La sociedad contra el Estado

Autor: Pierre Clastres. Edita: Virus Editorial. 278 páginas.

O bien el Estado para siempre, aplastando la vida individual y local, apoderándose de todos los campos de la actividad humana, trayendo consigo sus guerras y sus luchas intestinas por el poder, sus revoluciones palaciegas que sólo reemplazan a un tirano por otro, proceso que acaba inevitablemente en la muerte… O bien la destrucción de los Estados y la renovación de la vida en miles de centros sobre los principios de la iniciativa vital del individuo y los grupos y del libre acuerdo.” – Kropotkin

La sociedad contra el Estado, obra originalmente publicada en 1974, es el resultado de los trabajos de campo llevados a cabo por el antropólogo francés Pierre Clastres entre comunidades indígenas principalmente en Latinoamérica. A partir de la descripción de las “sociedades primitivas” Clastres nos confronta con realidad radicalmente diferente a la del Estado-nación, al mismo tiempo que analiza la relación entre poder político y organización social, entre lo político y lo social.

El argumento central de este ensayo lo constituye una tesis que le da la vuelta a la mayoría de los estudios antropológicos que, a través de una concepción unívoca y líneal de la historia, presentan las sociedades que viven fuera de las estructuras estatales como sociedades menos evolucionadas, históricamente incompletas que simple y llanamente han sido incapaces de dotarse de estructuras más complejas. Clastres, sin embargo, concluye que la ausencia de un poder coercitivo en el seno de estas sociedades (por ejemplo los/as Ona en Tierra del Fuego, los/as guayaquís o los/as guaraníes) no se explica por una supuesta incapacidad organizativa y que tampoco supone un defecto, sino que responde a una decisión meditada, es decir a un rechazo consciente y explícito del Estado (y de la autoridad política centralizada) como forma de organización política y social.

La organización política de la que se han dotado las sociedades aestatales, contiene una serie de mecanismos que impiden la aparición de un poder coercitivo y despótico. Para Clastres este orden supone el estado natural de la organización social, mientras que el Estado no sería otra cosa que el producto del fracaso de las sociedades de mantener tales mecanismos y salvaguardar su autonomía natural (autonomía que las “sociedades primitivas” no han dudado en defender de manera violenta).

La cuestión de cómo algunas sociedades han perdido este estado natural la responde el autor mediante el factor de la aparición de las desigualdades sociales que acompañan al nacimiento – por ejemplo – de los “saberes” religiosos o de la acumulación de riqueza. En este sentido resulta interesante remarcar que Clastres (igual que otros/as antropólogos/as como por ejemplo Marshall Sahlins) también desmonta el manido argumento (que hoy en día se sigue empleando por la mayor parte de la industria de la cooperación al desarrollo) según el cual estaríamos ante sociedades primitivas no sólo en lo político, sino también en lo económico: al caracterizar sus mecanismos económicos de “economía de la subsistencia” no sólo se ignora (o se silencia) el hecho que la organización económica de estas sociedades es –a diferencia de las nuestras– social y ecológicamente sostenible y perfectamente adecuada a su entorno, sino también que el tiempo dedicado a tareas económicas es significativamente menor a la jornada laboral occidental.

Estas interesantísimas conclusiones recuerdan al/la lector/a occidental que el mundo que hoy habitamos es uno entre muchos mundos imaginables y que el status quo es históricamente contingente, es decir, que nuestra forma actual de organización política es el resultado más o menos accidentado de un camino que podría acabar de otra manera muy diferente: la existencia de sociedades sin Estado sirve para recordar la naturaleza artificial del mismo, que tantas veces nos es presentado como resultado natural y necesario de la evolución humana.  Este relato, sin embargo, no es aplicable a toda la humanidad:

“La historia de los pueblos que tienen una historia es, se afirma, la historia de la lucha de clases. La historia de los pueblos sin historia, lo diremos al menos con igual grado de verdad, es la historia de su lucha contra el Estado.”

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