Contagio social. Guerra de clases microbiológica en China

Este artículo es un resumen de parte de las ideas y de los análisis realizados por el colectivo chino Chuang en su extenso texto “Social contagion. Microbiological class war in China”, publicado el pasado 26 de febrero, momento en que la sociedad china se encontraba ya inserta en plena crisis del COVID-19. Nos hemos basado en la traducción al castellano de dicho texto realizada por el blog Artillería Inmanente, cuya lectura recomendamos.

Wuhan es conocido como uno de los cuatro hornos de China por sus agobiantes veranos. Pero en este caso, la metáfora también vale para señalar al centro de la producción de acero, cementos y otras industrias derivadas de la construcción del gigante asiático. La capital de la provincia de Hubei adquirió un papel fundamental en la economía china tras la crisis de 2008, impulsado por un enorme crecimiento de la construcción de infraestructuras y del mercado inmobiliario, lo que a su vez repercutió en convertir a la populosa Wuhan en el centro nacional del boom del ladrillo. Sólo un dato, entre 2018 y 2019, la superficie de la ciudad en obras equivalía al tamaño de la isla de Hong Kong. Sin embargo, este crecimiento económico parece estar enfriándose en estos últimos tiempos, a lo que se une ahora la parálisis total de la vida social de la ciudad.

El brote de coronavirus, renombrado como SARS-COV 2 (un virus más mortal que su predecesora de 2003, el SARS), tuvo como epicentro esta localidad, y ha supuesto el cierre y el parón de la actividad económica de gran parte del país desde el Año Nuevo Lunar de finales de enero. El mensaje lanzado por el gobierno ha sido claro: “La mayor contribución que se puede hacer es no reunirse, no causar el caos”.

La propagación del virus más allá de las fronteras chinas vino precedida por la propagación de informaciones varias que culpaban del surgimiento del brote a una conspiración/liberación accidental de una cepa del virus de Instituto de Virología de Wuhan o a la propensión de los chinos a consumir alimentos “sucios” y “extraños”. Informaciones que responden a un clima de belicismo y occidentalismo muy exacerbado últimamente, y que responden más a cuestiones culturales que económicas. Otra variante, más centrada en las consecuencias económicas de esta pandemia, ha exagerado sin embargo las posibles repercusiones políticas de esta crisis en China, profecitando una caída inminente del Partido Comunista de China (PCCh). Si bien los primeros datos sugieren que esta crisis repercutirá en una disminución del crecimiento anual del PIB chino a un 5%, por debajo del esperado y ya mínimo de las últimas décadas 6%, no se ve atisbo de levantamiento popular en el horizonte.

Pero yendo a lo concreto, esta epidemia ha afectado en China a unas 80.000 personas (según los datos más conservadores), pero ha supuesto una conmoción para 1.400 millones de personas bajo la vida cotidiana del capitalismo. Esto puede llevar a una autoreflexión sobre su precariedad a una enorme población. Preguntas como ¿hasta cuándo aguantaremos en esta situación? ¿cómo haré frente a mis rentas? ¿tendré suficiente comida? Esto genera una experiencia subjetiva que puede equiparse a las grandes huelgas de masa del siglo pasado, pero desde una perspectiva no espontánea y de hiperatomización. Esta situación pude entenderse como una huelga vaciada de sus características comunales pero que provoca un choque profundo en nuestras psiques y en la economía.

Más allá de esta idea, surgen varias reflexiones interesantes al hilo de esta pandemia. Una de ellas ha sido poco tratada, y es el cómo se producen estas enfermedades y cómo se distribuyen. ¿Cómo se interrelacionan la esfera socioeconómica con la biológica dentro del capitalismo? ¿Cuáles son las relaciones entre las formas de producción y el mundo no humano?

Producción de plagas

El SARS-COV 2, al igual que lo fueron el SARS de 2003, la gripe aviar o la gripe porcina, son virus gestados en el nexo entre la economía y la epidemiología. Representan enfermedades de transferencia zoonótica, condicionadas por la proximidad y la regularidad del contacto que tenemos con animales no humanos portadores de dichos virus, lo que condiciona el entorno en que evoluciona la enfermedad. En este sentido, puede entenderse que detrás de estas pandemias está la susodicha relación entre las formas de producción capitalistas y el entorno natural, en forma de la presión evolutiva de la agricultura y la urbanización capitalista sobre los ecosistemas, o en los márgenes de la economía, que empujan a incursiones agroeconómicas en ecosistemas “salvajes”. Esta idea ha sido ampliamente desarrollada por el biólogo de izquierdas R.G. Wallace, ante todo en su estudio de la gripe aviar (H5N1).

