La campaña ‘Cero contenciones’ reclama que no se ate a gente en ingresos psiquiátricos

Atar a las personas a la cama por las muñecas, tobillos y/o la cintura no es ilegal, a día de hoy, en el Estado español, cuando nos encontramos en el ámbito de la psiquiatría. Se trata de una práctica que ha generado enormes críticas y años de luchas por parte de activistas de la salud mental, las cuales han desembocado en diferentes procesos de resistencia. En nuestro contexto más inmediato el colectivo LoComún[1] ha lanzado la campaña #0Contenciones, en la cual mediante la difusión de documentos y testimonios de afectadas abogan por acelerar la abolición de una práctica prohibida ya en otros países buscando politizar colectivamente el malestar con una mirada social.

En el artículo “Horror vacui. A propósito de la campaña #0contenciones, breves reflexiones personales”[2], Fernando A. explica de la siguiente manera el enfoque de la campaña: “Lo primero que hay que dejar claro es que el uso de correas supone una vulneración de derechos esenciales. No lo digo yo, lo hace la ONU. Es decir, que cuando en mitad de una crisis (o no, porque conocemos plantas de psiquiatría donde también se ata como medida preventiva o como castigo), la solución de quienes deben acompañarte en la recuperación pasa por atarte con correas se produce una vulneración de los derechos humanos. En jerga legal, estamos frente a “un trato inhumano y degradante”.  El que lleve mucho tiempo haciéndose así (pues amarrar a los locos viene de muy lejos en la Historia) no lo justifica, solo pone en evidencia la existencia de una correlación de fuerzas desfavorable donde las personas que son sistemáticamente atadas por su condición de pacientes psiquiátricos no han podido superar las condiciones objetivas en las que están inmersas. Sin embargo, la vida humana alberga la posibilidad del cambio, y eso es lo que la hace especialmente valiosa. Las fuerzas mutan. Y al hacerlo, los derechos humanos pueden servir como palanca que permite desviar el orden de cosas establecido. […] De lo que se trata es de que la victoria se produzca tan pronto como sea posible.

Lo segundo que me gustaría señalar es que cuando se exige a las activistas que están llevando a cabo la lucha por la abolición de las contenciones mecánicas una alternativa a las mismas se produce un fraude argumentativo. No hay alternativa a una violación de los derechos humanos… la alternativa a la prohibición que impedía a las mujeres votar era su derogación, la alternativa a la segregación racial fue el cese de la misma, la alternativa a la falta de un techo bajo el que vivir es el derecho universal a la vivienda, etc. No parece muy complicado de intuir si nos salimos de los parámetros de la salud mental. La alternativa a las contenciones mecánicas es su desaparición”.

¿Es esto posible? Tal y como explica Jordi Relaño en La Directa[3], “mientras Reino Unido ha llegado a casi eliminar las contenciones, Islandia las ha prohibido por ley y Holanda, Alemania, Finlandia o Suecia trabajan hace años para reducirlas”. Las ciudades de Trieste y Módena, por su parte, llevan dos años sin contener.

Uno de los puntos fuertes de esta campaña enfocada a denunciar la violación sistemática de derechos humanos ha sido la visibilización del sufrimiento ocasionado. Animamos a escuchar Radio Nikosia[4], una emisora que suma voces de personas diagnosticadas a fin de acceder a algunos de los desgarradores testimonios, como el de Amaya, que describe dos contenciones como “las experiencias más aterradoras” de su vida. “Llegué a considerar dislocarme las muñecas o los tobillos para mover una extremidad”.

Otros ejemplos los podemos leer en Twitter si buscamos el hashtag #0contenciones: “Me dejaron sola en la habitación y atada a la cama. Yo no entendía nada y tuve ataques de ansiedad porque no podía moverme y eso me agobiaba mucho. Además, estaba muy incómoda y me empezaba a doler la espalda”; “Había una chica (se llamaba S.) a la que ataron varias veces para contenerla y que tenía muchísima paranoia, xo era completamente inofensiva”; “Joven de 17 años ingresa en el Sanatorio Esquerdo al sacarla sus padres de allí tiene escaras en los talones que llegan al hueso, en la espalda y sale sin andar con una lesión en el nervio ciático y muchas cosas más. Ejemplo real del daño físico que pueden hacer”.

