La torre Grenfell: una tragedia anunciada

El pasado 14 de junio un terrible incendio sacudió la ciudad de Londres, un edificio de 24 plantas, la torre Grenfell, era devorado por completo por el fuego, dejando más de 70 personas muertas. Una inmensa torre de viviendas sociales que en pocas horas era pasto de las llamas. Han pasado ya varias semanas, pero más allá del incendio, se han sucedido las protestas y las denuncias ante unos hechos en los que convergen recortes sociales, negligencia de las instituciones locales y nacionales, y un importante clasismo, así como también destacan las muestras de solidaridad de la comunidad para con sus vecinos. Hasta aquí todo lo que ya sabemos. Pero como siempre, nunca mejor que acercarnos a estas historias desde la experiencia de quienes las han vivido desde cerca. Es por ello que pasamos a reproducir parte de un texto publicado en la web inglesa libcom.org el pasado 20 de junio bajo el título de La torre Grenfell: una tragedia anunciada.

Puede que nunca sepamos cuanta gente perdió su vida en este horroroso incendio. Las imágenes y las historias de estos último días han sido insoportables; gente atrapada en habitaciones en llamas, sosteniendo a sus hijos, pidiendo ayuda. Una mujer huyendo de su vivienda en llamas en el piso 21 con sus seis hijos, pero sólo logrando escapar de la torre con cuatro de ellos. La Brigada de Bomberos de Londres ha descrito el fuego como algo “sin precedentes”.

Pero para otros, tristemente, este incendio no ha sido una sorpresa. Los inquilinos de Grenfell sabían que su edificio no era seguro. El Grupo de Acción de Grenfell lleva años clamando esto mismo. En su blog, el grupo ha catalogado los pobres estándares de seguridad contra incendios del edificio, ha descrito las continuas sobrecargas eléctricas que han supuesto graves riesgos de incendio a lo largo de mucho tiempo, escribieron sobre el humo que a veces se producía en los accesorios de iluminación así como avisaron de los problemas para el acceso al edificio de las emergencias en caso de incendio que suponía el cierre del aparcamiento del bloque. Han organizado campañas en este sentido durante años, llevando sus conclusiones hasta la Organización de Gestión de Inquilinos de Kensington y Chelsea (KCTMO), que administra el bloque al tratarse de viviendas sociales. En 2016 escribieron un artículo titulado “Jugando con fuego” sobre las inadecuadas salidas de emergencia. Todas sus quejas fueron ignoradas, refutadas o marginadas. En 2013, tras publicar un texto en el que decían que “solo una catástrofe pondría de manifiesto la ineptitud e incompetencia de los dueños del inmueble”, fueron amenazados con acciones legales en su contra (con el abogado del KCTMO acusándoles de un “ejercicio de difamación y acoso”). Una ex trabajadora de KCTMO ha escrito en el periódico The Guardian sobre las dificultades a las que se enfrenta el personal en el terreno, y cómo los recortes realizados a partir de 2010 han hecho cada vez más difícil defender a los inquilinos al reducirse las inspecciones de seguridad.

La realidad es que, para las autoridades, los inquilinos de la torre Grenfell no importan en absoluto. El inmueble está encajado en una bolsa de pobreza en medio de uno de los barrios más ricos del país. Fue reformado el año pasado por un coste de 8,6 millones de libras, pero desde el principio la seguridad de los inquilinos fue ignorada y el contratista original fue sustituido por una opción más barata. El trabajo fue llevado a cabo de una forma tan lamentable que varios vecinos se negaron a que los trabajadores entraran en sus domicilios. En ningún momento, el KCTMO consideró la opción de instalar un sistema de rociadores contra incendios como parte de la reforma. También se produjeron quejas por el hecho de que parte de los escombros de las obras se alojó en los pasillos comunitarios, obstruyendo las salidas de emergencia. Los documentos de planificación para la reforma sostenían que el revestimiento debía utilizarse porque: “Debido a su altura, la torre es visible desde el Área de Conservación de Avondale al sur y desde el Área de Conservación de Ladbroke al este”. El bloque se encuentra en una de las zonas más ricas de Londres, a dos millas de una nueva torre de 21 plantas donde los pisos de un dormitorio cuestan 1 millón de libras. Así que era importante que Grenfell pareciera bonito. Aquellos documentos seguían: “Los cambios en la torre existente mejorarán su apariencia, especialmente, cuando sea vista desde el área circundante.” De modo que se tomó la decisión de revestir la torre con un material barato. El KCTMO encontró un contratista que suministraba un revestimiento que era 2 libras por metro cuadrado más barato que el material ignífugo alternativo. Únicamente 4750 libras hubieran salvado muchas vidas. Pero el material que eligieron era tan inflamable que el fuego, que empezó en una vivienda a primera hora de la mañana y que los bomberos creyeron que tenían controlado, de hecho se había extendido al revestimiento y rápidamente envolvió todo el bloque, convirtiéndolo en un infierno en menos de una hora. El fuego era tan virulento que continuaba ardiendo bien entrada la tarde.

