Íñigo, Gogoan Zaitugu

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Ayer nos acostamos con la triste noticia de la muerte de Íñigo. Hoy, aún con la rabia a flor de piel, comenzamos a buscar en los periódicos información relacionada con este asesinato, no sólo para ver si encontrábamos alguna información nueva sobre los hechos sino también para ver si se hacían eco de las manifestaciones de repulsa que ayer mismo se produjeron. Pero tan sólo hemos visto noticias de cuatro o cinco líneas, o algún artículo más extenso pero en la sección de deportes. ¿A qué mierdas se le ocurre incluir en la sección de deportes el asesinato de un joven por la policía? Bastardos mercenarios. Vuestro silencio es reflejo de vuestra complicidad con una estructura política y social que se mantiene en pie a través de la violencia organizada.

Pero para algunos no es lo suficientemente ruin el callar. Siempre alguien va más allá. Porque resulta muy fácil hacer un artículo juntando las palabras radicales y vascos, y ya ni te cuento si haces mención a los ultras y hooligans. De esta forma, ya cuentas con unas líneas para entregarle a tu jefe. Bastardos mercenarios. Nadie escribirá que Íñigo estaba tranquilamente celebrando con sus amigos la victoria del Athletic, de que claro que se tiraron botellas a la policía pero después de que cargaran y dejaran a un joven tirado en el suelo con la cabeza ensangrentada o de que la policía disparó bolas de goma en una calle repleta de gente a escasos metros de ellos. Nosotros preferimos escuchar y creer a la familia y a sus amigos. Las “versiones oficiales”, los informes policiales, las declaraciones del portavoz del Gobierno Vasco, etc., se las dejamos a los buitres. Nosotros nos quedamos con las palabras de esa madre que ha perdido a un hijo o de aquellas personas que trataron de auxiliar a Iñigo. Malditos burócratas, amparáis a toda una masa de descerebrados, porque los necesitáis, porque son ellos los que os mantienen en el poder. Por eso sabemos de sobra que vuestras investigaciones no llegarán a nada. Aún nos acordamos de aquellos Mossos que golpearon y vejaron a un hombre, y no sufrieron represalia alguna, aún lo recordamos porque todos vimos las imágenes en los telediarios, incluso los políticos que los indultaron.

Habéis asesinado a una persona que tan sólo celebraba la victoria de su equipo de fútbol. Y habéis puesto a funcionar toda vuestra maquinaria para que este cobarde asesinato quede condenado al olvido. Vuestros medios de comunicación han callado o han tratado de justificar la intervención policial. Los políticos han comenzado a hablar de depurar responsabilidades, de investigar a fondo lo ocurrido. Pero no os creemos. Así de sencillo. Sentimos demasiada rabia. No sólo es Iñigo. Son demasiadas ya. Es demasiada gente humillada, golpeada y represaliada. Son demasiados amigos que se han comido como mínimo una noche de calabozo. Y también es la rabia por no responder como se merece. Por no saber qué hacer. ¿Quién de nosotros no ha celebrado alguna victoria de su equipo con sus amigos? ¿Quién de nosotros no ha estado tranquilamente tomando algo en la calle y ha aparecido de repente la policía a tocar las narices? Está claro que ahora se les ha ido de las manos. Pero quien juega con fuego se acaba quemando. Las peloteras son armas mortales. Menos que una pistola. Pero también matan. Y si disparas contra una multitud una pelota a 700 km/h, ¿qué esperas que ocurra? Tan sólo en Barcelona, el año pasado tres jóvenes perdieron un ojo a causa del impacto de una bola de goma en alguna manifestación. Otro estuvo ingresado en la UCI durante una semana, con un traumatismo cardiopulmonar, temiendo por su vida.

Bastardos. Íñigo. No te conocíamos. Pero da igual. Compartimos la rabia y la impotencia de tus allegados. No te olvidaremos. No perdonaremos. Porque no ha sido un accidente. Eres la última víctima de un sistema montado para salvaguardar los intereses de una clase frente a la otra. Un sistema armado, violento y sin moral. Que inevitablemente comete “accidentes”. Os odiamos. Vosotros también nos odiáis. Y sabemos que, en cierta manera, también nos teméis. Teméis que un día nos juntemos y demos un golpe sobre la mesa. Porque sabéis que no sólo nosotros, los antisistemas o como queráis llamarnos, os odiamos. Somos muchos. Los chicos que aún se juntan en los parques y sufren vuestro acoso, os odian. La gente que ha empezado ahora a salir a la calle, os odia. Las abuelas que lucharon hace años y ven que nada ha cambiado, os odian. Somos muchos. Pero no estamos juntos. Ese es nuestro fallo. Pero algún día esto tendrá que cambiar. Por Íñigo y por los demás. Para que sus muertes no caigan en el olvido.

Íñigo. Herriak ez du barkatuko. Por ti y por todos los demás. Seguiremos luchando.

Manifestación en solidaridad con la familia de Íñigo en la Plaza de la Virgen Blanca (Gasteiz)

Balance de las víctimas de las pelotas de goma

La dotación de proyectiles de goma de las Policías Nacional y Autonómicas, de un peso de 90gr. y capaces de desplazarse a una velocidad de más de 200 m/s (más de 720 km/h), son consideradas por un protocolo técnico interno como armas “less-letal”, es decir “menos letales”, que no obstante pueden causar daños permanentes a los órganos vitales, más aún cuando se suelen disparan en los cascos antiguos de las ciudades, entre paredes que forman espacios muy cerrados. Las lesiones habituales más graves son traumatismos craneales como el que ha costado la vida al joven de Bilbo, hemorragias y derrames cerebrales, pérdidas de visión, perforaciones pulmonares e intestinales y traumatismos en testículos. De hecho, un estudio publicado en la revista inglesa The Lancet en 2000 concluyó que la “poca fiabilidad de las pelotas de goma, el apuntar mal o el disparar a una distancia demasiado corta han tenido como consecuencias la provocación de lesiones graves o incluso la muerte de un número de gente considerable. Este tipo de munición no debe ser entendida como una herramienta segura para controlar a grandes grupos de personas“.

