidos se consideraría progresista, pero que en Europa se entendería como un patriota conservador.

Watchmen y la crítica a los vigilantes

Todos somos marionetas, Laurie. Yo solo soy una marioneta que puede ver los hilos” – Doctor Manhattan

Quizás la mejor crítica que se ha hecho jamás al papel de los superhéroes lo encontremos en el propio mundo del cómic: se trata de Watchmen (1987), la obra maestra del autor anarquista británico Alan Moore.

Watchmen explora la dimensión psicológica y filosófica de los superhéroes en un mundo en el que Nixon obtiene la presidencia vitalicia gracias a que el Doctor Manhattan, el único héroe con superpoderes (representando la superioridad omnipotente de Superman), le ayudó a ganar la Guerra de Vietnam (y el país asiático se convierte en el 51º estado de EEUU). La temática del cómic es una crítica constante al principio de autoridad (el graffiti “who watches de Watchmen?” adquiere una dimensión omnipresente a lo largo de la obra), la ansiedad colectiva que creó la Guerra Fría y el miedo al fin del mundo, el imperialismo estadounidense, las teorías de la conspiración y la megalomanía de quienes ostentan el poder. La conclusión de Moore es que los superhéroes son, por definición, supremacistas; buscan la superioridad con respecto al resto de personas y se regodean en ella. Cuando su autoridad es cuestionada y limitada por quienes consideran inferiores no lo encajan bien. Personajes como el Comediante, por ejemplo, no dudan en ponerse al servicio del gobierno y luchar en guerras en Centroamérica para desestabilizar a gobiernos de izquierda, con tal de mantener sus privilegios.

El protagonista de la historia es Rorschach (el alter ego de Walter Kovacs), un sádico conspiranoico de extrema derecha con un peculiar código de honor. Moore le ideó como un antihéroe al que no había que emular, pero en 2015 el senador republicano de Texas, Ted Cruz, manifestó que Rorschach era una de sus cinco superhéroes favoritos, junto con Batman y Spiderman.

Antes de escribir el guion de Watchmen, Alan Moore publicó V de Vendetta (1980), que relata la historia de V, un anarquista con el rostro oculto bajo una máscara de Guy Fawkes, que lucha por acabar con el régimen de una Gran Bretaña distópica y totalitaria inspirada por el avance del thatcherismo de la época. Otra obra imprescindible.

Otras críticas a los superhéroes: de Robocop a The Boys

«A veces es difícil ser superior a cualquier otra persona en el planeta» – Homelander en The Boys

Alan Moore es el que mejor lo ha hecho, pero no es, ni mucho menos, el único que ha criticado a los superhéroes a través del cómic o del cine.

De la filmografía del director holandés Paul Verhoeven nos gustaría destacar en primer lugar Robocop (1987). Ambientada en una ciudad de Detroit completamente arruinada por la codicia de las grandes corporaciones, la deslocalización de la industria, las políticas neoliberales, los recortes, la destrucción de los sindicatos y la privatización de los servicios públicos (incluyendo la policía), la película es una dura crítica a las políticas neoliberales de Ronald Reagan.

Diez años después, Verhoeven estrenaría Starship Troopers (1997), un filme de terror y ciencia ficción que criticó el imperialismo y militarismo yanki.

Yéndonos a ficciones más recientes, cabe mencionar los cómics de DC y la adaptación a serie de The Boys (2006). Esta serie se encuentra ambientada en un mundo contemporáneo en el que existen superhéroes y cuentan con jugosos contratos millonarios con grandes corporaciones las cuales subcontratan sus servicios a distintas ciudades para garantizar la seguridad. Las corporaciones que les representan, a su vez, están intentando conseguir un contrato con el ejército para poder emplear a sus superhéroes en guerras. La mayoría de los superhéroes se encuentran absolutamente corrompidos por su estatus de celebrities y su conducta hacia las personas normales es temeraria y despectiva, hasta el punto de que en el primer episodio uno de ellos mata a una chica por correr con supervelocidad y le da igual. Por esta razón, un equipo de personas normales, sin poderes, conocido informalmente como «The Boys», quieren usar cualquier medio violento para monitorizarlos y acabar con ellos.

Los superhéroes de la ficción nos vigilan y controlan. Pero, ¿quién controla al que controla?

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