En los próximos meses y años, a medida que avancen las investigaciones, el revestimiento sin duda será examinado. Éste está prohibido en Alemania y no se usa en EEUU en grandes alturas. Parece que existe cierta confusión en torno a su legalidad en el Reino Unido. Y esto es muy revelador, dados los repetidos recortes en regulación de los últimos años. La política de los sucesivos gobiernos Blair ha sido reducir la regulación en general como una forma de estimulación del crecimiento de los negocios. Con la entrada en vigor de la ley local de 2011, introducida por Eric Pickles, el Estado se libró del monitoreo independiente de los gobiernos locales, y en torno a 2400 reglamentos han sido recortados a través del “Red Tape Challange”, con lo que los constructores se han ahorrado alrededor de 100 millones de libras en sus negocios. En la vivienda social, esto ha supuesto una disminución en el control en todos los ámbitos, desde los estándares espaciales hasta los reglamentos anti-incendios. Éstos últimos, solían ser revisados cada dos años para mantenerse al día en innovaciones tecnológicas y de materiales de construcción, pero ya no lo hacen desde hace una década.

Ministros y funcionarios no saben si el revestimiento es ilegal, pero se les advirtió varias veces de que era inseguro. En los 90, el arquitecto Sam Webb llevó a cabo una investigación en cientos de edificios residenciales y encontró que la mitad de los inspeccionados no cumplían con los reglamentos básicos contra incendios. El Ministerio del Interior recibió el informe y no hizo nada. De hecho, en los años posteriores se recortaron regulaciones ya existentes bajo el pretexto de reducir la burocracia e introducir “mejores” (lo que quiso decir, menores) reglamentos. Incluso cuando el desastre que los informes de Webb predijeron se produjo, en 2009 en la vivienda Lakanal en Southwark, nada cambió. En el incendio de Lakanal murieron seis personas, tres de ellas niños, cuando el fuego se extendió por los revestimientos inflamables que se habían fijado al exterior del bloque de viviendas. De nuevo, no había rociadores contra incendios, se había producido una falta de inspecciones y se aconsejó a la gente que se quedara en sus pisos. El forense del caso hizo una serie de recomendaciones urgentes. A mayoría fueron ignoradas. Tres ministros consecutivos no hicieron caso de las demandas de instalar rociadores contra incendios en las viviendas sociales. Gavin Barwell, el nuevo jefe de personal de Theresa May, fue Ministro de Vivienda hasta que perdió su asiento en las elecciones. Prometió revisar los reglamentos de construcción relacionados con la seguridad contra incendios, pero nunca lo hizo. En su lugar, rechazó toda petición de reunión sobre el tema.

