¿Qué he hecho yo para merecer esto? Elige tu propia aventura sobre el aborto

Era el año 2014 y me quedé embarazada. Yo tenía 22 años recién cumplidos cuando pasó, llevaba saliendo con mi chico casi un año yacababa de dejar la carrera de enfermería tras 3 años yendo a la facultad. La situación en casa estaba lejos de ser idílica.

Mis padres se quedaron en paro. Mi padre tras 30 años trabajando en PANRICO sufrió un ERE y durante unos meses el único sueldo que entraba en casa era el de mi madre, ella trabajaba en unapeluquería, que tiempo después también cerró. En esa época las tasasuniversitarias subieron una barbaridad, convirtiendo el estudiar unacarrera en un privilegio. En casa, los pocos recursos económicos que teníamos eran usados para cubrir las necesidades básicas y hacer frente a la educación de mi hermano pequeño, lo que por aquél entoncestambién suponía un reto. Nada más dejar los estudios me puse a buscar trabajo, el cual conseguí tras 3 meses de búsqueda. Me cogieron en una empresa textil de reconocida fama por aquel momento. Me contrataron por 510 euros al mes, trabajando ocho horas, seis días por semana, domingos, festivos y miles de horas extras. Casi la mitadde mi sueldo lo invertía en cubrir mis propios gastos y la otra mitad la destinaba en ayudar en casa a pagar la hipoteca. Por aquella épocaquedarse en la calle estaba a la orden del día. Todavía recuerdo lo contentos que se pusieron mis padres cuando encontré aquél trabajo y lo frustrada que me sentía yo.

Justo la noche que salí con mis amigos y mi chico para “celebrar”mi nuevo trabajo fue la noche que me quedé embarazada. Al final de aquella noche, mi novio y yo acabamos manteniendo relaciones sexuales. No usamos preservativo y aunque recurrimos a otras estrategias, me acabé quedando embarazada, cosa que en aquel momento ni mi pareja ni yo sabíamos ni pretendíamos. La noticia vino un mes y medio después. Cuando nos enteramos, nos abrazamos y nos pusimos a llorar. Era una noticia que ni queríamos ni esperábamos y ninguno de los dos estábamos preparados para tener un hijo. Nos cagamos de miedo. Y entendimos que la mejor opción sería abortar. El problema estaba en que no hacía ni 6 meses que el por aquel entonces Ministro de Justicia, Alberto Ruiz Gallardón, había conseguido sacar adelante una nueva ley sobre el aborto, la cual cómo no, pudo ser aprobada gracias a la mayoría absoluta de su partido en el Congreso. Esta ley sólo permitía abortar en 2 supuestos: el primero, haber sido violada -(gracias por esto, es todo un detalle)- y el segundo, que la madre corriera el riesgo de perder la vida o que el embarazo dañara seriamente su salud física o psíquica. Vamos, que quien abortaba era por haber sido violada, por enferma o por debilidad mental.

La posibilidad de irme al extranjero y practicar allí el aborto, como me había recomendado alguna amiga, era económicamente inviable, así que lo único que nos quedó fue iniciar la desagradable aventura aquí.

Pasaron varios días hasta que les contamos todo a nuestros padres. Recuerdo lo nerviosa que estaba y la vergüenza que sentía cuando tuve que decírselo.

-Si quieres cambiar de final pasa al caso 2-

Las familias lo encajaron fatal y en seguida nos presionaron paratenerlo, a pesar de que ni mi novio ni yo estábamos ilusionados con la noticia ni con la decisión de seguir adelante. Esto se materializó en que rompimos meses más tarde y me sentí aun más sola en este proceso.

