Veinte años después de ‘El Club de la Lucha’ y el dilema de la pastilla roja y la pastilla azul

Lo que posees acabará poseyéndote” – El Club de la Lucha.

Hace veinte años, en 1999, los estudios de cine anglosajones vivieron una auténtica explosión de creatividad. El viejo milenio terminaba, empezaba una nueva era de modernidad y, con ella, se revolucionó el séptimo arte con títulos que marcarían una época: La milla verde, Las normas de la casa de la sidra, Magnolia, Eyes Wide Shut, American Beauty, El talento de Mr. Ripley, El sexto sentido, Vírgenes suicidas, Cómo ser John Malkovich, American pie, El proyecto de la bruja de Blair, South Park, Toy Story 2 y un largo etcétera. Pero ninguna película marcaría tanto al público durante las siguientes décadas como las dos joyas de ese año: Matrix y El Club de la Lucha.

Son dos filmes absolutamente excepcionales que, con un lenguaje muy diverso, nos transmiten un mensaje muy similar: todo es mentira. La primera es una película de ciencia ficción en la que las máquinas cultivan a los seres humanos como fuente de energía mientras sus cerebros se encuentran atrapados en un programa informático. Un mesías, Neo (Keanu Reaves), sigue a una mujer con un tatuaje de conejo blanca hasta dar con Morpheo, que le despertará de su letargo para ayudarle a que libere a la humanidad. La segunda es la historia de un joven treintañero –cuyo nombre desconocemos pero está interpretado por Edward Norton– desilusionado con la vida que desarrolla un amigo imaginario (sin conocer él que no se trata de una persona real, sino de su conciencia), llamado Tyler Durden (Brad Pitt) que le anima a transgredir las normas y a crear un club de la lucha para darse de hostias con otros tíos. La persona que crea es el arquetipo de hombre hipermasculinizado: guapo, musculado, chulo y que se hace. “Todo lo que siempre has querido ser, eso soy yo. Mi aspecto es el que te gustaría tener. Follo como te gustaría follar. Soy inteligente, capaz, y lo más importante, soy libre de todas las maneras que tú no lo eres”, le dice Tyler.

Pese a sus notables diferencias, el mensaje de ambas es que el mundo en el que vivimos es una enorme mentira. Y no sólo eso sino que, además, la única forma de acabar con esa mentira, de acceder a la realidad, es terriblemente traumática y requiere una gran violencia. Como apuntan en el podcast Todopoderosos, en cierto sentido, ambas obras son adaptaciones de la genial Alicia en el País de las Maravillas (Lewis Carroll, 1865), en tanto que la única forma de comprender nuestro entorno es seguir al conejo blanco, bajar al submundo y compararlo con el nuestro. Sólo así, rompiendo con lo establecido, comprenderemos nuestra realidad.

Tanto los protagonistas de Matrix como del Club de la Lucha son niños de treinta años, de clase media, que trabajan como oficinistas. Las cosas les vienen ya dadas, pero no les producen ninguna satisfacción. Trabajar y consumir sin cesar genera adultos inmaduros, con un desarrollo emocional truncado, eternamente descontentos, porque siempre quieren más.

La segunda de estas películas –basada en la novela homónima de Chuck Palahniuk, autor generalmente asociado con el nihilismo, en la que probablemente sea una de las mejores adaptaciones de la literatura al cine– es las más completa y las más compleja de las dos, ya que no sólo se limita a criticar la realidad, sino que carga las tintas contra el sistema capitalista y la sociedad de consumo.

El ataque contra la sociedad occidental consumista puede parecer tan evidente que roza la simpleza en ocasiones, llegando Brad Pitt a romper la cuarta pared y mirar directamente a la cámara y a espetar: “No sois vuestro trabajo. No sois vuestra cuenta corriente. No sois el coche que tenéis, ni el contenido de vuestra cartera. No sois vuestros pantalones. Sois la mierda cantante y danzante del mundo”. Pero su complejidad radica en el estilo poco complaciente y en el lenguaje tan directo. Es una película que mete el dedo en la llaga, que suelta verdades como puños y que deja a muchas espectadoras intranquilas en sus asientos, encajando golpe tras golpe.

Es difícil que quienes crecimos a finales del siglo pasado no nos identifiquemos con muchos de sus mensajes. “Tenemos empleos que odiamos para comprar cosas que no necesitamos”, dice un Tyler Durden que habla por toda una generación en El Club de la Lucha. “Crecimos con una televisión que nos hizo creer que algún día seríamos millonarios, dioses del cine o estrellas del rock. Pero no lo seremos. Y poco a poco lo entendemos. Lo que hace que estemos muy cabreados”. Pura rabia ante el descubrimiento de que no somos especiales, sino gente normal y corriente. Por mucho champú especial que compremos, aunque decoremos nuestra casa con las últimas monerías de Ikea y nos compremos la ropa más nueva y guay, jamás destacaremos frente al resto. Y es que una de las principales críticas que hace la obra –tanto la novela como la peli– está dirigida al individualismo que impera en nuestra sociedad.

