Si fallamos

Harvey, Irma o María son algunos de los enormes huracanes que han asolado el mar del Caribe durante este pasado mes de Septiembre. Bastante se ha hablado sobre la catástrofe, pero creemos importante ir un poco más allá y centrar el debate en el cambio climático, que a fin de cuentas está recrudeciendo ciertos desastres ecológicos. En este sentido, publicamos este artículo (“If we fail”) de la revista norteamericana Jacobin. Por mucho que algunos sigan negándolo, y otros no le den demasiada importancia, el cambio climático ya está aquí, causando estragos. Y cómo no, los/as pobres son quienes se llevan la peor parte. A pesar de no compartir todas las conclusiones del autor ni su excesiva confianza en las capacidades de la tecnología de salvarnos de este desastre a corto plazo, sí que creemos que la lectura de este texto es de especial interés.

La crisis climática es muchas veces imaginada como un súbito colapso simultáneo que todo lo abarca, en el que la agricultura falla, los mares suben, la enfermedad se extiende y la civilización humana se derrumba en una guerra Hobbesiana de todos contra todos. Pero en realidad, algunas crisis aparecerán más inmediatamente y otras tardarán un largo tiempo en llegar, y si actuamos con rapidez y apropiadamente, algunas todavía pueden ser evitadas.

A corto plazo, a lo mejor comenzando en las décadas de los 20 y los 30, el principal problema probablemente será una nueva crisis urbana basada en el clima que derive en una desinversión, abandono y despoblación causada por una elevación del nivel del mar y una serie de grandes inundaciones que dejarán las infraestructuras urbanas en descomposición.

Esto podría tener importantes efectos negativos sobre otras partes de la economía global. El colapso de los mercados inmobiliarios costeros podría desencadenar crisis más amplias en los mercados financieros, mientras que la pérdida de los nexos de comunicación y transporte proporcionados por las principales ciudades podría perjudicar a la economía real. Una depresión económica basada en el clima no está fuera de la cuestión.

Aquí llega el océano

Incluso si redujéramos drásticamente las emisiones de gases invernadero y eliminásemos suficiente CO2 de la atmósfera de modo que se estabilizaran los aumentos de temperatura en no más de 2º por encima de la línea base de 1990, estaríamos abogados a unos niveles del mar significativamente más altos que los actuales.

En la Costa Este de EEUU, el océano está subiendo de tres a cuatro veces más rápido que las medias internacionales, que a su vez están aumentando a un ritmo acelerado. En 1993 la tasa anual de aumento del nivel del mar estaba en 2,2 milímetros al año; en 2014 había alcanzado los 3,3 milímetros al año. Para 2100, las medias mundiales del nivel del mar podrían ser de 2 a 2,7 metros más altas.

Esto generalmente deriva en amenazas de que ciudades enteras se encontrarán con el tiempo “bajo el agua”. Pero mientras tanto, los océanos en ascenso están remodelando lenta pero constantemente los valores de las propiedades, los paisajes urbanos y la dinámica de las ciudades.

Tormentas contra infraestructuras urbanas

La amenaza real no es tanto el lento y constante incremento de los niveles medios del mar, sino las grandes inundaciones ocasionadas por las enormes tormentas. Las inundaciones dañan las infraestructuras en su conjunto, no sólo sus bordes. Durante el huracán Sandy, la ola que golpeó Manhattan Bajo fue 2,8 metros más alta que la típica marea alta.

Cuando las infraestructuras se dañan, incluso las propiedades ilesas que dependen de los sistemas eléctricos, de transporte y de agua dañados pierden valor.

Unas pocas inundaciones en rápida sucesión podrían iniciar un proceso combinado de deterioro físico y socioeconómico. A medida que se sucedan el tiempo y los tremendos gastos necesarios para reparar los daños creados por el agua en las líneas eléctricas y de telecomunicaciones, los metros y las líneas ferroviarias, los sistemas de agua potable y tratamiento de aguas residuales, y las centrales eléctricas; los propietarios comenzarán a realizar ventas presas del pánico.

Cuando quede claro que las barreras contra el agua no se construyeron a tiempo y que las infraestructuras vitales han comenzado a colapsar, los valores de la propiedad los seguirán, posiblemente desencadenado pánicos financieros más amplios.

