¿Sujeto político o sujeto al voto? Elecciones cotidianas más allá de la urna

Desde nuestra publicación siempre hemos llevado con mucha prudencia el tema electoralista; somos un medio social-libertario que aspiramos a recuperar las decisiones de nuestra vida sin intermediarios ni representantes, porque creemos que la cotidianidad es política; en tanto en cuanto la política es cómo percibimos nuestra propia vida en común con las demás personas que nos relacionamos. Es decir, fomentamos la práctica de una acción directa y que retomemos el control de nuestra vida política, para construir una comunidad social que se organiza y lucha, que logre conquistar mayores cotas de libertad e igualdad, pues una sin la otra no son nada. Bastantes organizaciones con su lucha diaria nos aportan pistas de cuáles son algunas claves que nos parecen interesantes de analizar y contar con ellas para lograr este objetivo último, es decir, la transformación integral de las sociedades desigualitarias desde su raíz.

Creemos que hay caminos que esclarecen este enrevesado laberinto social, iniciativas desde abajo que sitúan huellas con una marcada impronta libertaria, que generan espacios donde experimentar en confianza colectiva y sientan las bases de una pedagogía de la rebeldía. Y sin embargo, por otro lado, no creemos en aquéllos que se presentan como vanguardia de las clases populares bajo cualquier tipo de etiqueta o doctrina de fe salvadora (ya sea en el nombre del marxismo o del anarquismo) pues ya estamos cansadas de promesas de un futuro libertador mientras el capitalismo hunde en la miseria nuestros territorios diariamente. Solo nos motiva quien practica la autonomía política, tanto individual como social, quien pone en marcha proyectos económicos autogestivos, quien procura vincular la creatividad cultural a la emancipación como comunidad; es decir, quien desde códigos muy diversos se convierte en un sujeto revolucionario porque pone en marcha acciones de resistencia constructiva frente al capitalismo aquí y ahora.

Nadie es ajeno a la sociedad en la que sobrevive y, a veces, incluso convive. La entidad estatal moderna se erige desde el siglo XVIII sobre unas bases teóricas puramente abstractas, por eso mismo necesitaba de expresiones materiales que le otorgaran cohesión: territorio delimitado, bandera, himnos y una tradición inventada que proteger de manera coercitiva en nombre del bien colectivo y la soberanía del pueblo. Estos conceptos completamente ajenos a la gente corriente con vidas comunes debieron ser aprendidos bajo la proclama de “la letra con sangre entra”. Actualmente nos encontramos sociedades que no imaginan su vida más allá de las dinámicas impuestas por el capitalismo global, que ha mantenido las naciones como cadáveres necesarios para continuar dándole un sentido a las entidades sistémicas. Si bien a día de hoy continuamos bajo estos paradigmas aferrados a las naciones, las soberanías, los Estados y el parlamentarismo; es evidente la crisis de frustración que vivimos en los tiempos actuales. Cuando todas las conquistas sociales logradas por las sociedades europeas como resultado de inestimables luchas están siendo enajenadas, las generaciones que estamos viviendo esa desposesión somos empujadas hacia patologías fomentadas por nuestra mera existencia en este sistema incompatible con la vida. Y es ese mismo sistema quien nos da su antídoto envenenado: consumir a todos los niveles imaginables y acumular materialmente para superar las carencias relacionales en la comunidad. Se pierden los lazos de toda la vida, pero las instituciones estatales continúan representando un carácter vertebrador de la sociedad, aunque todos y todas sepamos que quienes gobiernan son empresarios y banqueros, el Estado posee una impronta inamovible en nuestro imaginario, si bien barnizado con la brocha de la postmodernidad líquida.

