Crisis y prostitución

La profunda crisis económica que sufre España en los últimos años está abocando cada vez más a españolas a ejercer la prostitución en locales de alterne, hasta ahora copados por mujeres rumanas, brasileñas y paraguayas”, se lee en todos los titulares de prensa del 21 de julio de 2012. Esta información nos llega de la mano de los/as analistas de la Unidad Central contra las Redes de Inmigración y Falsedades Documentales (UCRIF) de la Policía Nacional y de la ONG Médicos del Mundo, que aseguran que el fenómeno se ha agudizado en los últimos tiempos, en los que muchas mujeres que habían conseguido salir de la prostitución han tenido que regresar al «oficio» ante la falta de recursos, rebajando, además, el precio de los servicios y obligadas a practicar sexo sin preservativo ante la presión de los clientes.

La mayoría de las españolas que ejercen la prostitución lo hacen, aseguran, sin ser coaccionadas y sin haber caído en redes de explotación sexual. Es un trabajo más y lo hacen por su propio pie para poder hacer frente a sus deudas, dicen.

¿Es esto cierto? ¿Podemos hablar de la existencia de mujeres que ejercen la prostitución sin coacción alguna? Sin entrar a valorar la moralidad (o falta de la misma) de la práctica, nos aproximamos a la prostitución como un territorio más de explotación. En todos los curros, todos/as vendemos nuestro tiempo en un trabajo asalariado, por migajas. La espada de Damocles pende sobre todas nuestras cabezas: “o trabajas o morirás de hambre”. Jodida crisis. En ese sentido, la prostitución libremente acordada entre adultos/as es un trabajo más. Sin embargo, en este tipo de trabajo existe un elemento de dominación sexual y de género (del hombre sobre la mujer) a añadir al de la dominación económica de cualquier otro curro.

La postura “abolicionista”

Una visión entiende que el patriarcado que rige nuestra sociedad ha convertido a las mujeres en bienes a ostentar contra su voluntad. Les ha cosificado, es decir, les ha convertido en cosas u objetos mediante instrumentos como la tortura diaria de los penes-picanas, de las palabras–látigos y la puta esquina como campo de concentración a cielo abierto. Es un sistema gobernado por un lenguaje amordazante e idiotizante, con la humillación y la vergüenza como “la marca de la puta”. Las mujeres que se prostituyen carecen de poder contestatario, de una voz propia desobediente. Jamás así romperán los velos de esta normalización violenta de las que ellas son sus actoras principales y nosotras/os como sociedad somos cómplices.

Tal es la postura de autoras como Carmen Vigil y María Luisa Vicente, que afirman que “mantener que las mujeres que ejercen la prostitución voluntariamente no son víctimas de explotación sexual es negar el carácter objetivo de las relaciones sociales de explotación, que no dependen del mayor o menor grado de adaptación de las víctimas a su situación. Según este criterio de la voluntariedad, las mujeres que quieren y eligen ser amas de casa (todavía muchas) no serían víctimas de las relaciones de dependencia económica que las mantienen sujetas a sus mantenedores, las mujeres que quieren seguir ligadas a sus maltratadores no serían víctimas del maltrato que éstos les infringen o, en general, las mujeres que aceptan gustosas las funciones asociadas a su estatuto de mujer (por ejemplo, la responsabilidad de las tareas domésticas y del cuidado de las personas dependientes), no serían víctimas de la desigualdad de género. Si hay mujeres que, aprovechando la existencia de una demanda masculina de cuerpos femeninos, deciden utilizar el suyo para conseguir dinero (en el uso de su libertad, como dicen los reglamentaristas), no podemos impedírselo, como tampoco podemos impedir que haya mujeres que decidan abandonar su trabajo remunerado al casarse o al tener hijos, o que decidan seguir viviendo con sus maridos maltratadores. Pero, desde una posición política feminista, lo que de ningún modo puede hacerse es apoyar, confortar ni mucho menos reivindicar estas opciones vitales, que sirven objetivamente los intereses patriarcales y refuerzan el sistema de género”.

En definitiva, afirman que la violencia cotidiana de la prostitución ejercida, administrada sobre cuerpos y subjetividades, les convierte en mujeres-objeto. “Nosotras empezamos ese caminar en el mismo momento que nos paran en la esquina, huimos de esa realidad violenta poniéndonos ‘anteojeras voluntarias’ que es la mentira, el autoengaño, y la máscara. Este ejercicio de separación del cuerpo y la mente, la mujer prostituida, lo realiza cada vez que entra en el cuarto–celda”, escribe Sonia Sánchez, coautora del libro Ninguna Mujer Nace para Puta.

Con el vaciamiento y bloqueo de los sentimientos y saberes, a la mujer prostituida le cuesta reconocerse como víctima y denomina al prostituyente como “mi cliente” o “mi amiguito”. Cuanto más adulta es, más se apropia de ella ese lenguaje deformante, que le impide ver a su cliente como un torturador, un hombre que, en los casos más extremos «no dudaría en violarle, manosearle o humillarle sistemáticamente durante años. Eso sí, pagando. Y a las torturas físicas les siguen las psicológicas y después lo que – quizás -, sea lo peor de todo: la soledad. La soledad en la esquina es de exposición y vulnerabilidad completa e ilimitada» (según Sonia Sánchez). Allí, ella no se apropia de la ciudad, ni tiene un espacio que la contenga. En esa esquina y a partir de esa soledad se construye una realidad paralela, donde el Estado tiene derecho a criminalizarte, el prostituyente a expropiar tu cuerpo, la sociedad a vomitar en ti todas sus broncas. Por todas estas razones, esta soledad le da forma a la prostitución. Sin embargo, es la soledad más acompañada, porque te controla el vecino, el chulo, el prostituyente, la policía y la otra mujer que está siendo explotada a tu lado.