Siendo cierto que los arrendatarios de Grenfell fueron tratados con total desprecio por los miembros de la clase dominante antes del fuego, también lo es que lo han seguido estando desde la catástrofe. Mucho se ha dicho del fracaso de May en demostrar cualquier signo de compasión con los supervivientes, pero también hay que remarcar que la respuesta a la tragedia de los gobiernos central y local ha sido aterradora cuanto menos. El gobierno tardó al menos 72 horas en anunciar un paquete de ayudas para los afectados, e incluso entonces era contradictorio e inadecuado. A supervivientes traumatizados se les ha ofrecido alojamiento temporal en bloques de gran altura, a otros en Bead and Breakfast’s sin duchas. Se les ofreció una insultante ayuda de 10 libras al día. Tras cinco días se aumentaron las ayudas, pero sólo después de que una delegación de supervivientes fuera a Downing Street y de que se sucedieran varias manifestaciones por Londres y otras ciudades. Todavía hay gente que está durmiendo en el Polideportivo de Westway sin una idea clara de dónde les realojarán y sin ninguna garantía de que será en su, hasta hace poco, zona de residencia. Muchos temen perder sus beneficios en materia de vivienda durante este tiempo. El KCTMO, que gestionaba el bloque y que ha estado ausente desde el incendio, ahora está presentando cartas sobre comportamientos antisociales y amenazando con repercusiones legales a los vecinos del bloque adyacente. El Consejo de Kensington y Chelsea también se ha mantenido en silencio. La mayoría de los que buscan a sus seres queridos no han recibido casi ninguna ayuda por parte de las instituciones. Como dijo un voluntario: “Estamos en el vecindario más rico del país. Estamos sentados en casi 300 millones de libras. ¿No se podría gastar algo en conseguir personal de emergencia?”

Se ha dejado a los supervivientes y a su comunidad en general como organizadores casi únicos de la ayuda. Fueron jóvenes inquilinos musulmanes que volvían de celebrar el Ramadán los que se encargaron de despertar a sus vecinos cuando el fuego comenzó, lo que salvó muchas vidas. En pocas horas, la comunidad se ha encargado de recopilar ropa, comida… (tanta que los voluntarios acabaron pidiendo que no se entregara nada más), a lo que se ha sumado la Cruz Roja y varias iglesias y mezquitas cercanas. Fue la comunidad la que creó inmediatamente un comité que recogió las demandas de los vecinos y éstas se llevaron a Downing Street. Ellos fueron los que organizaron sus numerosas y muy pobladas reuniones, eligieron delegados, organizaron protestas. La comunidad se ha demostrado a si misma que está bien organizada, que es eficiente, compasiva y realmente democrática. Todo lo que el Estado capitalista no es.

Inquilinos como los de Grenfell han soportado el peso de la austeridad, desde el “impuesto del dormitorio” hasta los recortes sobre los beneficios de la vivienda para reducir la seguridad. La torre Grenfell puede estar en uno de los barrios más ricos del país, pero en ella viven quienes representan al 10% de la población más empobrecida. Este desastre refleja terriblemente este hecho. Es el resultado de años de abandono para gente como los inquilinos de Grenfell, desde el fracaso en las políticas a largo plazo en la construcción de viviendas sociales adecuadas o en mantener los actuales alojamientos dentro de unos estándares mínimos de seguridad, hasta el cierre de estaciones de bomberos locales, el desmantelamiento de las regulaciones de seguridad, los recortes en la financiación del NHS, los recortes en los beneficios individuales y así sucesivamente. Son víctimas de un sistema que se nutre de la desigualdad, un sistema donde el beneficio es el objetivo y todo lo demás son daños colaterales. En una de las marchas de protesta de estos días se podía leer un cartel con el texto “el capitalismo mata”, y este incendio ha demostrado trágicamente lo acertada de esta afirmación.

Los inquilinos de Grenfell tienen por delante una difícil lucha para conseguir justicia; de repente se encontrarán con que toda aquella burocracia que fallaba para ellos, se pondrá a trabajar para proteger a los que están en el poder. Tendrá que caminar a través de una compleja cadena de “quién sabía qué” y “qué contratista estaba al cargo cuándo”, así como “quién subcontrataba a quién y para qué”. Tratar de averiguar quién es el responsable de entre todos los contratistas, equipos de trabajo, servicios privatizados y consejos en fase de recortes no será fácil. Y tendrán que hacerlo con la ayuda de abogados voluntarios, a no ser que puedan conseguir ayuda legal gratuita, otra cosa arrebatada con los años. Sin lugar a dudas, durante el camino tendrán que escuchar a políticos que casualmente encuentran su humanidad ante las cámaras, a pesar de que el sistema que presiden es claramente inhumano. Los restos carbonizados de la torre se erigen como un monumento a un sistema fallido y sus animadores. Debería avergonzarlos.