Si se planifica adecuadamente, dichos problemas podrían ser bien manejados. Pero si la negativa actual continúa hasta que los mercados sean cogidos desprevenidos, podrían generarse estados de pánico regional y, a consecuencia de ellos, pérdidas financieras importantes.

El colapso de los valores de la propiedad significa un colapso de la base impositiva, lo que significa que el gobierno local tendrá dificultades para acometer las costosas reparaciones de infraestructuras. Y son las infraestructuras en su conjunto de las que los valores de la propiedad dependen.

El huracán Katrina, que asoló Nueva Orleans en 2005, y al que rápidamente sucedió el huracán Rita, nos ofrece un acercamiento a lo que podemos esperar.

El profesor Bernard Weinstein de la Universidad del Norte de Texas, ha estimado el coste de ambas tormentas combinadas en 250 miles de millones en daños tanto directos como indirectos. Weinstein encontró 113 plataformas marinas de petróleo y gas destruidas, 457 oleoductos y gaseoductos dañados y casi tanto petróleo derramado como durante el desastre de Exxon Valdez. El Katrina destruyó casi la mitad de los impuestos de Nueva Orleans, aniquiló la mayor parte de la cosecha de azúcar y causó estragos en la industria ostrera. Las compañías de seguros tuvieron que pagar 80 mil millones de dólares.

Preparaciones defensivas

El área de Nueva York ofrece una visión de las posibilidades y patologías de un plan contra la subida del nivel del mar. Después de 2012, cuando el huracán Sandy ocasionó unos daños económicos de 50 mil millones de dólares, incluyendo la destrucción o el daño de 650.000 hogares, estuvo claro que algo tenía que hacerse. Eventualmente, el Congreso aprobó una ayuda federal de 60 mil millones de dólares para los trabajos de recuperación y resiliencia del área afectada. Pero el ritmo de desembolso ha sido dolorosamente lento.

La ciudad está ahora construyendo una barrera alrededor de Manhattan Bajo, denominada “Big U”. Diseñada para que esté cubierta de césped y sirva de espacio público abierto, el muro correrá de la 42 en el lado este, a lo largo de la orilla, hasta la calle 57 en lado oeste. Su construcción llevará años y costará miles de millones.

A este ritmo y de esta manera, es difícil de imaginar cómo el total de las 520 millas de línea costera de la ciudad podrán asegurarse. Peor aún, las medias preparaciones son, en algunas formas, tan malas como las no preparaciones. Como el editor de la revista Rolling Stone Jeff Googell dijo de los, en gran parte simbólicos, esfuerzos de la ciudad de Nueva York hasta ahora, “Las barreras y los diques hacen que la gente se sienta segura, incluso cuando no lo están”.

Eventualmente, aquellos que puedan, dejarán la costa. Un estudio del demógrafo de la Universidad de Georgia Mathew Hauer prevé que 250.000 personas en Nueva Jersey se verán forzadas a moverse por el aumento de las aguas en 2100. En Florida, Hauer prevé que 2,5 millones de personas tendrán que dejar sus hogares para esa fecha.

Cuellos de botella de las infraestructuras

La geografía del capitalismo mundial reposa desproporcionadamente en las ciudades costeras como asientos del comercio, intercambios, investigación, transporte y educación. Son los nodos que unen la economía mundial.
Una parte importante de la producción económica y del sistema mundial de alimentos, por ejemplo, dependen no sólo de lo que suceda en las fábricas y los campos, sino también en un pequeño número cuellos de botella de las infraestructuras a lo largo de las cadenas mundiales de suministro en los principales puertos, aeropuertos, carreteras, ferrocarriles, y estrechos marítimos políticamente sensibles como los canales de Panamá o Suez.

Un estudio reciente del think tank británico Chatham House encontró que el 55% del comercio mundial de grano pasa por uno de los catorce “puntos de estrangulamiento”, todos ellos vulnerables al clima extremo como inundaciones locales, subida de los niveles del mar, y conflictos políticos y militares asociados a todo esto. Cierra suficientemente los “puntos de estrangulamiento” y el suministro mundial de alimentos se verá amenazado.

La emergencia permanente

Mientras que las ciudades costeras se deslicen hacia la ruina y aquellos que puedan migrarán hacia el interior, la desigualdad y la privación relativa aumentarán. Aquellos a los que se deje atrás estarán enojados y tendrán poco interés en mantener un orden social que los olvida en una zona de sacrificio. ¿Quién será el último en salir? Si la historia de los Estados Unidos hasta ahora ofrece respuestas, los más pobres de los pobres, los refugiados indocumentados del clima, se podrían convertir en los carroñeros y ocupantes ilegales de ciudades muertas.