La puta es la anfitriona del cambio social. Porque así como el ama de casa puede recoger todo su saber sobre la vida y devolverlo a todas las mujeres como fundamental a la vida humana; así como la lesbiana puede recoger todo su saber sobre su cuerpo y devolverlo a todas las mujeres, así la puta puede recoger todo su saber sobre el otro violento y prostituyente y devolverlo a las mujeres. En ella y desde ella en rebelión, es que muchas cosas se pueden aclarar. Si ella desactiva los mecanismos de cosificación que sobre su cuerpo y su placer recaen es una tarea que nos va a llover y mojar de agua fresca a todas”, dice María Galindo, periodista y miembro del colectivo boliviano Mujeres Creando.

La postura de la defensa de los derechos de las trabajadoras del sexo

Otra visión, quizás mayoritaria con respecto a la anterior, entiende que la prostitución es una realidad en nuestra sociedad y que, a pesar de los diversos empeños históricos de las élites políticas y religiosas, así como una parte importante de movimientos sociales, grupos feministas, revolucionarios, etc. en perseguir la erradicación de la prostitución, ello no se ha logrado jamás. Como dice el artículo “Sex work and Anarchism”, publicado en www.london.indymedia.org en noviembre de 2011, “los intentos por abolir el trabajo sexual antes que cualquier otro trabajo son tan ingenuos como la guerra contra las drogas, pero con el problema logístico añadido de que implica un bien que puede ser producido por cualquier persona en cualquier momento”. Esta postura, pues, reconoce su existencia y busca defender o mejorar los derechos de estas trabajadoras, ya que la prostitución, según las condiciones en las que se ejerce, puede ser un trabajo de muy alto riesgo y llevar asociados problemas de salud, violencia y explotación importantes. Considera que no podemos ser indiferentes a la situación de quienes la ejercen.

Desde un punto de vista anarquista y revolucionario, la auto-organización de las trabajadoras del sexo para defenderse de la criminalización y la opresión tiene sentido y es legítimo en la lucha global de los trabajadores por la autodeterminación”, explica la revista inglesa Anarchist Federation (número 72, verano 2009).

Partiendo de esta premisa, esta postura busca proporcionar apoyo a las propias trabajadoras sexuales organizadas para reivindicar sus derechos, dejando claro que ninguna mujer puede ser obligada a prostituirse y que puede abandonar la profesión siempre que lo desee. Las trabajadoras sexuales que decidan mantenerse en ella, en cambio, han de contar con plena legitimidad para plantear sus demandas de emancipación y son las únicas interlocutoras válidas en todo lo que les afecta.

En España, por ejemplo, el colectivo Hetaira reivindica programas de promoción de la salud y prevención del VIH, talleres de capacitación e inserción laboral, que las prostitutas coticen a la seguridad social y reciban asesoría psicológica y sanitaria.

Cabe destacar que la defensa de los derechos de las mujeres que ejercen la prostitución no es en absoluto incompatible con buscar la desaparición de esta profesión o la ruptura de la relación asalariada y de dominación capitalista en el trabajo del sexo en el futuro.

Puntos en común y denuncia de lo inaceptable

A pesar de que las dos posturas que hemos presentado se encuentran enfrentadas, ambas presentan algunos puntos en común, en tanto que denuncian la represión y criminalización social que sufren las prostitutas. Como dice la Anarchist Federation, “muchas mujeres, hombres y personas transexuales que trabajan como prostitutas […] se enfrentan a una lucha contra bajos salaries, condiciones de trabajo precarias y riesgos para su salud y su seguridad, de una forma que no ocurre con otros trabajadores. También se enfrentan a la criminalización por parte de la policía en sus puestos de trabajo, por no mencionar la estigmatización y discriminación por parte de la sociedad en su conjunto”. En definitiva, ambas posturas encuentran inaceptable que cerca del 90% de las mujeres prostituidas en el mundo terminan siendo alcohólicas, drogodependientes, inducidas al suicidio y/o asesinadas.

Con este artículo ahora pretendemos que saques tus propias conclusiones y que puedas aportar tu propio punto de vista para alimentar este debate.

Más información sobre distintas posturas acerca de la prostitución en:

– El libro Ninguna Mujer Nace para Puta, escrito por Sonia Sánchez y María Galindo en 2007 y publicado por Lavaca.

– La web del colectivo de trabajadoras del sexo Hetaira: www.colectivohetaira.org

– El libro Nosotras, las Putas de Gail Petherson de 1992, editado por Talasa.

– La película Princesas, dirigida por Fernando León de Aranoa en 2005.

– La web de una plataforma estatal de organizaciones de mujeres por la abolición de la prostitución www.aboliciondelaprostitucion.org, que contiene numerosos artículos y documentos.

– La web del International Union of Sex Workers (en inglés): www.iusw.org

– La web “X-Talk” (en inglés): www.xtalkproject.net

– La web del International Committee on the Rights of Sex Workers in Europe (en inglés): www.sexworkeurope.org

– El artículo “Sex work and trafficking – a vile trade?”, escrito por la Anarchist Federation en su número 72 (verano de 2009), en inglés.

– Panfleto “Prostitution is not compatible with Anarchism”, que se puede descargar en http://london.indymedia.org/system/file_upload/2011/11/01/440/prostitution_is_not_compatible_with_anarchism.pdf y su contestación, titulada “Sex Work and Anarchism”, disponible en http://london.indymedia.org/articles/10748 (ambos en inglés)

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