Lo que esta película muestra con gran maestría es que nuestra realidad no nos estimula, sino que nos entumece y, al igual que sucede en Matrix, nos convierte en simple ganado. “Sólo somos consumidores. El producto secundario de una obsesión con el nivel de vida”, añade Durden. Denuncia, además, que incluso nuestros cuerpos son productos de consumo (“la autoperfección es simple masturbación”, “folla por deporte, no por placer”), anticipándose en unos años al advenimiento de las redes sociales y la cultura del selfie y la adicción a los likes.

En Matrix la desprogramación comienza con la ingesta de la píldora roja. Morpheo le ofrece a Neo la posibilidad de tragarse la píldora azul y creerse la falsa realidad que le rodea, pero éste escoge la roja y se sumerge en un mundo de dolor y sufrimiento. “Si tomas la roja te quedarás en el país de las maravillas, y yo te enseñaré hasta dónde llega la madriguera de conejos. Recuerda, lo único que te ofrezco es la verdad, nada más”, le había advertido Morpheo. Y la realidad duele.

En El Club de la Lucha esa ruptura con la realidad empieza con las peleas de hombres en sótanos oscuros. El protagonista interpretado por Edward Norton entendía que la mejor forma de expresar su ira era ejerciendo la violencia entre sus semejantes primero, y contra las grandes corporaciones después, pero desde un paradigma de violencia masculina, poco estratégica, aleatoria y arcaica. Y estas escenas cargadas de significación machista son precisamente las que han despertado algunas de las críticas más feroces desde algunas posturas de izquierdas y feministas. A través de los clubes de la lucha Tyler Durden va creando un ejército de hombres furiosos que lo quieren destrozar todo y obedecen ciegamente sus órdenes. Cuando uno de ellos muere en un accidente, todos repiten su nombre como robots. Estos autómatas hijos de su tiempo, crecidos en una sociedad alienante, encuentran refugio en los grupos que van formando, que sustituyen a las familias que son incapaces de atender a sus necesidades emotivas.

Pero muchas lecturas alternativas, incluidas las del propio director (David Fincher) interpretan la novela –que es terriblemente sarcástica de principio a fin– precisamente como un alegato contra estas actitudes. En un artículo titulado “El club de la lucha, 20 años malinterpretando un retrato de la masculinidad tóxica”, publicado por Francesc Miró, el autor establece que “ha costado veinte años que muchos analistas culturales -hombres en su mayoría- empiecen a leer en la película de David Fincher algo más que una sátira del capitalismo tardío. El filme podría ser también una magnífica reflexión sobre los peligros de la masculinidad tóxica”. Y así es, porque uno de los ejes centrales de la obra gira en torno a cachondearse del hombre moderno, frustrado porque siente que la sociedad occidental actual que satisface sus necesidades básicas le priva de su masculinidad, que añora la época en la que cazaba para comer y daba rienda suelta a su violencia “natural”.

El lavado de cerebro que Tyler le hace a sus soldados es una crítica a esa masculinidad tóxica, al militarismo y a la obediencia ciega a una autoridad que, a base de decirle verdades a sus seguidores, sustituye a unos opresores por otros. El único rayo de luz y positivismo lo pone el personaje de Marla Singer (interpretado por Helena Boham Carter), que es la única persona real y con criterio propio que se relaciona con el protagonista.

Efectivamente, la cinta oculta un mensaje transgresor, pero distinto del que se interpretó inicialmente. La película fue un auténtico fiasco en las salas de cine, destrozada por la crítica, pero convertida en objeto de culto en el mercado del DVD. Hubo una época en la que todos los centros sociales de nuestro entorno la proyectaban. Sin embargo, tanto Matrix (curiosamente, dirigida por dos mujeres trans) como El Club de la Lucha están siendo “recuperadas” y son objeto de adulación por la extrema derecha estadounidense (la Alt-Right), que está tratando de pervertir su mensaje, alegando que lo que estas obras buscan denunciar es cómo el feminismo busca emascular a los hombres y la rebelión de éstos contra la imposición de la “ideología de género” (usando el lenguaje de nuestra ultraderecha patria).

Pero esto no es así. Recordemos que en la última escena de El Club de la Lucha, cuando el personaje de Edward Norton, horrorizado por la oleada de violencia que ha desatado, igual de deshumanizante que el sistema contra el que lucha, se pega un tiro en la cabeza (“cuando tienes una pistola en la boca solo pronuncias las vocales”) para matar a Tyler. “La novela y la película son muy literales”, decía la periodista Marta Trivi en el podcast cultural Choquejuergas. “El tipo que tenemos que aspirar a ser nos hace mucho daño, nos está jodiendo la vida. El protagonista acaba por pegarse un tiro por esa masculinidad. Sabe que no va a poder ser feliz si no se deshace de ella”.

Pero la tremenda complejidad de la obra se hace patente a continuación, cuando el protagonista contempla junto a Marla Singer la explosión y caída del rascacielos que alberga la mayor entidad bancaria y financiera del mundo. Y, en ese momento, al ritmo de un tema de los Pixies, se cogen de la mano y contemplan con fascinación y esperanza el espectáculo. Porque aunque no quería que detonase la bomba fabricada con kilos de jabón casero, acción que delegó en su alter-ego Tyler, no puede evitar sentir un rayo de esperanza ante las posibilidades que se abren ante ellos. “Me has conocido en un momento muy extraño de mi vida”, le dice a Marla mientras sangra por la boca. Horror e ilusión a partes iguales. Una escena brillante.

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