Empleo para unos/as, castigo para otros/as

Allá por el año 1991 se crea una nueva carrera universitaria para profesionalizar, es decir institucionalizar, la figura de la persona que se preocupaba por su entorno, que empatizaba con el sufrimiento que le rodeaba y procuraba ponerle remedio. Se daba forma así al educador/a social para unirse a la  colección de profesionales (trabajadores/as sociales, psicólogos/as, profesores/as, etc.) cuya función viene a ser gestionar las miserias que genera el sistema capitalista. Es la única forma de hacer sostenible, al menos socialmente, ya veremos lo que aguanta el planeta, su voracidad.

Ante el desarrollo a ultranza del individualismo, como base ideológica del capitalismo, y la consiguiente necesidad de romper las redes sociales de apoyo, el tejido comunitario, que de otra forma podrían suponer una fuerza de resistencia de las clases desposeídas, el Estado institucionaliza la acción social. Algo que se venía haciendo como una forma habitual de relacionarse, ayudarse mutuamente, resolver los conflictos en colectivo, preocuparse por el/la vecino/a, se desnaturaliza y se convierte en una profesión. El problema de dicha profesionalización, entendida como la realización de un trabajo asalariado, es verse obligado/a a defender los intereses de quien te da de comer. Esto es así le pese a quien le pese. Entre otras cosas, la intervención social necesita el “estatus de inferioridad” que genera la exclusión para legitimar una forma de acción social que al no acudir a las raíces estructurales de esa exclusión cronifica sus consecuencias. El Estado ha montado todo un entramado de asistencia social para parchear la realidad que genera el capitalismo. Una realidad por supuesto muy alejada de la que se vive en las aulas universitarias donde se aprende a ser educador/a social, trabajador/a social, psicólogo/a, etc.

Ya hemos dicho que la intervención social es, por definición, una forma de hacer sostenible el sistema social, la sociedad de clases, y gestionar sus consecuencias. Para ello, desnaturaliza el conflicto fruto de esa explotación obviando su dimensión estructural. Individualiza las causas del sufrimiento que genera, culpabiliza, y en ocasiones criminaliza, a las personas que viven ese sufrimiento. ¿Qué haríamos si entendiéramos que nuestros problemas no se deben solo a cuestiones individuales, mala suerte, etc. si no que son el fruto de una estructura social diseñada para el beneficio de otros/as? La acción social planteada desde el Estado, tiene como objetivo último apaciguar el conflicto que generan la alienación, la marginación y la exclusión, no acabar con lo que las genera. Con esto no queremos decir que sea positivo que las personas sufran porque así se desarrolla el conflicto hasta sus últimas consecuencias. Simplemente queremos dejar claro que soluciones individuales a problemas estructurales solo son parches que además actúan en beneficio del sistema, “mejorándolo” y legitimándolo.

Aunque en un principio toda intervención está diseñada para readaptar a las personas a su rol, es decir hacerlas sentir lo menos jodidas posible con la posición que ocupan y sus consecuencias, reinsertando a las marginadas y excluidas, estas no siempre están dispuestas a dejarse manipular, juzgar e intervenir en sus vidas. Aquí es donde entra en juego la necesidad del sistema de imponer, a través de sus agentes sociales, sus intereses frente a los de las personas. No dudamos, al menos no en todos los casos, de las buenas intenciones de mucha gente que trabaja en aras de aliviar el sufrimiento que le rodea, pero tenemos que ser conscientes de lo que suponen las acciones que llevamos a cabo. Las palabras grandilocuentes rara vez son garantía de nada bueno, y menos si mezclamos la acción social con la ley. Lo penal restringe y castiga aquellos comportamientos sociales que suponen un peligro para el orden establecido, aquello que se sale de la norma social. La experiencia práctica nos ha enseñado que el verdadero motivo de legislar en materia de intervención social tiene más que ver con el orden y el control que con defender los intereses, las necesidades o la dignidad de las personas. En estos casos es donde sale a la luz la verdadera función de la intervención social, cuando esta se judicializa y se alía con la policía participando de la represión más explícita, como el encierro o la medicalización. A la larga, hemos comprobado que el sistema necesita el trabajo de educadores/as sociales, psicólogos/as, trabajadores/as sociales, psiquiatras, etc. tanto como el de la policía para mantener el orden. Trabajo de contención social y apaciguamiento de la conflictividad. Un trabajo que a la postre supone castigar la pobreza y la exclusión, ampliando el ámbito de lo penal al interior de las personas y los aspectos cotidianos de sus vidas.