Estuve durante varias semanas enfadada con el mundo. Yo no quería tenerlo pero eso no iba a ser una opción posible así que ya podía empezar a cambiar de actitud. A las 12 semanas me fui haciendo a la idea de que algo crecía en mi interior y a la vez un sentimiento de miedo y confusión también crecía en mi cabeza. Me sentía mal conmigo misma al no querer tener un hijo/hija que al final iba a nacer y no disfrutar de la experiencia de la maternidad como yo siempre me la había imaginado. Las semanas fueron pasando y con ellas las pruebas médicas. Todo en un principio parecía ir sin ninguna complicación, hasta que en la semana 20 de embarazo me comunican que es muy probable que mi bebé nazca con una grave malformación. Las lágrimas corrían por mis mejillas, no sabía qué hacer y me vine abajo. Mi sentimiento de confusión creció aún más, empezaba a desarrollar un cariño hacia lo que crecía en mí y al mismo tiempo sentía que iba a ser una carga. El médico me aconsejó que lo mejor era abortar, ya que no podía garantizar la esperanza de vida de mi bebé, pero que tenía que darme prisa porque solo me quedaban dos semanas para hacerlo legalmente. Recuerdo que se quejaba de que todos los avances del diagnóstico prenatal no servían de nada con esta nueva ley. Con esta nueva situación decidí interrumpir el embarazo. Acudí a mi médico de cabecera, el cual me indicó que necesitaba la firma de dos médicos que certificaran que mi bebé tenía una malformación incompatible con la vida. Ninguno de los médicos que visité pudo afirmar que eso fuera cierto ya que había que esperar alguna semana más para hacer nuevas pruebas que certificaran que la malformación ponía en peligro la vida del feto. Pese a mis prisas las 22 semanas pasaron y con ellas mis opciones de abortar. Al poco me enteré de que, efectivamente, mi feto nacería con vida pero con una malformación que le impediría ser autónomo tanto física como psíquicamente. La tristeza se apoderó de mí y pasé unas semanas muy malas hasta que se produjo el parto. A partir de su nacimiento mi vida cambió radicalmente y me dediqué exclusivamente a sacarlo adelante con la única ayuda de mi familia, cosa que a día de hoy sigo haciendo, abandonada por ese Estado que me obligó a tenerlo y luego se olvidó de mí.

CASO 2

Los suyos encajaron muy mal la noticia y enseguida nos empezaron a gritar y a agobiarnos con la situación, presionándonos para tenerlo. Por suerte los míos se mantuvieron más calmados. Dieron más importancia a lo que yo sentía y quería en aquel momento. La decisión no fue fácil, y en cierta medida tensó la relación con las familias, pero al final vimos que lo más consecuente era abortar. Es cierto que aunque mis padres me apoyaron, también se sintieron humillados y avergonzados por todo lo que estaba pasando y por tanto, yo culpable de todo ello. Mi barrio no era muy grande y el estigma en cuanto al aborto seguía presente en la mentalidad de la gente.

Mi primer paso fue acudir al médico de cabecera. Este me trató como si fuera tontita y no tuviera la cabeza en su sitio. Me parecía constantemente que me juzgaba por no querer seguir con el embarazo y que no escuchaba mis motivos ni se daba cuenta de mi situación personal. Aun así tuvo el “detalle” de derivarme a dos psiquiatras para iniciar los trámites de interrupción del embarazo. El primero me dio cita a las 14 semanas de gestación. Fui a la consulta con mi madre con el silencio como compañía ya que ninguna de las dos sentía ganas de charlar, imbuidas en pensamientos que nos entristecían y nos hacían sentir incómodas. Después de contarle mi vida a un desconocido y contarle cómo me sentía, con mis miedos, inseguridades e incapacidades éste me firmó el informe aduciendo que tenía “un menoscabo importante y duradero en el tiempo”. Me advirtió de los posibles efectos que dicho informe podría tener a nivel social, laboral o jurídico en un futuro ya que podría volver en mi contra al aducir que tenía un conflicto psíquico. La siguiente cita la tuve a la semana y media y decidí ir sola para no hacer pasar un mal rato a nadie (como si en realidad no lo pasaran mal en casa esperando acontecimientos). Los nervios durante esos días me impedían dormir con normalidad y me afectaban en el carácter. Justo dos días antes de ir, en la empresa me dijeron que no me renovaban por bajo rendimiento (bonito eufemismo para decir que no podían permitir que faltara tanto al trabajo por mi embarazo), lo cual incrementó mis nervios, mi ansiedad y mi estrés.

