Asaltados y asaltantes: historia inmediata de cuatro años de municipalismo electoral

Hace cuatro años, poco antes del inicio del ciclo de elecciones de 2015, me propusieron escribir un artículo de análisis sobre las candidaturas populares que, reclamándose municipalistas y herederas del 15M, pretendían concurrir a las mismas con el afán de asaltar las instituciones y revitalizar el proyecto democrático. De allí nació Asaltados o asaltantes. Municipalismo y movimientos sociales en la coyuntura electoral, un pequeño texto, publicado originalmente en el número 17 de la revista Youkali, que luego editamos en formato fanzine (Piedra Papel Libros. Jaén: 2015).

A día de hoy, mediados de abril de 2019, y a pocos días de retomar el ciclo electoral que dará cuenta de la nueva composición del mapa político del Estado español (al menos en el plano institucional), podemos revisitar el texto al que aludíamos anteriormente desarrollando buena parte de sus líneas de análisis pero teniendo en cuenta, eso sí, que muchas cosas han cambiado por el camino, incluyendo la aparición de nuevos actores —y otros no tan nuevos— que han entrado con fuerza en la partida.

No obstante, el relato sobre la experiencia política de dichas candidaturas varía en función de la mirada y los intereses de quien lo ponga sobre la mesa, por lo que hemos pensado que, para ofrecer una visión de conjunto, quizás sería interesante plantearlo de la siguiente forma:

Asaltantes

Sin duda alguna, uno de los puntos fuertes del argumentario que en su día justificó la puesta en marcha de las candidaturas municipalistas es que estas recogían lo mejor de la experiencia del 15M, llevando a la arena de la política institucional buena parte de sus reivindicaciones y generando un espacio de participación más asequible a la gente (por lo que —explican— tenía de desgaste la apuesta por la política asamblearia, a pie de calle, propiciada por el movimiento de los indignados). Visto tal que así, la voluntad de conformar partidos, plataformas y candidaturas de corte municipalista fue consecuencia lógica de una fase de madurez del 15M que, bajo su punto de vista, permitió romper con el estancamiento e inoperancia en la que se hallaba sumido dicho movimiento ya en 2014.

A partir de ahí, la lectura en clave de éxito de la praxis política de estas candidaturas se cifra, ya no solo por el triunfo electoral que ha posibilitado el control de grandes ayuntamientos como Madrid, Barcelona, Cádiz, Zaragoza o La Coruña, sino por el apoyo que dichas candidaturas han prestado a Podemos y sus confluencias para conseguir que los sectores políticos a la izquierda del PSOE tuvieran una representación sin precedentes en la democracia española.

Dicho esto, otro elemento que la militancia afín a estas candidaturas pone constantemente encima de la mesa es que este nivel de representatividad institucional se ha traducido de manera directa en un poder político real que, por un lado, ha posibilitado desarrollar a nivel legislativo distintas iniciativas nacidas al calor de los movimientos sociales (fundamentalmente en la esfera municipal, pero también en la autonómica y estatal) y, por otro, ha revitalizado la gobernanza democrática de las ciudades, propiciando una gestión más participativa de las instituciones (lo que, dicen, ha propiciado una cierta regeneración del sistema democrático que ha conseguido enganchar y movilizar a una parte de la ciudadanía desencantada con el sistema político).

En otro orden de cosas, para quienes defienden una lectura positiva de la evolución de las candidaturas municipalistas, otra prueba del éxito de este modelo de intervención política ha sido la replicación del mismo a nivel internacional, lo que ha propiciado la irrupción de una alianza, relativamente ecléctica, de ciudades por el derecho a la ciudad que pretenden vertebrar sus políticas de gobierno en torno a los ejes de 1) mayor igualdad social, 2) menor huella ecológica, y 3) radicalización democrática (algo que, además, ha de hacerse compatible con modelos de gestión eficaz que, por ejemplo, sean capaces de reducir la deuda pública).

Dicho esto, sabemos que el relato anterior, explicitado tal que así, solo conforta a una parte de la izquierda política local, en concreto aquella que, más que romper con el sistema de representación actual, desde primera hora solo pretendía remozarlo a través de varias vías como su radicalización, el repliegue del bipartidismo o la reforma de la ley electoral. Un saco en el que, aun a riesgo de simplificar, habrían de caber los militantes más pragmáticos nacidos del 15M junto a aquellos sectores de la denominada vieja política que, al fin, encontraron en estas nuevas plataformas una vía útil para ampliar su techo electoral.