La historia de las grandes plagas modernas es una sombra de la industrialización capitalista, a la vez que precursora de la misma en otras ocasiones. Como ejemplo, en la Inglaterra del siglo XVIII, con el advenimiento del capitalismo primitivo, surgieron tres grandes plagas. Para entenderlas, habría que partir de la expansión capitalista en el campo inglés, que supuso la limpieza masiva de campesinos en pos de nuevos monocultivos de ganado. En este contexto, ganado importado de Europa, infectado previamente de las pandemias que siguen a las épocas de guerra, derivó en virus más agresivos relacionados con las nuevas formas de concentración de ganado, siendo su máxima exponencia las lecherías londinenses. Estos brotes fueron contenidos con la eliminación selectiva de ganado y el desarrollo de prácticas médicas y científicas modernas. En este sentido, podría realizarse una analogía con los ciclos de crisis económicas, en base a colapsos cada vez mayores que parecen llevar al sistema al precipicio, pero terminan superándose a base de sacrificios masivos que despejan el mercado/población y avances tecnológicos.  

Pero más allá del campo, estas pandemias también han resultado especialmente dañinas para el proletariado industrial. En este sentido, cabría decir que no hay nada exclusivamente chino en este brote de coronavirus. No existe una explicación cultural a su desarrollo, más bien es una cuestión de geografía económica. Si comparásemos los momentos históricos en los que EEUU o Europa han sido centros de producción mundial y de empleo industrial masivo, daríamos con situaciones muy similares. Las condiciones insalubres del proletariado, las malas prácticas sanitarias y la contaminación generalizada forman un caldo de cultivo que lleva a descensos del nivel de salud de la población, con lo que se consiguen mejores condiciones para la propagación de plagas. Un ejemplo de ello sería el caso de la llamada gripe española de 1918, una variante de la influenza algo más agresiva de lo normal, pero que causó estragos, ante todo en Europa, de la mano del hacinamiento humano, la malnutrición y las condiciones lamentables de vida de una población ya de por si castigada por 4 años de guerra. Esta pandemia es considerada como la primera plaga del proletariado.

Todo ello nos conduce al desarrollo de China en las últimas décadas. Bajo el brillo de un inmenso crecimiento económico se esconden las contradicciones estructurales de la naturaleza de la producción y la vida proletaria bajo el capitalismo. Mientras el Estado ha invertido en infraestructuras y ladrillo, la educación y la sanidad han sufrido una enorme degradación. Desde hace décadas, la sanidad china ha seguido un proceso privatizador que ha venido aparejado a la urbanización y la producción industrial no regulada, generando un sistema en el que se combinan contribuciones de empleados y empleadores, que se encuentra mal remunerado y salpicado de fraudes por parte de los empleadores (en parte, por las bajas tasas de beneficios de muchas empresas). Esto es especialmente sangrante para los trabajadores migrantes chinos. Todo ello está llevando a un incremento de las tensiones sociales, ya sea en forma de violencia hacia los sanitarios o huelgas y piquetes laborales. Del mismo modo, mientras que China se está especializando en la exportación de productos de alta calidad, el mercado interior está saturado de mercancías de pésima calidad, lo que a nivel alimenticio supone regulares escándalos.  De nuevo, nos encontramos con un patrón de condiciones sociales al estilo de la gripe española, lo que ha favorecido al virus ganar terreno. Pero no todo es una cuestión de distribución.

El surgimiento del SARS-COV 2 no está muy claro. Se sitúa en los mercados de productos salvajes de Wuhan, y lo más probable es que provenga de una trasmisión zoonótica de murciélagos o serpientes. Aquí habría que recalcar como en estos últimos tiempos ha repuntado el consumo en China de animales salvajes de la mano del declive de disponibilidad de carne de cerdo por la peste porcina africana. Pero yendo más allá de condiciones concretas, existen dos rutas para gestar este tipo de epidemias dentro de los mercados globales. Por un lado, los casos relacionados directamente con el núcleo del sistema agroindustrial, donde los monocultivos de animales de corral derivan en la insuficiencia de cortafuegos inmunológicos de éstos ante brotes de influenza, abravado todo ello por una alta densidad de población y una renovación constante de sujetos. La consecuencia de esta competencia industrial es la rápida trasmisión de los virus. Pero no es este el caso. Por otro lado, estaría la ruta indirecta, derivada de la expansión y la extracción capitalista del interior del país. El aumento de la demanda para el consumo, la medicina o simplemente las cadenas de valor agroecológicas, extiende la producción a esferas antes salvajes, modificando ecologías locales. A medida que se expande la producción industrial, alimentos silvestres cada vez más capitalizados son empujados a paisajes primarios, destapando patógenos potencialmente pandémicos. A su vez, las poblaciones humanas locales también son movilizadas más cerca de estos animales y de estos ambientes. Ya no existe una periferia natural al sistema capitalista, todo está subsumido en cadenas de valor mundiales y las zonas salvajes son un inmanente más de la economía. De este modo, se favorece que cepas virales salvajes, ante aisladas o inofensivas, se lleven a entornos hipercompetitivos que provocan ciclos más rápidos de vida del virus, saltos zoonóticos y capacidad de desarrollar vectores de transmisión, de modo que se conviertan en pandemias mundiales. Una vez creados, su rápida propagación se deriva de los circuitos mundiales de mercancías y mano de obra, de modo que el virus se extiende por varios continentes entrando en contacto con diferentes entornos socioecológicos (tipos de huéspedes, medidas sanitarias…), favoreciendo las vías evolutivas que más rápido compiten y generan mayor resilencia del virus.