-Si quieres cambiar de final pasa al caso 3-

La segunda cita fue uno de mis peores días. Ya iba alterada por mi estado anímico pero lo que allí ocurrió encima me deprimió aun más. El psiquiatra en cuestión, me empezó a dar una charla sobre los riesgos que el aborto podría tener para mi salud y las complicaciones que podría tener en una futura maternidad. Tenía la impresión continuamente de que cada vez que yo hablaba él no me hacía ni caso y volvía una y otra vez a hablarme sobre lo egoísta de mi decisión. Me llegó a hablar de Dios y de que quién me creía yo para decidir sobre la vida de alguien. No pude más y me eché a llorar. Me fui de ahí tan rápido como pude sin el certificado firmado, con un sentimiento de impotencia que pocas veces he tenido en mi vida. Me quedaba aun tiempo e intenté buscar las firmas que me faltaban. Vi a un nuevo especialista, pero la cosa no fue mejor. No fue tan moralista como el anterior, pero me dijo que él no veía que yo tuviera ningún riesgo psíquico que me impidiera tener el bebé. Abortar se convirtió en algo imposible al estar cerca de las 22 semanas y aún quedarme por conseguir las firmas de un psiquiatra, la del asesor de servicios sociales, la semana de reflexión y la cita con la clínica, con lo cual decidí seguir adelante con el embarazo, maldiciendo que mientras otros que no me conocían de nada podían decidir sobre mi cuerpo yo no tenía esa capacidad y me veía obligada a ser madre. Por suerte el embarazo no tuvo complicaciones y tuve a mi bebé sano. La situación económica en casa no mejoró y mi relación con mi novio empeoró hasta que a los dos años cortamos. A partir de aquí lo único que intentamos fue que no le faltara de comer a nuestra hija hasta el día de hoy que continuamos con esa lucha. Nunca volví a la facultad, ni a pensar sólo en mi misma olvidando muchos de los sueños que por algún momento tuve. Nunca más volví a ir a un psiquiatra.

CASO 3

La segunda cita fue más o menos como la primera, se basó en contarle a un desconocido que me miraba con cara de póquer todas mis miserias. Aunque a la entrada me sentía exactamente igual de mal, por lo menos me fui con un sentimiento de alivio al haber conseguido la segunda firma. Me quedaba la visita a servicios sociales.
Tuve que acudir dos veces. El primer asesor era un hombre de unos50 años que estuvo hablándome de lo bonito que es la maternidad yde las ayudas que iba a recibir si quisiera. Me habló de la vida y delprivilegio que era para mí poder engendrar un/a hijo/a. Me fui con la sensación de haber dado con una persona que no entendía nada de lo que decía ni de la realidad que vivíamos por aquel entonces. A los dos días visité a un nuevo asesor. Ya en paro tenía todo el tiempo libre del mundo. En este caso el asesor psicosocial resultó ser una mujer, la cual también me habló de los riesgos de abortar, pero desde otro plano más real, teniendo en cuenta mi momento vital. Al final me dio su visto bueno y me firmó el informe. Con todos los papeles firmados volvía pedir cita al médico de cabecera para iniciar el último capítulo de este laberinto de médicos y papeles. Desde ese momento inicié la semana de reflexión obligatoria antes de interrumpir el embarazo. Como si de una decisión tomada a la ligera se tratase tuve que estar siete días más alargando toda aquella desagradableexperiencia, no por pensar que lo que estaba haciendo estaba mal moralmente o por ser una mala persona, si no por todos los trámites y sentimientos a los que había tenido que ir haciendo frente durante todo este proceso. Era la semana 20 cuando ingresé en el hospital. Todo fue bien desde el punto de vista médico y las molestias desaparecieron al paso de los días. Las molestias desaparecieron pero el recuerdo no y a pesar de estar contenta con la decisión que tomé en su momento, no se puede negar que fueron días duros y difíciles. Como le intenté explicar a todos los médicos y demás personajes con los que tuve que entrevistarme yo pensaba en la maternidad como una opción de vida, pero bajo unas condiciones que yo misma eligiera. Con el tiempo acabe la carrera, pude vivir experiencias de juventud que me fueron formando como persona y que hoy en día me ayudan a entender que la maternidad ha de ser querida y no impuesta.

FIN

Con este texto queríamos resaltar las nuevas trabas burocráticas y médicas, derivadas del posicionamiento político e ideológico que Gallardón intenta imponer con esta nueva ley. Su curioso nombre, “ley de protección de la vida del concebido”, ya deja claro por dónde van los tiros, el que no ha llegado a nacer tiene más importancia que la propia mujer y las decisiones que esta quiera tomar sobre su vida. Tampoco debemos quedarnos en la capa más superficial del asunto, maldecir unas cuantas veces al Ministro de Justicia y sorprendernos de hasta qué punto llega la hipocresía política, pues esto atiende a unos muy bien arraigados mecanismos de dominación política y social que sitúa a la mujer bajo el yugo de lo masculino, infantilizándola y negándola cualquier atisbo de autonomía. Este sistema de dominación que introduce la política y la ideología en nuestros cuerpos entiende el embarazo y la maternidad como cuestiones inherentes a la condición de mujer. Esa es su principal y única función, ese es el interés social por el que se prioriza la vida de un embrión sobre la vida de la mujer, porque es madre antes que mujer.

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