Desde la Coordinación Anarquista Latinoamericana y organizaciones hermanas repudiamos las amenazas de intervención directa del gobierno de Estados Unidos sobre Venezuela, impulsadas por la administración Trump.
Estos intentos y amenazas de intervención no son hechos aislados ni son una respuesta coyuntural a supuestos problemas de “seguridad”, “narcotráfico” o “terrorismo”. Se inscriben, por el contrario, en una larga historia de injerencia imperial en América Latina y el Caribe, cuyos efectos han recaído sistemáticamente sobre los pueblos y las clases oprimidas de la región.
La historia es conocida: cada vez que Estados Unidos ha invocado estos pretextos, el resultado ha sido devastación social, pérdida de soberanía y violencia. Panamá en 1989, Irak en 2003 y múltiples intervenciones en nuestra región muestran que no se trata de “defensa de la democracia”, sino de control político, militar y económico. En el caso venezolano, estas amenazas se suman a más de una década de bloqueo económico que ha golpeado duramente la vida cotidiana del pueblo, profundizando la escasez, la precarización y el deterioro de las condiciones materiales de existencia.
En este sentido, es central remarcar que las agresiones imperialistas no castigan a las élites gobernantes, sino que recaen directamente sobre los sectores populares. El bloqueo, las sanciones, la intimidación militar y la asfixia financiera no son herramientas “quirúrgicas”: son mecanismos de guerra económica que buscan quebrar la resistencia de un pueblo entero, disciplinarlo y forzarlo a aceptar un orden subordinado.
Un ejemplo reciente y contundente de esta lógica es el acto de piratería y robo descarado a un barco petrolero venezolano por parte de militares armados de EEUU, que fue retenido y apropiado bajo el amparo de sanciones unilaterales. Más allá de los tecnicismos legales con los que Washington intenta justificar estas acciones, lo que queda en evidencia es un ejercicio de piratería moderna: la utilización del poder militar, judicial y financiero para apropiarse de los recursos. No se trata solo de un ataque al Estado venezolano, sino de una agresión directa al pueblo, porque cada cargamento incautado, cada bien retenido y cada activo confiscado profundiza las condiciones de vida impuestas por el bloqueo.
Es más, su desinterés con las vidas del pueblo queda evidente en la absoluta facilidad con que lanzaron explosivos a barcos pesqueros en la costa venezolana, quitando no solo la forma de sobrevivir de aquella gente, sino también sus vidas y su derecho a defenderse de acusaciones no comprobadas. La masacre fue televisada y celebrada por los de arriba.
Este tipo de acciones revelan con claridad qué significa hoy el “orden internacional” que defiende Estados Unidos: un sistema en el que las potencias se arrogan el derecho de decidir quién puede comerciar, quién puede producir y quién merece ser castigado. La legalidad internacional es selectiva,flexible para los aliados y brutalmente rígida para quienes no se subordinan. En ese marco, el saqueo de barcos, el congelamiento de activos y las sanciones económicas funcionan como armas de guerra, aunque se presenten como medidas administrativas.
En esa misma lógica de cinismo y doble vara se inscribe el reciente otorgamiento del Premio Nobel de la Paz a María Corina Machado. Este tipo de premios no expresa valores universales, sino alineamientos geopolíticos. Lejos de representar una defensa genuina de los derechos del pueblo venezolano, este reconocimiento opera como un gesto político del poder imperial hacia una dirigente que ha avalado abiertamente las sanciones, el bloqueo económico y las amenazas de intervención. La derecha venezolana, lejos de ofrecer una salida para las clases populares, se presenta así como socia necesaria de una estrategia que profundiza el sufrimiento social y la dependencia.
La reaparición explícita de la Doctrina Monroe en documentos y declaraciones recientes del gobierno estadounidense no hace más que confirmar este rumbo. La vieja consigna de “América para los americanos” —es decir, para los intereses de Washington— vuelve a ser reivindicada sin eufemismos, reinstalando la idea de América Latina como zona natural de dominio. Esto no solo amenaza a Venezuela, sino al conjunto de los pueblos del continente, al legitimar intervenciones, presiones económicas, golpes de Estado y el alineamiento forzado de los gobiernos que se aparten de los intereses imperiales. Como fiel ejemplo de ello hemos visto en los últimos meses una intervención sin precedentes del Gobierno de Trump en Argentina, puntualmente en la política económica doméstica, el mercado cambiario y hasta en el proceso electoral dando un brusco espaldarazo al Gobierno de Milei.