Asaltados

No es un secreto para nadie que la paulatina consolidación de estas candidaturas municipalistas ha corrido paralela al reflujo de buena parte de los movimientos sociales o, para ser más exactos, de la capacidad de movilización de los mismos; algo que, por un lado, ha contribuido a la merma de su capacidad de intervención política (lo que ha favorecido la pérdida de su potencial transformador) y, por otro, les ha restado independencia, perdiendo por ello capacidad de aglutinar a sectores cada vez más amplios y dispares de las capas populares de la sociedad.

Tampoco es un secreto para nadie que las estructuras de partido de Podemos, […] se han fortalecido con la captación de militantes provenientes de los movimientos sociales

Tampoco es un secreto para nadie que las estructuras de partido de Podemos, sus confluencias o las distintas marcas electorales que se reclaman municipalistas en el Estado español se han fortalecido con la captación de militantes provenientes de los movimientos sociales, lo que a nuestro entender ha debilitado a los mismos, no solo por su incapacidad para cubrir los huecos dejados por dicha militancia, sino también porque ha favorecido que sus luchas y, sobre todo, sus reivindicaciones concretas hayan sido vehiculizadas por agentes externos, lo que ha mermado su capacidad de interlocución y su independencia política, favoreciendo además que sus demandas fueran leídas por la sociedad únicamente en clave electoral (y no como parte de un programa propio que, en el mejor de los casos, podría impugnar la legitimidad de las instituciones de gestión del capitalismo).

A nuestro entender, lo peor de este reflujo de los movimientos sociales ha sido el aislamiento de los mismos, su consiguiente hermetismo y la sensación de incapacidad, estancamiento y falta de iniciativa de la que, una vez más, solo pretenden sacar tajada las distintas ortodoxias, cuyas políticas de vanguardia, grupusculares y cainitas se hallan siempre tan desacopladas de las necesidades de quienes padecemos las consecuencias de este régimen criminal y ecocida.

Quizá por lo anterior, quienes podamos identificarnos con este último relato seamos aquellos que, en un primer momento, aspiramos a crear y fortalecer estructuras de participación política que permitan contrabalancear el poder de las instituciones del régimen, en primer lugar porque las consideramos irrecuperables para nuestros intereses, claro, pero también porque la experiencia histórica nos demuestra que a lo máximo a lo que podemos aspirar formando parte de su entramado parlamentario es a cogestionar el desastre.

Y ahora qué…

Teniendo en cuenta todo lo anterior, desde el ámbito libertario quizá resulta perentorio hacer un análisis de nuestras debilidades que, sin dejar de tener en cuenta todas las limitaciones externas que dificultan la socialización de nuestros discursos y propuestas organizativas, ayude a entender por qué hemos sido incapaces de favorecer un fortalecimiento sustancial, ya no solo de nuestras propias organizaciones, sino de los movimientos sociales que podrían ser afines a nuestras praxis
y reivindicaciones.

Tal vez una buena opción sería abrir bien los ojos, ser ambiciosos en el sentido de no conformarnos con la majestad de nuestras ideas y estudiar qué es lo que están haciendo bien aquellos colectivos, movimientos y organizaciones que, lejos de amilanarse ante el estado de las cosas actual, han conseguido ampliar y socializar sus luchas, transmitiendo su mensaje a cada vez más gente y logrando transformar, a fuerza de organización y perseverancia, parcelas de la realidad concretas que hasta hace bien poco parecían intocables. El feminismo es un ejemplo, claro, pero si reducimos la escala todos tendremos en mente federaciones, colectivos, asambleas o sindicatos de carácter libertario que, al menos a nivel local, sectorial o territorial, han conseguido amplificar su radio de acción, ganando mucha gente en el camino y consolidando una posición de cierto peso que, al menos, les da la posibilidad de luchar por la transformación efectiva de la sociedad en pro de los intereses de las clases populares (aunque solo sea en su ámbito).

En un contexto progresivo de desintegración social (azuzada por el deterioro de los vínculos, la hipertrofia del ego y el solipsismo de las pantallas), que a medio plazo tendrá como paisaje la conflictividad social ligada a las consecuencias del cambio climático, se nos antoja urgente replantearse cómo podemos garantizar que en un futuro inmediato nuestra ideas, prácticas y anhelos encuentren eco en capas cada vez más amplias de la sociedad. Y ya no tanto con el ánimo de mantener bien alta y diferenciada la bandera del ideal revolucionario, sino por mera supervivencia. Del mundo en que vivimos, sí, pero también de nuestra especie, del marco de ideas, acuerdos e intereses socialmente construidos que garanticen la dignidad del ser humano y de la vida misma.

Juan Cruz López

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