¡Abramos las cancelas! Brigadas de observación feministas en las huertas andaluzas

En el verano de 2018 ocupaba varias portadas de medios de comunicación la denuncia de nueve temporeras marroquíes de los campos de la fresa en Huelva, que no solamente denunciaban contratos laborales abusivos, sino también condiciones de vida inhumanas: amenazas, castigos e incluso abusos sexuales. Desde el principio se divisaba que esto era nada más que la punta de un iceberg bien anclado en un océano de desigualdades y la violación flagrante de derechos humanos. Una realidad que formaba parte de toda una estructura de explotación laboral con una determinante impronta del papel del patriarcado.

Con la ayuda del Sindicato Andaluz de Trabajadores, estas jornaleras consiguieron poner sobre la mesa un conflicto destinado a mantenerse silenciado. Tres años más tarde se ha materializado en la creación de una Brigada de Observación Feminista que durante el mes de mayo de este año 2021 recorrió las huertas onubenses para encontrarse con las trabajadoras autóctonas y migrantes. Mujeres organizadas conjuntamente tratando de resistir a una situación que, pese a las denuncias realizadas, sigue desarrollándose en condiciones de explotación.

La explotación que esconden las huertas europeas en la zona mediterránea

La forma contractual más extendida en las huertas de este país son los contratos precarios realizados por ETT’s, que otorgan una apariencia de legalidad a quien contrata. Se produce un trabajo a destajo e incluso trabajo forzado, además existen importantes similitudes en las situaciones de explotación agrícola entre España, Italia y Grecia. Está determinado por un flujo comercial de sur a norte de Europa, un extractivismo capitalista agrícola sobre la base de la explotación al más vulnerabilizado en varios sentidos. Por ejemplo, un dato es que el 90% de los trabajadores en el campo griego son personas migrantes.

La pulcritud del supermercado como consumidores encierra una cadena de explotación y vulneración de derechos humanos. Las empresas transnacionales requieren de una presión y denuncia igualmente internacional porque cinco o seis empresas tienen el oligopolio de la producción hortícola.

La explotación nace de un marco explotador global; del monocultivo extensivo, de grandes explotaciones empresariales y mano de obra migrante. Es un funcionamiento sistémico y estructural, no es una excepción; no son manzanas podridas en un cesto de mimbre… es el cesto el que está podrido e interesa que así continúe. Como consumidoras no hay soluciones fáciles, el boicot individual no es una solución como herramienta pues está desligada de una lucha más coordinada. Las propias jornaleras comentan que boicotear el consumo las dejaría más vulnerabilizadas. El consumo debe pensarse como algo social y no como un acto individual. Ellas mismas comentan que favorece la creación de alianzas y apoyar sus luchas cuando lo soliciten, comprender su trabajo esencial en la cadena alimentaria.

La agricultura en el sur de Europa es un motor económico invisibilizado, racializado y feminizado. Se materializa de manera concreta en la vida de personas esa alianza entre capitalismo, patriarcado y colonialismo; no son simples lemas. En definitiva, las compañeras de Huelva son laboratorios neoliberales agrocapitalistas. El aumento del beneficio capitalista es el abaratamiento del salario, se reduce el salario seleccionando a los individuos más controlables y vulnerabilizados de la sociedad: mujeres que sostienen a sus familias. Se crea un flujo de población migrante nómada que mantienen las economías del norte global.

Conquistar todos los frentes y aliarse contra la división que fuerza la patronal

Durante la pandemia con el cierre de fronteras se permitió a trabajadores autóctonos cobrar el paro al mismo tiempo que recogían en el campo. Se necesitan muchas alianzas y compartir relatos de las trabajadoras para salir de ese aislamiento. Igualmente, es necesario un sindicalismo adaptado a la realidad del siglo XXI, que vaya por la vía de la autoorganización efectiva. Se practica sindicalismo y feminismo sobre la realidad, se genera experiencia y se formula teoría a raíz de esa práctica, no al revés.

Trabajar en el campo genera lazos y compañerismo, las mejoras no llegan por acuerdos individuales sino a través de la articulación común. No se puede mirar a otro lado y no queda otra solución más que organizarse, esa es la verdadera pedagogía. De esa experiencia surge Jornaleras de Huelva en Lucha a raíz de los sucesos de ese verano de 2018 y las denuncias de abusos sexuales. Encuentro entre mujeres autóctonas y migrantes frente al miedo y la división propuesta por la patronal para romper esos lazos. La base racista es el discurso de supervivencia de este modelo de explotación. Se han tejido redes aún sin conocimientos ni herramientas de defensa idóneas.

De ese compromiso nace la experiencia ¡Abramos las cancelas! (en relación a las puertas metálicas que cierran físicamente los campos de las huertas), una iniciativa sobre el terreno por Abogadas Sociedad Cooperativa Andaluza. Mujeres que quisieron documentar y visibilizar la situación de las trabajadoras autóctonas y migrantes estacionales. De esa Brigada de Observación Feminista y su reciente presentación pública en Madrid surge este texto con notas tomadas directamente de sus protagonistas; que hablen las oprimidas, las organizadas, las que tienen poco que perder y mucha dignidad por conquistar.

*Imágenes: Quepo

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