Yemen en el centro de la tormenta de Oriente Medio. Algunos elementos para acercarse al conflicto

El desastre que vive Yemen desde hace al menos un año y medio (una guerra civil que ha derivado en una auténtica invasión por parte de Arabia Saudita y sus aliados) contiene casi todas las claves de la situación actual de Oriente Medio; la deriva de la “primavera árabe”, la disputa por la hegemonía entre las potencias imperialistas (encubierta como enfrentamiento religioso), o la pugna geoestratégica en una de las zonas más importantes de producción de petróleo. Aproximarse a este conflicto, más allá de sus importantes peculiaridades históricas, nos permite entender mejor el contexto general de la región y las fuerzas que están marcando los acontecimientos.

La guerra civil en su trasfondo histórico

En clave interna se superponen los conflictos religiosos, sociales y políticos, sobre un escenario de escasez de recursos (agua y petróleo) y expansión demográfica. Cualquier resumen que se haga de la historia política reciente de Yemen es una grosera simplificación, dada la enorme complejidad de los acontecimientos y las cambiantes alianzas de los últimos 50 años, es decir tomando como punto de partida el abandono definitivo de la colonización británica en Yemen del Sur. De forma esquemática pueden plantearse algunos hitos históricos que ayuden a entender la situación actual.

En 1962 se crea en el norte la República Árabe del Yemen, con el apoyo inicial del Egipto nasserista1. Tras la guerra civil (1962-1969) y el golpe de 1974 organizado por Arabia Saudí, queda bajo su área de influencia (militar y económica). Por su parte, en 1968 se constituye la República Popular del Yemen del Sur, que pronto profundiza su carácter socialista (1969-1970), siendo el primer país árabe en incorporarse a la órbita de la URSS. Se impulsa un frustrado proceso de reforma agraria y nacionalización de empresas, incluyendo las petrolíferas.

Tras 20 años en la que los conflictos bilaterales (como las guerras entre las dos repúblicas en 1972 y 1979, similares a los que enfrentaron las dos Coreas o Vietnam del Norte y del Sur) se suceden con los intentos de reunificación, ésta se lleva a cabo en 1990, con una nueva Constitución en 1991 que aún mantenía elementos socialistas. En 1994 se produce una nueva guerra civil que rompe el pacto de transición entre el gobierno de Saleh2 y el Partido Socialista del Yemen que había dirigido la República Popular. En este conflicto el componente territorial (secesión del sur) parecía tener más peso que el ideológico, y de hecho Arabía Saudí apoyó al sur como represalia por el apoyo mostrado por Saleh a Sadam Hussein durante la primera guerra del golfo de 1991.

Esta ruptura lleva a Saleh a impulsar el partido Islah, sección yemení de los Hermanos Musulmanes3, con el que formó gobierno desde 1997, y que le siguió ofreciendo apoyo hasta 2009.

En 2004 el movimiento Ansar Alah, o movimiento huti (nombre de su dirigente Badreddin al-Houthi, muerto en septiembre de ese mismo año) comienza una ofensiva armada contra el gobierno de Saleh. Se trata de una organización político-militar que trata de representar a la minoría religiosa zaidí del norte del país, que profesa una variante peculiar del islam chii4, frente al avance cultural y religioso salafista5 impulsado por el presidente Saleh.

A la guerra de los hutíes en el norte (que desde su inicio ha costado la vida a más de 30.000 personas) se vino a sumar en 2007 el levantamiento de una parte importante de Yemen del Sur, focalizado en Adeń, la ciudad portuaria cuyos fuertes sindicatos sirvieron de soporte para el Estado socialista. Este “Movimiento de Yemen del Sur” (integrado entre otros por el antiguo Partido Socialista, heredero del gobierno pro-soviético), que unía reivindicaciones sociales con exigencias de autonomía e incluso de secesión, no llegó al enfrentamiento armado como los hutíes, pero mantuvo un elevado nivel de protestas continuas con cientos de muertos y detenidos.

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A finales de 2008 el desplome de los precios del petróleo, como consecuencia de la recesión internacional, privó al país de casi el 65% de las entradas por divisas, empeorando la situación económica. Esta caída de precios se unía, sin embargo, a un declive en la producción que se venía dando desde 20016 aproximadamente, año en que se considera que Yemen rebasa su pico del petróleo. A partir de entonces el ritmo de extracción y perforación de nuevos pozos comienza a decrecer.