En su artículo de La Directa, Jordi Relaño concluye al respecto que “los testimonios recibidos para la campaña #0Contenciones señalan que la contención mecánica no se aplica en última instancia como recogen los protocolos, sino de forma sistemática, priorizando así la seguridad de las plantas de psiquiatría al sufrimiento de la personas”.

A las lesiones físicas y el sufrimiento imborrable que se genera hay que sumar también las muertes sin cuantificar. En 2017 se conocieron filtradas por la prensa dos fallecimientos en el Estado español durante contenciones, uno producido en A Coruña y otro en Oviedo. Pero ninguna muerte ha sido tan sonada en el panorama internacional como la de Francesco Mastrogiovanni en 2009, tras pasar cuatro días atado a una cama. Esto sucedió ante una cámara de seguridad. Su metraje se utilizó para producir el documental 87 Ore, que conmocionó la sociedad italiana y propulsó la campaña campaña E tu, slégalo Súbito!, la cual lucha por la abolición de las contenciones desde el 2015. Hace un mes un Tribunal de Casación italiano condenó a varios de los médicos y enfermeros del Hospital Vallo della Lucania que ordenaron inmovilizar a Francesco.

Volviendo al artículo “Horror vacui”, éste nos recuerda que no todo es un camino de rosas y que eliminando las contenciones no hallaremos ninguna solución mágica, pero que no por ello debemos abandonar la lucha. “Por supuesto, se han dado situaciones complicadas, pero lo que quiero compartir es que si uno se sabe en un espacio relativamente seguro, la posible agresividad se atempera. […] Ello hace que el nerviosismo no alcance las mismas cotas que en un espacio de reclusión donde nadie ha explicado nada (por supuesto nada acerca de las sustancias suministradas), donde hay personal uniformado y armado, donde el tránsito no es libre, donde las jerarquías están claramente delimitadas, donde, en definitiva, el conocimiento que puedas tener de lo que te pasa es negado por otro saber, que te es ajeno y no te reconoce como interlocutor. Un saber que falla una y otra vez, pero que está legitimado socialmente. […]

Es fundamental prestar especial atención a la cabeza, que es la que suele llevarse la mayor parte de los golpes. Se puede también ofrecer algún elemento que permita descargar la tensión sobre él. En ocasiones es necesaria la presencia de varias personas y que haya relevos hasta que la situación pase. Y en mi experiencia, siempre ha pasado, tanto cuando he estado de un lado como cuando lo he estado del otro. Hay que vigilar las posiciones, porque es normal que las extremidades se queden mal colocadas (una muñeca doblada, por ejemplo) y se puedan producir pequeñas lesiones.

Mantener la calma es crucial. No hay que perder de vista que cuando se producen destrozos durante una crisis, lo que se rompen son objetos. Vivimos un momento histórico en el que en muchas ocasiones se valora más al mobiliario que a las personas. Solo son cosas. Tienen arreglo si se estropean. Si nuestra gente se rompe por dentro el asunto se vuelve mucho más complicado. Si en una planta de agudos volteas una silla es muy probable que acabes atado y babeando, pero es solo una silla. Lo interesante es saber qué te ha llevado a volcarla, qué sientes y qué necesitas.

Acompañar a personas que atraviesan momentos de sufrimiento psíquico más extremo implica poner el cuerpo. A veces te llevas algún viaje (tantos menos cuanto más se conozca y planifique la situación). Para escribir este texto le he preguntado a una persona que estuvo presente en muchos de mis “episodios”. Dice que no recuerda nada concreto, que seguro que alguna vez se llevó algún empujón, algún golpe al tratar de protegerme… pero que eso es irrelevante. Me sonrió al decirlo, se refirió a ello como ‘gajes del oficio’. Ese oficio por el que nadie nos paga y que consiste en sobrevivir. Tener una lágrima de emoción cruzándome la mejilla mientras lo escribo me recuerda que estoy vivo”.

