La mancha de la raza

Autor: Marco Aime. Prólogo: Eduardo Romero. Prefacio: Marc Auge

la_mancha_grandeDe la mano de la editorial Cambalache, como parte de la colección Inmigración de la misma, nos llega este regalo literario que se titula La Mancha de la Raza, de Marco Aime. A pesar de que sea su primera obra narrativa traducida al castellano, la trayectoria literaria de este antropólogo y escritor italiano se remonta a años atrás. Es autor de varias otras obras y numerosos ensayos antropológicos que tratan cuestiones como el relativismo cultural, el error conceptual de identificar raza con cultura, la etnización de conflictos, las retóricas políticas derivadas de la excesiva atención a ladiversidad y otras cuestiones entrelazadas.

El texto es acompañado por un prólogo introductorio de Eduardo Romero, autor de varios ensayos de esta misma colección, y el prefacio del antropólogo y etnólogo Marc Auge, autor del concepto del no lugar.

Las ideas que se pueden encontrar entre los ensayos de Aime, han sido  plasmadas en este libro a través de un lenguaje más desnudo, más accesible para la lectura común. Han contribuido a difundir la reflexión sobre cómo nuestra mirada, inevitablemente etnocentrista y llena de (pre)juicios, acaba sirviendo, entre otras cosas, como prueba de cargo para legitimar sentencias sobre la identidad y políticas de exclusión, discriminación y eliminación -a veces incluso física- del  denominado otro/otra.

El libro se presenta en formato epistolar y, a través de la carta, el autor se esmera en explicar a Dragan, un niño rumano, un niño migrante, el sinsentido de nuestro cinismo, nuestro temor ante lo que somos, transitando la memoria de lo que hemos sido. Es un grito literario a pecho abierto; una llamada a comprender(se) con ánimo de transformar así nuestras relaciones fragmentadas en una sociedad cambiante, diversa y globalizada.

La carta que le escribe Marco Aime a Dragan no es una epístola dedicada únicamente a Dragan. Es un mensaje a todos y todas las que representan lo que desde antaño se ha calificado como extranjero, como extraño, como el otro/otra; como el antiguo hostis. Pero, sobre todo, es una invitación obligada a un ejercicio de memoria a l@s que hemos contribuido a la construcción de dicho término como categoría. Categoría de conveniencia, con definiciones fetiches y exóticas cuando viajamos y con adjetivos miserables y derivados del miedo, que pretendemos justifiquen nuestra discriminación y políticas de exclusión, cuando estamos en casa.

A través de esta carta, también se interpela a aquella izquierda que, -inconsciente o no- reacciona ante el fascismo de la guerra cuando las muertes se suceden en Europa y en Estados Unidos, pero asume que la masacre forma parte de una normalidad en el sur. Habla de cómo naturalizamos la miseria como si fuera parte de ciertas comunidades étnicas. Habla de cómo etnificamos la barbarie, «ni siquiera muertos somos iguales», nos recuerda.

Y sabemos que tiene razón el autor cuando escribe: «No tenemos tiempo para recordarlos a todos. Hay quienes son más muertos que otros». Esto lo supimos claramente en el 11S y en la intervención militar posterior, sin embargo, lo seguimos viendo a diario. Vemos cómo la vida de doce franceses vale días de portadas en los medios internacionales y merece conmemoraciones ostentosas, y vemos cómo los intelectuales ofrecen análisis profundos sobre sus muertes, mientras que las muertes en masa de la infancia en Nigeria, en  Siria, provocadas por un fascismo análogo que se expande, no albergan sino unas pocas publicaciones en las redes sociales y pequeños medios preocupadas de su difusión. Porque es normal que mueran en África o en Oriente, pero es inaceptable que mueran aquí.

Marco Aime, cuando escribe, se expone y se confronta con su verdad, con «nuestra verdad». La mira a los ojos, y descubre lo que ocultamos bajo nuestro desprecio. Sabe que aquella imagen que tenemos del extranjero, de Dragan, no deja de ser una proyección: son nuestras debilidades, nuestra vileza, nuestra incapacidad de incluirnos en un mundo mucho más grande que nuestras ideas amuralladas. Sabe que nuestra mirada discriminatoria acaba convirtiéndose en nuestra propia jaula.

La mancha de la raza. Carta a un niño rumano no es sólo una carta a un niño rumano. Es nuestra verdad. Aquella verdad que nos deja con la incómoda sensación de que mientras que no haya transformación, nos quedará la incertidumbre de no saber si somos seres racistas, abiertamente crueles y cómplices;  o somos el legado de aquel gran concepto de Hanna Arendt: un mero producto de la banalidad del mal que no se responsabiliza de ser eslabón en esta cadena.

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