Uno puede imaginar movimientos sociales de izquierdas emergiendo en estas zonas, pero también reaccionarios milenaristas, o simplemente una criminalidad apolítica generalizada. Todos y cada uno de ellos, en lugar de a un cambio social radical, se enfrentarán con una creciente respuesta represiva de un Estado paramilitar: puestos de control, patrullas SWAT, Guardia Nacional, vigilancia racista y derechista.

Vimos los patrones de todo esto en la Costa del Golfo tras el Katrina. Cuando los gobiernos locales ofrecieron ayuda a Nueva Orleans, la mayor parte fue en forma de policías altamente armados. Esto fue en gran medida porque después de casi cincuenta años una política de “ley y orden” subvencionada federalmente, la mayor parte de las ciudades y condados tienen un excedente de capacidad represiva, pero casi nada en el camino de la defensa civil orientada a los desastres.

Una migración masiva y una reacción racista ante ella son ya características de la temprana crisis climática. Para los años 2030 y 2040, muchas más personas serán susceptibles de encontrarse en este camino. Ya actualmente, los demagogos de extrema derecha, desde Arizona a Cote d’Ivoire, de Myanmar a París, están rabiando contra los forasteros. Con demasiada frecuencia, estos demagogos son conducidos exitosamente por el miedo y la rabia hacia el poder, y una vez allí, vuelven la represión estatal contra los inmigrantes y los pobres.

Así, como la sequía, el neoliberalismo y el militarismo producen crisis, guerras y oleadas de refugiados en el Sur global, mientras en el Norte producen un endurecimiento reactivo y oportunista del autoritarismo estatal.

Soluciones

Las buenas noticias son que poseemos todas las tecnologías necesarias para salvar a la civilización del colapso: redes eléctricas solares y eólicas, vehículos eléctricos, la capacidad de volver a los humedales silvestres y de construir barreras artificiales para romper y bloquear el poder del mar. Y también podemos desarrollar las capacidades políticas para ganar una mayoría tras las políticas que preservarán la salud y la seguridad de esa misma mayoría.
Ahora, científicos en Islandia han creado recientemente un proceso que separa el CO2 de la atmósfera y lo convierte en roca. El proceso se ha denominado “meteorización mejorada”, ya que imita uno de los procesos naturales por el cual el CO2 se elimina de la atmósfera y se ata a la roca mediante la mezcla de dióxido de carbono y sulfuro de hidrógeno con agua e inyectándolo en formaciones basálticas. Tras dos años, el CO2 en la mezcla de agua “precipita” en un sólido calcáreo blanco, una roca de carbonato similar a la piedra caliza. Afortunadamente para nosotros, las rocas basálticas, la materia prima de este proceso, es uno de los tipos de roca más comunes de la Tierra.

Ya actualmente, en Reikiavik, una planta de energía geotérmica separa y almacena 5000 toneladas métricas de CO2 al año. Eso únicamente equivale a la emisión anual de alrededor de 2000 coches. Pero la cuestión es que tenemos la habilidad técnica de separar el CO2 atmosférico y almacenarlo de forma segura.

Sin embargo, del mismo modo que la defensa adecuada de las ciudades respecto del mar, no hay forma de que el lucro o las relaciones de mercado puedan llevar esta tecnología a escala. La economía mundial está produciendo alrededor de 40 mil millones de toneladas métricas de emisiones de carbono al año. A los precios actuales, separar todas estas emisiones costaría alrededor de 24 billones de dólares, lo que equivale al 133 por ciento del PIB anual de EEUU.

Claramente, el sector privado y el lucro no pueden desplegar la tecnología de meteorización mejorada a la escala necesaria, ni impulsar una rápida transición energética, ni construir protecciones costeras a la escala y la velocidad necesarias. Pero ninguna de estas tareas es técnica o económicamente imposible. Los mecanismos necesarios en cada caso son la acción estatal y el sector público.

Nuestra misión como especie no es retirarse de, o preservar, algo llamado “naturaleza”, sino más bien convertirnos en entes ambientadores completamente conscientes. La tecnología extrema bajo propiedad pública será central para un proyecto socialista de rescate civilizatorio, o la civilización no perdurará.

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