Más información en www.0contenciones.org

 

[Documental] 87 horas

Dirigido por Constanza Quatriglio. 1 hora y 15 minutos. Italia, 2015

Francesco Mastrogiovanni falleció a los 58 años de edad tras pasar del 31 de julio al 4 de agosto de 2009 sujeto con correas a una cama del centro psiquiátrico del hospital Vallo della Lucania, en la provincia de Salerno (Italia). Mastrogiovanni, profesor y libertario, había ingresado de forma involuntaria, tras lo cual fue sedado mediante psicofármacos y atado con contenciones mecánicas hasta que murió tras una larga agonía.

La cineasta Constanza Quatriglio, con el consentimiento de los familiares y amigos de Francesco, creó un documental, 87 horas, el cual fue proyectado en el Senado italiano y difundido por la televisión estatal italiana RAI Tre. En él, se recogen imágenes de nueve cámaras de seguridad que fueron testigos de la más absurda y cruel de las barbaries.

Las compañeras de la web Primera Vocal lo han colgado entero en su web (www.primeravocal.org/87-horas) acompañado del siguiente mensaje: “Advertimos: sin duda se trata de uno de los materiales más duros que hemos recopilado en esta página web. De hecho, el adjetivo “duro” se queda lejos del significado real que tienen estas imágenes. Queremos avisar de ello, y animamos a que el visionado se haga en compañía y en espacios de seguridad.

Difundimos este vídeo a menos de un mes de que un paciente psiquiátrico ingresado en la Unidad de Hospitalización Psiquiátrica (UHP) del Complejo Hospitalario de A Coruña falleciera mientras se encontraba contenido mecánicamente. A día de hoy (22 de marzo de 2017), todavía esperamos una explicación por parte de las autoridades e instituciones pertinentes. Nos preguntamos abiertamente cuánto vale la vida de las personas diagnosticadas en mitad de esta devastación. Queremos conocer datos, exigimos transparencia: ¿cuántas contenciones se hacen en los dispositivos de salud mental de este país?, ¿cuál es su duración?, ¿en qué condiciones de recursos humanos y materiales se producen?, y, hoy especialmente, ¿cuántas personas mueren por el camino?

¿Qué más hace falta para que pare esta práctica que vulnera los derechos humanos y pone en riesgo la salud de los pacientes? ¿Acaso no hay una contradicción aberrante entre el hecho de atar y cuidar que debe ser superada?

Nos gustaría pedir a todo el mundo que entra en nuestra web que nos ayuden a difundir este vídeo. En él se guarda el más doloroso testimonio de los efectos secundarios de la psiquiatría más deshumanizada (y desgraciadamente, hegemónica)”.

Como se dice en 87 horas, es el cuerpo muerto de Francesco Mastrogiovanni el que nos cuenta la verdad acerca del trato que recibió en el lugar donde debería haber sido cuidado. Hay que agradecer a su familia y compañeros la lucha emprendida y la generosidad mostrada a la hora de pelear porque sucesos de este tipo no puedan volver a sucederse.

Cualquier noción ética, por rudimentaria o ajena a la salud mental que sea, clama por la abolición de las contenciones como medida de tratamiento, el resto son excusas… y en el peor de los casos, complicidad.

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[1] www.twitter.com/lo_co_mun

[2] www.primeravocal.org/horror-vacui-a-proposito-de-la-campana-0contenciones-breves-reflexiones-personales-de-fernando-a/

[3] www.directa.cat/una-campanya-demana-que-no-es-lliguin-les-persones-durant-els-ingressos-psiquiatrics/

[4] www.radionikosia.org

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