En este contexto de inestabilidad, en 2009 las ramas yemení y saudí de Al Qaeda se unen dando lugar a Al Qaeda de la Península Arábiga (AQPA), que establece bases permanentes en colaboración con tribus suníes del sur, incluso tres proto-califatos (al-Jaar, Azzan y Zinjibar cerca de Adén) en una estrategia similar a la que luego emplearía el Estado Islámico (ISIS o Daesh) en Irak y Siria. Esta presencia yihadista, que parece haber estado financiada por el gobierno saudita, ha servido a su vez como pretexto para que EEUU lanzara una campaña de ataques con drones que ha causado numerosas víctimas civiles.

En 2011, en el marco de las protestas en el mundo árabe y magrebí iniciadas en Túnez (la llamada “primavera árabe”) se genera un movimiento popular amplio contra el presidente Saleh, encabezado por los estudiantes y trabajadores. Tras diversas jornadas de protestas pacíficas, la represión alcanza su punto álgido con la matanza por la policía a mediados de abril de 50 manifestantes en la plaza de Saná. Presionado por las protestas y por diversas facciones militares y del gobierno, el presidente Saleh dimite tras 30 años de mandato y se abre un proceso de transición, que desemboca en un foro de “Diálogo Nacional” con representación de todo tipo de organizaciones y nuevas elecciones. El único candidato, Abd Rabbuh Mansur al-Hadi, accedió al poder en febrero de 2012, con la promesa de llevar a cabo las reformas expresadas en las protestas de 2011.

Al-Hadi sin embargó no llegó a consolidar su poder, y durante los dos años siguientes la situación del país continuó deteriorándose. En 2014 se intensifican las protestas que desembocan a mediados de año en un movimiento amplio, similar al de 2011, contra la retirada del subsidio de los combustibles. Los motivos económicos se unen a la denuncia por las insuficiencias del proceso de transición democrática, que habían mantenido la estructura de poder y las redes clientelares y corruptas del anterior gobierno. Los hutíes consiguen situarse a la cabeza de este movimiento y en septiembre se hacen con el control de la capital, Saná. Tras varios intentos de solucionar la crisis política entre los diferentes partidos (reformas constitucionales, intento de proyecto federal entre el norte y el sur), en enero los hutíes toman el palacio presidencial y fuerzan la dimisión del presidente Hadi en febrero, que se refugia en Aden. En este proceso los hutíes se habían aliado, sorprendentemente, con el ex-presidente Saleh (contra el que habían combatido durante casi 10 años) y una parte del ejército. Ante el avance hutí hacia el sur, en marzo Hadi huye hacia Arabia Saudí, dejando el poder en manos de los hutíes pero en un complicado escenario de enfrentamiento con diversos actores armados: el partido islamista Al Islah, antiguos aliados del ex-presidente Saleh; Al Qaeda, que había ganado posiciones y se había asentado en diversas zonas; y una parte minoritaria del ejército leal al general al-Ahmar. Por su parte el Daesh (el llamado Estado Islámico) ha participado en el conflicto atentando especialmente contra mezquitas chiitas y espacios públicos, pero también contra objetivos militares hutíes.

Es a partir de la huida de Hadi cuando Arabia Saudí y sus aliados del Consejo de Cooperación de los Estados Árabes del Golfo (CCEAG)7 a través de su órgano militar (Fuerza del Escudo Penínsular) lanzaron su campaña de bombardeos sobre Yemen, que continúa hasta ahora, con el pretexto de frenar el avancé hutí. Se calcula que en estos meses ha habido más de 2000 muertos y 4000 heridos entre los civiles, según datos de la ONU, aunque según otras fuentes habría más de 6000 muertos civiles. En los bombardeos ha sido destruída gran parte de la infraestructura de transporte, sanitaria y de suministros del país, junto con muchos elementos del valioso patrimonio histórico y arquitectónico8. A finales de agosto se comenzaron además a desplegar tropas sobre el terreno de la coalición árabe, junto a mercenarios de distintos países (entre ellos casi mil colombianos).

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La dimensión internacional del conflicto

El conflicto yemení se presenta a menudo como un simple enfrentamiento entre musulmanes sunitas y chiitas, pero esta imagen supone una simplificación excesiva. En primer lugar , la composición de algunos de los grupos que participan es más plural de lo que pudiera parecer. El movimiento hutí no es estrictamente confesional, y en él hay también jariyíes y sunitas, al margen de que el zaydismo no siempre encaja en el canon teológico chiita. En segundo lugar, por la relevancia de las motivaciones sociales y políticas; las protestas más importantes no se han dado por cuestiones religiosas o identitarias, sino por mejoras en las condiciones materiales y cambios institucionales. La base del poder hutí reside en los llamados “consejos revolucionarios” locales, en los que parecen estar reflejadas diversas sensibilidades, dirigidos por un Comité Supremo Revolucionario.

