Ecomodernismo: Un falso ecologismo que promete cambiarlo todo dejándolo igual

No es novedad que bajo el nombre de ecologismo se presenten cosas que en principio tienen poco o nada que ver con el movimiento político radical que para muchos de nosotros es, cuya herencia más coherente es quizá la de corrientes como el ecologismo social o la crítica anti-industrial. El “verdeamiento”[1] de empresas y estados ha trivializado hasta tal punto la cuestión ecológica que, en ocasiones, ha llegado a convertirla básicamente en una opción de consumo más o en simple corrección política. Sin embargo, lo que sucedió en abril de 2015, hace ahora dos años, va más allá. Fue entonces cuando vio la luz el Manifiesto ecomodernista. Éste ha actuado a la vez como presentación, elemento de difusión y síntesis ideológica de un movimiento que parece abrirse paso con fuerza en diferentes partes del mundo: el ecologismo pragmático o ecomodernismo.

Aunque su propuesta no está exente de antecedentes históricos, como el discurso de la modernización ecológica en los años 80, estamos quizá ante el primer movimiento que ha tomado como objetivo decidido la separación definitiva de ecologismo y emancipación social. Si quisiéramos resumir en pocas palabras lo que plantea el ecomodernismo sería algo así como la necesidad de abandonar la idea de que el requisito indispensable para dar solución a los problemas ecológicos es la transformación revolucionaria de sociedades e individuos, tanto en su relación con la naturaleza como en su propia organización social, política, económica y axiológica.

En concreto el elemento aglutinador de toda la propuesta, que se encuentra en la base incluso de su nombre, es la defensa explícita del marco liberal-capitalista en su encarnación institucional actual: la democracia parlamentaria capitalista. Este marco se interpreta como el resultado de un proyecto moderno incontrovertido y libre de toda ambigüedad. Estaríamos viviendo así en la sociedad más avanzada y libre de la historia de la humanidad. Es más, los supuestos ecologistas (pragmáticos, claro) no solo defienden la inevitabilidad y deseabilidad de la extensión de dicho marco a todo el mundo (incluyendo sus niveles de producción y consumo, la industrialización, la mutación material y antropológica que implica, etc.), sino que se afirman de manera fuerte que cualquier propuesta política que no lo tome o como punto de partida o como objetivo está condenada al suicidio. De ahí que sostengan que la superación del cambio climático y de la pérdida de biodiversidad no puedan asociarse a ningún proyecto político que niegue o cuestione dicho marco so pena de verse condenados a quedar por siempre sin resolver.

De alguna manera en lo anterior están asumiendo una forma del mito de progreso. En su interpretación ,el desarrollo histórico de las sociedades occidentales es un proceso de continuo refinamiento del modo de vida en la Tierra. Parten de la idea de que para que alguien se preocupe de algo más que de su propia supervivencia económica es necesario que vive en una sociedad caracterizada por la abundancia material. Una sociedad en la que lleno el estómago podamos hacernos cargo del alma, de los valores no materiales. Entre ellos se encontrarían los valores ecológicos. Esto les empuja a defender de manera explícita el crecimiento económico y el aumento constante del consumo como la mejor vía para hacer florecer una sensibilidad ecológica en el seno de las sociedades.

Ahora, dichas posiciones sostenidas desde una corriente que se autodenomina ecologista tienen necesariamente que pasar por la reformulación, crítica o negación de dos problemas clásicos dentro de la historia del ecologismo. El primero, el de los límites materiales al crecimiento. A partir de sus elaboraciones teóricas los ecomodernistas niegan explicitamente que exista tal problema. En primer lugar porque señalan que la metodología de la huella ecológica es incorrecta y que ni el petróleo ni ningún otro de los materiales de la corteza terrestre está cerca de agotarse. Es más, contrafacticamente niegan que las metodologías que han augurado el pico de materiales y combustibles fósiles sean aplicables a escala planetaria.

Pero para ellos no sólo cualquier límite material al crecimiento está muy lejos de ser una realidad, sino que la dinámica de las sociedades actuales en el relato ecomodernista es precisamente la del inicio de la desmaterialización de la economía. Con esto se refieren a la idea de que a día de hoy el crecimiento y el desarrollo están comenzando a prescindir de la necesidad de un consumo intensivo de materiales y territorio, y que en el futuro tan sólo habrá que impulsar esta dinámica. En concreto señalan como elementos claves del proceso el aumento de la eficiencia tecnológica, la racionalización e industrialización de todos los procesos productivos y reproductivos (en especial los agrícolas) y la urbanización generalizada del mundo. Esta urbanización se defiende en base a la creencia, de nuevo fuertemente contrafactica, de que las ciudad son los espacios más eficientes en uso de territorio y recursos. De modo que el horizonte que dibuja el ecomodernismo sería el de un futuro en el que se podría contar con territorio y materias primas de sobra para continuar creciendo. Es más, la racionalización y concentración urbana serían de hecho la única vía para evitar el deterioro de todos los ecosistemas y hacer viables políticas de conservación en territorios que ya no sería necesario utilizar para crecer (imperativo irrenunciable para ellos) y que se podría elegir utilizar para conservar vida animal y vegetal.