En el contexto actual, Estados Unidos ya no es una potencia incontestada, pero sigue siendo un actor central de un orden mundial basado en la violencia, el saqueo y la imposición. Su agresividad creciente expresa también sus propias crisis internas y su necesidad de reafirmar su control sobre territorios estratégicos ricos en petróleo, minerales, agua y biodiversidad. América Latina, una vez más, aparece como botín y retaguardia de un proyecto imperial que sigue siendo profundamente peligroso.
Defender la autodeterminación de los pueblos — clases dominadas, explotadas, y oprimidas dentro de los llamados contextos “nacionales”– no implica idealizar gobiernos ni negar contradicciones internas propias del proceso venezolano del que somos críticos, sino rechazar de plano la intervención extranjera y afirmar el derecho de cada clase dominada, explotada y oprimida a luchar por el mejoramiento de su destino sin amenazas, bloqueos ni ocupaciones. En ese sentido afirmamos que la organización frente a esta situación no puede venir de arriba ni ser delegada en estructuras estatales, sino que solo puede construirse desde abajo, a través de la organización popular y la participación directa de quienes sostienen la vida cotidiana en condiciones de asedio.
El caso del barco saqueado, como el bloqueo económico en su conjunto, demuestra que el imperialismo no busca “corregir” gobiernos, sino someter pueblos enteros mediante el hambre, el aislamiento y el castigo colectivo.
En Venezuela, como en el resto de América Latina, aun en medio de las dificultades dadas por la burocratización, las limitaciones y las tensiones con el Estado que tienden a debilitar la organización desde abajo, las comunas, los espacios territoriales y las formas de organización popular sostienen día a día la resistencia material y social frente al bloqueo, la escasez y la agresión imperialista.
Nuestra lucha va más allá de las fronteras impuestas por los Estados y nos une con el conjunto de las clases oprimidas. El gobierno imperialista del norte ha asumido una posición xenófoba, racista y persecutoria a las comunidades migrantes en su territorio. El ataque a Venezuela se sustenta ideológicamente en el racismo que es constitutivo del Estado estadounidense -como del resto de los Estados-, y que se irradia interna y externamente; en favor de las clases dominantes de dicho país.
Frente a esta ofensiva, como anarquistas denunciamos al gobierno de EEUU y afirmamos que la salida no vendrá de Estados más fuertes ni de disputas entre potencias, tampoco de las dichas organizaciones internacionales creadas por y para los Estados, sino de la construcción de un pueblo fuerte, organizado desde abajo, con independencia política y capacidad real de disputar poder.
La historia de América Latina demuestra que cada avance del imperialismo ha encontrado resistencia aun en condiciones adversas, esto sostiene la dignidad y la capacidad de respuesta colectiva, es la base material del poder popular desde abajo.
Porque frente al imperialismo no hay neutralidad posible. O se está del lado del dominio, el saqueo y la guerra, o se está del lado de los oprimidos.
Nuestra apuesta es de largo aliento pero es clara: fortalecer la organización popular, profundizar la resistencia y construir desde abajo un horizonte emancipador para las clases oprimidas del mundo.
¡El imperialismo no pasará!
¡Arriba los y las que luchan!
Coordinación Anarquista Latinoamerica (CALA)
Federación Anarquista Uruguaya (FAU) – Uruguay
Federación Anarquista Santiago (FAS) – Chile
Coordenação Anarquista Brasileira (CAB) – Brazil
Federación Anarquista Rosario (FAR) – Argentina
Organización Anarquista Resistencia (OAR) – Argentina
Organización Anarquista Tucumán (OAT) – Argentina
Organización Anarquista Cordoba (OAC) – Argentina
Organización Anarquista Santa Cruz (OASC) – Argentina
La Tordo Negro – Organización Anarquista Enterriana – Argentina
Organización Anarquista Impulso – Argentina
Organizaciónes Hermanas:
Black Rose
Anarquist Federation / Federación Anarquista Rosa Negra (BRRN) – USA