No tenemos respuestas definitivas y sabemos que existen muchas contradicciones a la hora de trasladar a la práctica diaria los planteamientos teóricos, pero creemos en un trabajo, asalariado o no, codo con codo con la gente que se lleva la peor parte de esta sociedad. El trabajo de carceleros/as, jueces o juezas o misioneros/as se lo dejamos a ellos/as. Lo que planteamos es un acompañamiento incondicional basado en la solidaridad, el apoyo mutuo y la empatía. Creemos que la manera de enfrentarnos a este sistema y transformar la sociedad pasa por el desarrollo comunitario, por crear un tejido social sólido, redes de apoyo, que permita nuestra emancipación. Todo lo cual implica asumir la desaparición de cualquier figura de agente social a medio y largo plazo. Lo contrario no es más que la dependencia creada sobre la pobreza. Los/as agentes sociales viven de la exclusión social con la implicación material y el reconocimiento, y estatus, que eso conlleva. El sector social supone una parte muy importante de la economía del Estado dado que genera empelo y riqueza en las empresas privadas que gestionan la atención. Toda una industria de la pobreza que sin pobres se hundiría.

Nuestro planteamiento se reduce a si la acción social va en beneficio de las personas o del capitalismo. Y desde luego, si queremos asumir ese trabajo emancipador en nuestros barrios, necesariamente tiene que ir en contra del sistema. En la práctica serán las situaciones y los contextos concretos los que determinen nuestras decisiones, pero partiendo de esta premisa podremos analizar nuestros errores y no pasar a formar parte del engranaje de la maquinaria de alienación social.

Queremos hacer una alusión específica a la situación de maltrato institucional que sufren muchos/as niños/as y del que son cómplices y ejecutores/as infinidad de educadores/as, psicólogos/as y trabajadores/as sociales, sean conscientes o no. A través del encierro se castiga y se persigue a los/as niños/as pobres y marginados/as. Los centros de menores, sean de protección o de reforma, están llenos de chavales/as que han sido arrebatados/as a sus familias, en muchas ocasiones por el simple hecho de ser pobres. Ellos/as sufren las consecuencias de la sociedad que les margina y son culpabilizados y criminalizados.

Sabemos que los centros de menores no solucionan los problemas de estos/as chavales/as y que además funcionan bajo la lógica del beneficio económico de las empresas y fundaciones que los gestionan. Sin embargo, estas no podrían llevar a cabo este encierro sin la colaboración, consciente o no, de los/as trabajadores/as que trabajan en ellos y que viven de la situación de los/as niños/as.

Sintiendo la necesidad de replantear estos aspectos de la realidad de la intervención social se hacen unas jornadas sobre infancia marginada y encierro en la universidad. Nos parece importante tener este debate donde se están formando las personas que van a trabajar en el futuro con chavales/as, tanto fuera como, por desgracia, dentro de los centros. Necesitamos extender la lucha contra los centros de menores y la privación de libertad en general deslegitimando su existencia y desenmascarando tanto su verdadera función como su funcionamiento.

Las jornadas tendrán lugar durante el mes de abril de 2013, cada semana en diferentes universidades, y están organizadas de la siguiente manera: Facultad de Psicología (Universidad Autónoma de Madrid) del 8 al 11 de abril, Facultad de Educación (Universidad Complutense de Madrid) del 15 al 18 de abril y Facultad de Psicología (Universidad Complutense de Madrid) del 22 al 25 de abril. Las charlas y debates se realizarán de lunes a jueves  y comenzarán a las 13:30.

