Leña al fuego, donde el fuego está en un polvorín. Baltimore

John Crawford, Michael Brown, Eric Garner, Tamir Rice y Freddie Gray. En común tienen haber sido asesinados por la policía entre 2014 y 2015 en Estados Unidos. En común tienen que si creemos vivir en una sociedad “sin color” y omitimos detalles en las noticias pueden parecer incidentes aislados de brutalidad policial. Y aquí está el problema, la brutalidad policial es “solo” un síntoma de dos cosas: (1) algo anda mal en las fuerzas opresoras del estado cuando pueden matar impunemente con pocas consecuencias; (2) un problema mayor de desigualdad estructural, donde una buena parte de la sociedad es sistemáticamente (más) oprimida.

Baltimore¿De dónde proviene esa desigualdad estructural? Desde las esclavitud, pasando por los años de “Jim Crow” (leyes discriminatorias explícitas), los años de “Separate but Equal” (leyes que daban derechos similares pero forzaban a la segregación, haciendo que los derechos no fueran precisamente similares), hasta la época actual de las encarcelaciones masivas. No hay esclavitud, pero las condenas por posesión de crack son órdenes de magnitud mayores a las condenas por posesión de cocaína (adivinemos dónde se centra el consumo de crack); no hay leyes discriminatorias explícitas pero un afroamericano puede esperar ser cacheado con mucha mayor probabilidad que un blanco (véase las prácticas de ‘Stop and Frisk’, parar y cachear, en Nueva York); no hay segregación legal pero en la práctica la segregación es enorme.

Las agencias de crédito, constructores, ayuntamientos, compañías de abastecimiento de agua y electricidad, todas se aliaron en redes de segregación a finales del siglo XIX y principios del siglo XX, marcando qué partes de la ciudad iban para blancos, qué partes se dejaban para negros. Por si esto no hubiera sido suficiente, lo que Jane Jacobs denomino la muerte de la gran ciudad americana, derivada de las políticas de urbanismo en los años 50, donde cada soldado de vuelta de la Segunda Guerra Mundial tenía opciones de crédito prácticamente gratis para comprar una casa en el Suburbio (extrarradio de las ciudades) desde donde conducir su coche producido en Detroit. Por supuesto, estas políticas mantuvieron el espíritu de prácticas previas y sólo se dieron en la práctica a soldados blancos o, si se daban a soldados negros, era única y exclusivamente para su uso en zonas no-blancas. Esto creó el fenómeno conocido como la ‘huida blanca’ (White flight), o el abandono de las ciudades por la emergente ‘clase media’ blanca que obtenía los mejores trabajos en la creciente industria manufacturera. Mientras tanto, los centros de las ciudades se quedaban desabastecidos. Los flujos migratorios escapando del sur (un Apartheid virtual, o más bien completamente real) en busca de trabajos manufactureros del norte aumentaron la población afroamericana en las ciudades industriales (Baltimore, Cleveland, Detroit, etc.), donde sólo se les permitía instalarse en los centros de las ciudades (las denominadas ‘Inner Cities’).

En un país donde la principal fuente de ingresos de los ayuntamientos está en el impuesto de propiedad, las zonas que decaen generan pocos impuestos y por lo tanto poco interés. En un país donde las escuelas públicas son pagadas por los ayuntamientos, esa falta de ingresos lleva a que el sistema educativo público en los barrios desfavorecidos sea como mínimo nefasto. Añadido a una política de extracción de los mejores niños a “magnet schools”, lleva a que todo niño que destaca se vea extraído de su escuela, con la consecuente pérdida para todo el mundo (¿os suena? Bachillerato de excelencia…).

Por si todo esto no fuera suficiente, los años 70 fueron testigos del inicio de la “Guerra sobre las Drogas”, una política estricta de control policial sobre las drogas. Aumento de la presencia policial en barrios, aumento de las penas por tráfico de drogas y, más importante, establecimiento de penas mínimas por posesión de drogas. Es decir, varios años de cárcel por cualquier posesión de cualquier droga. Ahora bien, como decía antes, la pena es muy diferente si lo que llevas encima es cocaína, o si lo que llevas encima es crack o heroína. Además, la facilidad con la que la policía efectúa cacheos es diferente según el color de tu piel. Esto ha llevado a una “epidemia de encarcelaciones”, “encarcelaciones masivas”, etc. Es decir, una situación en la que un tercio de todos los jóvenes de entre 18 y 30 años afroamericanos en Baltimore están en prisión o en la condicional. Ni que decir que la situación en otros Estados tiene todavía toques más perversos, con el establecimiento de cárceles privadas.

En un país donde el ser un convicto te elimina tus derechos de voto, tus derechos de acceso a ayudas sociales, a vivienda pública, donde en muchos Estados uno está obligado a decir si ha estado en prisión previamente, etc., estas situaciones se vuelven no triviales. Cuando un tercio de los jóvenes afroamericanos de Baltimore están excluidos totalmente de cualquier oportunidad, la brutalidad policial es solo un síntoma más del problema.

Os dejo con un mapa muy sencillo. Esperanza de vida por barrio en Baltimore.

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La estrellita marca el lugar donde más concentraciones ha habido, al lado del barrio donde vivía Freddie Gray. Los números son las esperanzas de vida media en cada barrio. Sabemos que Madrid tiene diferencias de hasta 4 años en esperanza de vida entre el barrio más longevo (Salamanca) y el menos (Villa de Vallecas). Sabemos que en Londres, cuando uno va en la línea de metro Jubilee, se pierde un año de esperanza de vida por parada entre Westmister y Canning Town, en total cinco años y medio. En Baltimore, los cinco kilómetros que separan Roland Park de Upton-Druid Heights suponen veinte años de esperanza de vida de diferencia. Estados Unidos tenía veinte años de esperanza de vida menos que ahora en 1938.

Extraído de www.medicocritico.blogspot.com.es

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