Todo lo anterior entra en contradicción directa con los resultados de la economía ecológica. Ésta viene advirtiendo de que la deslocalización y externalización de las industrias productivas ha creado el espejismo de sociedades desacopladas, posindustriales o del conocimiento. La realidad es que nunca en la historia habían existido tantos obreros fabriles, se había consumido más carbón y petróleo o se había producido en mayor escala. El hecho de que dicha producción se haga en otro territorio está lejos de ser sinónimo de una desmaterialización. Lo mismo ocurre con la vida urbana. Una vez introducidos en la ecuación los costes energético-metabólicos, las infraestructuras, etc. las ciudades aparecen como grandes agujeros negros consumidores de casi todos y productores de prácticamente nada, muy alejado de cualquier eficiencia que no sea la económica.

El segundo problema clásico al que el ecomodernismo tiene que dar solución para proponer el mantenimiento y extensión del modo de vida actual es el energético. El imperativo básico de su proyecto en este aspecto es el acceso a fuentes de energía baratas y limpias, en el sentido reduccionista de no emisoras de gases de efecto invernadero. De ahí se deriva su apuesta por dos vías. Por un lado, el desarrollo de energías renovables. Respecto a estas entienden, creo que con buen tino, que por sí mismas y si el objetivo es mantener y ampliar el consumo actual estas fuentes de energía serían básicamente insuficientes. De ese modo, criticando el aumento en el uso del carbón que ha acompañado a la transición a las renovables en lugares como California o Alemania, su apuesta es utilizar la energía nuclear como complemento a las renovables. Propugnan que desde el ámbito de un ecologismo dispuesto a evitar el cambio climático es necesario la defensa de las centrales existentes, la mejora de la tecnología nuclear de fisión y la construcción de más centrales nucleares, especialmente en países del Tercer Mundo. De igual modo confían en que el desarrollo de la tecnología de fusión nuclear, desde su perspectiva viable y cercana en el tiempo con el suficiente apoyo al desarrollo tecnológico, hará que al territorio en abundancia se una una energía prácticamente ilimitada.

Esta postura sin duda no deja de ser el resultado desquiciado de su negativa a poner sobre la mesa la necesidad de una reducción en el consumo y una transformación de nuestras sociedades y nuestras formas de vida. Sobre todo porque sigue sin estar muy claro en qué sentido, más allá de en el de no emisoras de carbono, la producción de energía nuclear es una fuente barata y limpia. No es barata en tanto que históricamente ha tenido que venir subvencionada por los estados para ser viable, y desde luego con Fukushima a la vuelta de la esquina parece risible que haya quien se atreva a defenderla como limpia.

En resumen, la propuesta del ecomodernismo se podría resumir como una adaptación al cambio climático basada en la racionalización y el desarrollo tecnológico, que construya un horizonte de crecimiento económico desmaterializado en un planeta con territorio, materiales y energía esencialmente inagotables para los fines humanos y compatible con el desarrollo de espacios de conservación animal y vegetal. Un escenario muy alejado de cualquier realidad termodinámica o material.

Pero la cosa va incluso más allá. Y es que en la base de la posibilidad de sostener el proyecto ecomodernista como una alternativa viable se encuentra una fuerte componente de utopismo tecnológico y de esperanza en los desarrollos tecnológicos: la idea de corte mítico de que frente a la emergencia climática los seres humanos podrán desarrollar tecnologías que racionalicen y hagan más eficientes la vida humana en el planeta mediante la artificialización total del mismo. Así hacen suya una de las ilusiones más extendidas en nuestra sociedad, la de que la solución a todos nuestros problemas pasa por cosas como convertirnos en cyborgs, reproducir artificialmente la naturaleza o todo lo anterior localizado y situado en una feliz colonia en Marte. En todo ello resuena un equívoco fundamental y dos olvidos imperdonables. El equívico es considerar que el hecho de que hayamos desarrollado capacidades de incidencia en el mundo natural tremendas es sinónimo de haber desarrollado un control total del mismo. Pese a que podemos hacer desaparecer montañas o cambiar el clima a nivel planetario, estamos muy lejos de tener control alguno sobre el mundo natural, que no deja de seguir un comportamiento propio que en el momento actual camina hacia la dirección de una incompatibilidad con la vida humana en el planeta.

Respecto a los olvidos, son por un lado el de la naturaleza interdependiente y ecodependiente de la vida humana en el planeta. Al igual que ninguna tecnología podrá dar solución a la necesidad que tenemos de depender los unos de los otros para poder vivir, tampoco es razonable tomar como presupuesto de la solución a los graves problemas socio-ecológicos que afrontamos la creencia de que mediante la tecnología vamos a dejar de depender de las dinámicas plantearias para nuestra supervivencia. El segundo olvido es precisamente es el del lazo indisoluble que existen entre problemas ecológicos y sociales. Por mucho que pretendamos presentarlo como neutro y natural, es nuestro marco civilizatorio y nuestra forma de vida la que se encuentra en la raíz de todos nuestros problemas, y solo mediante su puesta en cuestión y superación en un sentido emancipatorio podremos ponerles fin.

Así en el ecomodernismo es fácil identificar un gran riesgo. Si llegara hacerse sinónimo de ecologismo, acabaría precisamente con uno de los pocos lugares desde donde es posible analizar de manera realista nuestro mundo y pensar en su transformación. Lo sustituiría por un conjunto de creencias que se oponen a los hechos y que se demostrarán totalmente incapaces de solucionar nuestros problemas. O lo que es peor, lo harán parcialmente a costa de inaugurar un régimen de control y administración totalitarias no ya de las sociedades, sino del conjunto de la vida en la Tierra.

[1] Traduzco así el término anglosajón de green washing, que es el que se suele utilizar en estos casos

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3 comentarios sobre “Ecomodernismo: Un falso ecologismo que promete cambiarlo todo dejándolo igual

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