Respuestas a la crisis desde el Estado chino

La segunda de las grandes reflexiones a las que hacíamos mención viene a señalar el actual estado de la sociedad china, y como esta pandemia ha generado una crisis política contradictoria en la que se hacen patentes las potencialidades y las dependencias invisibles de la sociedad, así como genera una excusa perfecta para la extensión de los actuales sistemas de control estatales.

Si el COVID-19 ha resultado ser tan mediático desde los comienzos de su extensión ha sido, a pesar de su baja tasa de mortalidad en comparación con otras pandemias recientes como el ébola, por su veloz propagación y por el hecho de tener como foco inicial China. Las calles de populosas megalópolis totalmente vacías, la mayor economía mundial en stand by, los riesgos de una recesión mundial… todo ello captó desde muy pronto la atención del mundo. El Estado chino en acción.

Pero esta respuesta, aparentemente decidida y fuerte, si se examina con detenimiento, desvela no sólo la capacidad represiva del Estado, sino también sus debilidades. Por un lado, esta situación ofrece el escenario para el desarrollo de innovadoras técnicas de control social, al mismo tiempo que pone de manifiesto que todo el aparato de propaganda y administración oficial del PCCh acaba necesitando de la buena voluntad de la población local para su eficiencia. Todo estado fuerte tiene sus fallas, y este brote se hizo viral por las deficientes conexiones entre los diferentes niveles del gobierno, visibilizados en situaciones como la represión local a médicos en contra de los intereses del estado central o los deficientes mecanismos de notificación de los hospitales. El cierre de la actividad y su vuelta a la normalidad se han realizado en muchas ocasiones en base a los diferentes criterios de cada gobierno local, con los subyacentes problemas para las redes logísticas de larga distancia, que podían ser detenidas o no en cada provincia. Al final, de todo ello subyace un problema endémico del gobierno de China: el Estado central no llega hasta el nivel local más que en base a llamadas a la movilización de funcionarios y ciudadanos, y a una represión a posteriori sobre quienes más fallaron. Sólo es eficaz donde concentra su poder, como pueda ser Hubei, o más específicamente, Wuhan.

Ello ha derivado en que la crisis se haya afrontado desde las instituciones centrales como un ensayo general ante una contrainsurgencia nacional, con lo que ello conlleva. Cuando las formas previas de apaciguamiento fallan, la contrainsurgencia aparece, pero siempre es costosa e insuficiente, y suele dejar un poso para una futura insurgencia. Este no es un caso típico, pero es reseñable el papel jugado por el gobierno en la represión de la información, algo que finalmente se puso en su contra en las redes sociales y ha dejado al aire (de millones de ciudadanos) sus incapacidades.

Más allá de las ya mencionadas repercusiones macroeconómicas, también habría que fijarse en otras repercusiones económicas menos visibles. Una de ellas es la situación de enorme precariedad que están viviendo los trabajadores migrantes (chinos del interior), atrapados en un limbo derivado de su especial situación administrativa. En algunas ciudades, como en Shenzhen, la falta total de ingresos está llevando a mucha gente a quedarse sin hogar, así como están repuntando los robos, principalmente de comida. Del mismo modo, los créditos prometidos por el gobierno no servirán para reflotar muchas pequeñas empresas, y, en algunos casos, esta situación actuará como acelerante de una tendencia preexistente de reubicación de fábricas en lugares más rentables para el capital como India, Bangladesh, Vietnam o México.

Al final, esta crisis ha puesto de manifiesto la torpe respuesta temprana del gobierno al virus, su dependencia de mediadas punitivas y su incapacidad de coordinación a nivel estatal a la vez que hacía malabarismos para superar las contradicciones entre producción y cuarentena. En estos tiempos que corren, este tipo de crisis serán cada vez más comunes, nuestra destrucción del entorno natural y las variaciones climáticas que hemos provocado derivarán en crisis capitalistas de un carácter aparentemente no económico, ya sean epidemias, hambrunas o inundaciones, que servirán como justificación para ampliar el control estatal y probar herramientas de contrainsurgencia. Debemos, por tanto, ser capaces de desarrollar nuestro proyecto político en un terreno de desastre ecológico y microbiológico, en una perpetua crisis y atomización.

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