A escala internacional, sin embargo, la guerra del Yemen se inscribe en el enfrentamiento larvado entre las dos grandes potencias petroleras regionales, Irán y Arabia Saudí, con sus respectivos aliados y áreas de influencia. Irán encabeza el llamado eje chiita, junto con Siria, Hezbolá en el Líbano, e Irak9 (aliados de Rusia), mientras que Arabia Saudi dirige el conjunto de paises sunitas del Consejo de Cooperación del Golfo (aliados de Estados Unidos), en estrecho vínculo con Turquía, también aliada de EEUU. De nuevo, aunque los dos grandes bloques geopolíticos que se disputan la hegemonía pueden definirse según su orientación mayoritaria hacia una u otra variante del islam, en muchas ocasiones las consideraciones religiosas se dejan de lado por los intereses estratégicos o económicos, por lo que conviene no sobredimensionarlas. Un ejemplo sería el apoyo de Arabia Saudi al golpe de estado en Egipto en 2013, contra el gobierno electo de los Hermanos Musulmanes.

Irán parece haber estado apoyando desde el principio al movimiento hutí, con lo que su llegada al poder se percibe como una amenaza para los intereses de Arabia Saudi en la zona, y por extensión de su principal valedor, Estados Unidos. La incorporación de Yemen (la frontera sur de la península arábiga) al “eje chiita” alteraría significativamente el equilibrio de fuerzas existente entre ambos bloques. Pero resulta especialmente importante su enclave geográfico, ya que Yemen tiene acceso por el estrecho de Bab-el-Mandeb al único paso entre el oceano Índico y el mar Rojo, lo que a su vez implica el paso hacia el Canal de Suez, enlace con el Mediterráneo. Se trata de una de las vías más importantes del mundo de tráfico petrolero, por la que cada día transitan millones de barriles en todas direcciones. La importancia de la zona se refleja en la abrumadora presencia militar extranjera al otro lado del estrecho; en Yibuti se encuentra la mayor base norteamericana de África, pero hay también tropas y equipamiento de Francia, Alemania o Japón. Ha habido además un creciente interés por parte de otras potencias como Rusia y especialmente China; las bases navales chinas en el Golfo de Adén forman parte de la linea de conexión militar que va desde la costa asiática hasta Oriente Medio (el llamado «Collar de Perlas»), y del proyecto de conexión mundial de transportes conocido como «Ruta de la Seda del Siglo XXI».

En medio de esta disputa interimperialista por la hegemonía regional, espoleada principalmente por Estados Unidos y Arabia Saudita, se encuentra el pueblo yemení. Después de un año de brutales bombardeos que han arrasado el que era ya el país más pobre del mundo árabe, la combinación de guerra interna, yihadismo e intervención extranjera no sólo han causado una aterradora catastrofe humanitaria entre la población civil. Como ha pasado antes en Egipto, Siria, o Bahrein, han aplastado también las posibilidades de transformación social impulsadas desde los movimientos de base y las clases populares desde las protestas de 2011.

 

1 Corriente política surgido en Egipto en los años 50 y 60, impulsado por el militar Gamal Abdel Nasser. Basado en el nacionalismo árabe (panarabismo), el lacicismo, la nacionalización de sectores estratégicos y el papel del ejército en la vida política

2 Presidente de la República Arabe del Yemen desde 1978 y dirigente del partido Congreso General del Pueblo, en la práctica partido único

3 Movimiento islamista surgido en Egipto a principios del s. XX, pero extendido a otros países árabes y africanos.

4 El islam se divide en dos grandes ramas, suní (mayoritario) y chií, aparte de una tercera poco extendida (jariyí). Las diferencias teológicas entre ambas se superponen a las implicaciones geopolíticas a partir de la revolución islámica en Irán (de tendencia chiita).

5 Corriente islámica suní que defiende una interpretación conservadora y fundamentalista.

6 U.S. Energy Information Administration (EIA): http://www.eia.gov/beta/international/country.cfm?iso=YEM

7 El CCEAG agrupa, además de a Arabia Saudí, a Kuwait, Bahréin, Qatar , Emiratos Árabes Unidos, y Omán. Entre los 6 países controlan alrededor del 40% de las reservas mundiales de petróleo y el 25% de las de gas.

8 Este patrimonio aparece reflejado en el corto-documental de P.P. Pasolini «Las murallas de Sanáa», grabado en 1971 para pedir ala UNESCO su protección.

9 El movimiento palestino mayoritariamente sunita Hamas, a cargo del gobierno de Gaza, ha sido tradicionalmente un aliado de Irán. Sin embargo el posicionamiento reciente ante la guerra civil siria y su apoyo a algunos de los grupos rebeldes islámicos (frente al apoyo de Irán al gobierno de Al Assad) parece estar cambiando este alineamiento.

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