En España, el protocolo de intervención del Cuerpo Nacional de Policía y de la Guardia Civil obliga a disparar contra las extremidades inferiores, a una distancia mínima de 50 metros y con previo rebote en el suelo -si están bien, estas pelotas deben botar 60 centímetros lanzadas en caída libre desde un metro de altura. En la práctica los agentes no cumplen su protocolo (y, aunque lo hicieran, seguiríamos estando en contra de sus métodos) y disparan a una distancia inferior, dándoles igual en qué parte del cuerpo de su objetivo hacen impacto.

Dejando de lado otro tipo de lesiones, en el Estado español son 23 las personas que han perdido un ojo desde 1990 hasta hoy a causa de estos proyectiles (seis de ellos/as en los últimos tres años). Tristemente, Íñigo Cabacas, de 28 años, no es la única víctima de la actuación policial en estos dos últimos meses; Xuban Nafarrete, de 19, pasó seis días en el hospital de Santiago de Gasteiz después de sufrir un derrame cerebral el día de la huelga general también por consecuencia de una pelota de goma.

Si queremos hacer un poco más de memoria histórica, podemos ver que Íñigo no ha sido la única víctima mortal por estos proyectiles. Rosa Zarra murió tras recibir un impacto de pelota de goma en una movilización reprimida por la Ertzaintza en Donosti, en 1995. Estos hechos nunca se investigaron a fondo. Por su parte, las protestas durante la Transición, entre 1977 y 1979, dejaron un saldo de seis víctimas mortales por impacto de pelota de goma y una por impacto de bote de humo. Y si miramos más allá de las fronteras, podemos conocer de otros casos de víctimas de violencia por parte de la policía por medio de pelotas de goma. Gran Bretaña que el fue primer país en utilizar pelotas de goma a gran escala, durante los años del recrudecimiento del conflicto norirlandés. Entre 1970 y 1975 mataron a trece personas. Uno de cada 18.000 disparos efectuados fue letal y uno de cada 800 tuvo como resultado una lesión severa o grave. Por otra parte, otros estudios demuestran que entre 1987 y 1993 al menos veinte civiles palestinos/as murieron a consecuencia de las pelotas de goma disparadas por militares israelíes.

En la actualidad, sólo hay dos países europeos que aprueban el uso de pelotas proyectadas con escopetas o fusiles como medios policiales habituales para disolver a “multitudes agresivas y violentas”: España y Portugal. En otros países sólo se utilizan en situaciones consideradas límite[1], y no se aplican tan fácilmente como se hace en España, en el que disparar contra su propio “pueblo” no es ningún problema. Ni siquiera en regiones consideradas “conflictivas”, como Irlanda del Norte, se utilizan con tanta frecuencia y la policía tiende a emplear antes otros métodos que, si bien son igual de siniestros (como el uso de gases lacrimógenos), en el fondo son menos letales para la vida de las personas a las que a la postre van a apalear y machacar.

Este tipo de proyectil antidisturbios se encuentra, supuestamente, en fase de retirada debido a que la Comisión Europea los vetó a mediados de 2011, advirtiendo a todas las policías del Estado Español y de Portugal que deberán dejar de utilizar las pelotas de goma como máximo a finales de 2012. Quizás eso explica por qué el Gobierno ha invertido 1.071.770 euros en gases lacrimógenos y fumígenos, de acuerdo con el BOE de 31 de diciembre de 2011.

El Sindicato Unificado de Policía el pasado 13 de Abril emitió un comunicado con un titular bastante desconcertante o muy clarividente titulado Uso de pelotas de goma para atacar a ciudadanos, en el que proponen el uso de las pelotas de goma, sólo para situaciones especiales y que proponen homologarse con el resto de los países de la UE, pero proponen que en tal caso un incremento de los Unidades de Intervención Policial (UIP) o antidisturbios de 2800 a 5000 efectivos. No sabemos que nos da más miedo: el uso de las pelotas de goma o que se multipliquen por dos los miembros de la UIP.


[1] Las lanzaderas de proyectiles que se usan en otros países (y, desde hace poco, también en Catalunya, son mucho más precisas. Según la web de Soler & Associats, que es el distribuidor español de estas armas de Brügger & Thomet, un tirador experto es capaz de “hacer blanco contra un objeto de 15 centímetros cuadrados a 50 metros” lo cual elimina lo aleatorio de lanzar proyectiles que rebotan y que se deben lanzar rebotando, además, causando un alto número de “daños colaterales“. Son, sin embargo, de material viscolástico, cuyo impacto se considera inhabilitante muscular y tiene un efecto de hasta 45 días, aunque a las pocas horas del impacto se puede caminar con cierta normalidad. Estas armas eliminan los riesgos de la imprecisión (es decir, que se dispare sin tener un objetivo concreto y acabe impactando sobre algo), pero añaden, por el contrario, los riesgos de la precisión (es decir, que si un policía apunta a una persona, le da).

 


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