Sin embargo nuestra intención no es debatir una vez más sobre en las aulas universitarias alejados/as de la realidad de los centros de menores sino generar la práctica necesaria para acabar con el encierro de la infancia marginada. Por ello, queremos salir y concentrarnos en Gran Vía 14 ante la sede del Instituto Madrileño de la Familia y el Menor, responsable del sistema de protección a la infancia, el lunes 29 de abril a las 12:00. No queremos mirar para otro lado mientras se benefician de encerrar a niños y niñas.

Más información en www.centrosdemenores.com y http://www.todoporhacer.org/centros-de-menores-la-rentabilidad-de-la-pobreza

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Contenido de las Jornadas sobre el Encierro y la Infancia Marginadas

Como decíamos, del lunes 8 al jueves11 de abril las jornadas se celebrarán en la Facultad de Psicología de la UAM a las 13:30h en el Salón de Actos. Posteriormente, las mismas charlas se repetirán del 15 al 18 de abril en la Facultad de Educación de la UCM a las 13:30h en el aula 0601 y, por último, del 22 al 25 de abril ocurrirá lo propio en la Facultad de Psicología de la UCM a las 13:30, en un aula que aún esta por confirmar.

La charla que se impartirá los lunes se titula “¿Qué esta pasando en los centros de menores?” y relatará experiencias de lucha contra los mismos. Se harán a cargo de un ex-trabajador de un centro de menores y un activista.

Sinopsis: La situación de los centros de menores es muchas veces silenciada o transformada. Con esta charla se pretende explicar que ocurre dentro de estos centros (medicación forzosa, malos tratos, aislamiento…) y hacer una crítica a su existencia y al encierro. También se hablará de la lucha que se ha llevado a cabo durante los últimos años contra estos centros y contra quienes se lucran de su existencia. Para ello contamos con personas que han visto lo que ocurre dentro de estos centros y que han participado de estas luchas.

Los martes hablaremos “De niños peligrosos a niños en peligro”, a cargo de Enrique Martínez Reguera.

Sinopsis: Los hechos delictivos en sí no son el único factor que explica el encierro, sino que son consecuencia a su vez de otros múltiples factores como son la marginación, la exclusión o la pobreza, es decir, las condiciones sociales y familiares, o simplemente una sociedad de consumo que confunde las necesidades básicas para la vida con otras que no lo son. Tendemos a señalar el delito y culpabilizar a los/as criminales”. Lo que nunca hacemos es plantearnos por qué las cárceles y los centros de menores están plagados de gente pobre y con problemas. En esta charla a parte de hablar sobre los/as jóvenes marginados, se hablará del trabajo que se está haciendo con ellos/as, de una manera más natural y directa, obviando la solución de los que mandan el encierro.

La charla de cada miércoles se titula “Medicación en los centros de menores” y la impartirá la Asamblea Contra los Centros de Menores.

Sinopsis: Análisis de la realidad que subyace tras el gran número de chavales y chavalas que se encuentran bajo tratamiento con psicofármacos dentro de los centros de menores, qué intereses hay ocultos y el por qué de dichos tratamientos una vez se produce el ingreso en uno de estos centros.

Y el jueves se presentará el libro Decimocuarto asalto. La adolescencia golpeada, sentir, pensar y luchar en el barrio. Dicha presentación correrá a cargo de su autor, Julio Rubio Gómez.

El libro versa sobre las experiencias de un educador social en el día a día. Barrio, boxeo, adolescentes y toda una mega estructura jurídica, institucional y lucrativa compuesta por Estado y ONG´s son los escenarios. La decepción de ver corrompido todo aquello en lo que se cree es el inicio de un viaje personal, doloroso pero necesario. Un combate donde asalto por asalto la ingenuidad va desapareciendo a cada golpe. Donde el ring y el barrio, el boxeo y la vida se funden en una misma lucha intuitiva en busca de la dignidad.

Las jornadas culminarán con una concentración el lunes 29 de abril, a las 12:00, en Gran Vía 14 ante la sede del Instituto Madrileño de la Familia y el Menor, reivindicando el fin del encierro a menores.

Más información en www.centrosdemenores.com

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