Para finalizar, no queremos dar por concluidas estas líneas sin hacer referencia a una frase que sobresale de entre el texto Atascada por la regeneración: el fuego de la torre Grenfell”, que la propia web libcom.org fue publicando y actualizando el mismo día de la tragedia con las nuevas informaciones que llegaban de los hechos: “Si bien debemos analizar sin piedad las causas políticas y económicas del fuego, también debemos politizar sin vacilar la respuesta.”

El texto El tablero de Monopoly de la ciudad: la torre Grenfell – ¿dónde estaba el HCA, regulador de vivienda del gobierno?, también publicado en libcom.org, es bastante esclarecedor en la relación y actuaciones de las diferentes agencias de regulación y propietarios públicos en materia de vivienda social. Os recomendamos leerlo, pero mientras tanto, os dejamos un pequeño extracto del mismo:

El HCA (la agencia estatal británica reguladora de la vivienda social) debería asumir su parte de culpa, pero existe una responsabilidad colectiva más amplia; los dueños, políticos, desarrolladores y reguladores son todos culpables de crear una cultura de desprecio y negligencia hacia los inquilinos- todo, incluyendo las vidas humanas, ha sido sacrificado por la búsqueda de ganancias y poder. Los inquilinos no tienen suficiente de ninguno de éstos para ser respetados; son sólo vistos como un obstáculo para una mayor y más eficiente acumulación de capital. La vivienda social es ahora entendida como una propiedad más con la que jugar en el tablero de Monopoly de la ciudad. Se ha necesitado una tragedia como la de la torre Grenfell para exponer todo esto de forma inequívoca.

Anthony Preiskel es un interesante ejemplo de los burócratas que habitan un mundo integrado en la especulación inmobiliaria de la vivienda social; un ex promotor felizmente sentado en la Junta de la agencia propietaria de la torre Grenfell, KCTMO, y en la de su regulador, HCA, sin que ninguno de estos organismos atisbe un conflicto de intereses (varios concejales principales de los barrios de Kensington y Chelsea también combinan su carrera política con puestos en la gestión de vivienda social y desarrollo de sus propias propiedades comerciales, tal y como ha venido denunciando desde hace tiempo el Grupo de Acción de Grenfell). La gestión de estas agencias es la que ha generado este desastre. Por un lado, los jefes de todo esto se ingresan sus salarios de seis cifras, acumulan fondos de pensiones desorbitados y esperan el más que posible premio MBE mientras disfrutan de sus dietas gratis por su “beneficio al servicio público”. Y mientras tanto, en el nombre de la austeridad, a menudo imponen congelaciones salariales a sus trabajadores y subidas exorbitantes en los precios de los alquileres. Al retirarse, encontrarán un prestigioso y lucrativo asiento en la Junta de alguna agencia benéfica o algún servicio público en plena privatización. Y los saludables beneficios de los contactos realizados durante su carrera política, sin lugar a dudas, también se reflejaran en sus negocios privados.

La lógica misma del capitalismo fomenta los recortes para aumentar el beneficio, pero existen, en diferentes momentos y lugares, variaciones masivas en la implementación de las regulaciones de seguridad – normalmente dependiendo de cuanta seguridad hayan conquistado las luchas de la clase trabajadora a través de grandes periodos de tiempo y en respuesta a desastres como el de Grenfell. La propiedad privada, el control y la posesión del territorio son fundamentales para las relaciones sociales del capitalismo. ¿Impulsarán estos acontecimientos un cuestionamiento más profundo de las relaciones de poder en la sociedad de clases? Durante demasiado tiempo, los más pobres han pagado un alto precio a manos de políticos, gentrificadores, especuladores inmobiliarios y dueños. Ahora es el momento de organizarnos para hacérselo pagar.

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