No es raro encontrarnos a muchos familiares y amigos o amigas, con quienes en cualquier conversación sobre temas políticos, proponen soluciones a los problemas reales que sufrimos las clases populares. Sus remedios fluctúan sobre dos ejes mayoritariamente: por un lado el individualismo competitivo que nos impone el mundo laboral y los méritos que suponen la acumulación de títulos universitarios perdiendo de vista un verdadero sentido de lo común; y por otro lado la defensa de un ideal profundamente nacionalista, de privilegios sociales intolerantes y una postura intransigente contra las minorías, que destierra de nuestra actitud la empatía y convivencia social sana. El discurso de izquierdas no está presentando batalla, la gente en la calle no plantea como solución a los problemas cotidianos apoyarse en sus semejantes. Solemos ver a otras personas, bien como competidoras o bien como invasoras de una construcción cultural defendida a ultranza, sin cuestionarnos que se trata de una construcción social que responde a intereses que no son los nuestros. No imaginan una autoorganización en las comunidades barriales o locales para construir soluciones aquí y ahora, en lugar de esperar a un futuro inexistente en que nos las entregarán en bandeja. La gente ha perdido esperanzas en actuar desde un pensamiento rebelde, y parecemos atrapados en esta confrontación entre neoliberalismo y nacionalismo.

Presenciamos en tiempos electorales continuamente el surgimiento de canales comunicativos diversos con recetas variopintas para arreglar el mundo, bien para castigar, o bien para frenar determinadas tendencias políticas; y sin embargo vemos pocas propuestas reales para generar contrapoderes pragmáticos y empoderamientos en nuestros espacios. Mientras debatimos acerca de qué tipo de insurrección es la más pura para salvar la sociedad, o sobre crear falsas esperanzas de que los gobiernos del cambio resolverán todos nuestros problemas; el pueblo trabajador seguimos desangrándonos. Y esta correntía de sangre es literal, porque se siguen matando a mujeres criminalmente, se siguen asesinando inmigrantes a las puertas de nuestras fronteras y los bancos siguen abocando al suicidio a muchas personas antes de robarles sus casas. Estamos fallando a nuestra gente, el capitalismo siembra el pánico y los discursos fascistas atraen a esa clase trabajadora alimentada con el miedo.

Una aplastante victoria del capitalismo ha sido encontrar su éxito en la globalización, es decir, en el internacionalismo del capital. De esta manera, el discurso de izquierdas quedó naufragando a la deriva, completamente noqueado, pues el neoliberalismo habría fagocitado su principal valedor, el apoyo internacionalista de la clase trabajadora, utilizándolo en favor de los beneficios de la economía de mercado. Ante esta situación, y tras la grave crisis económica mundial que llevamos arrastrando ya una década y que está dejando al pueblo trabajador en una posición de desamparo y precariedad, reaparecen las viejas recetas nacionalistas y autoritarias, pero como también históricamente irrumpieron, disfrazando su discurso de social y popular. Aquellas personas que queremos actuar desde una actitud social de izquierda libertaria, muchas veces sentimos encontrarnos ante un enorme muro delante que nos conduce a quedarnos en nuestras zonas de confort activista, o bien tratando de construir proyectos limitados y reducidos a un grupo, pero no con aspiraciones sociales amplias y una agenda propia de acción.

Desde hace algunos años, y bien podemos analizarlo si vemos la clase de movilizaciones que hemos llevado a cabo, nos encontramos en una postura completamente reactiva. Esperamos a recibir golpes en nuestro día a día: desahucios, despidos y precariedad, detenciones por delitos surrealistas, una sanidad deplorable… Creamos estructuras de apoyo que sirvan para reajustar o frenar estos palos que nos da el capitalismo cotidianamente, acabamos sumidos en una doctrina del shock, puesto que el impacto social es abrumador y deshace nuestro potencial activo. No tenemos tiempo, ni compromiso social, ni fuerzas emocionales para presentar una lucha que active la confrontación donde se encuentra el centro neurálgico de nuestros problemas. Quizá sea el momento determinante de pararnos a pensar si es sostenible para nosotras como comunidad social continuar retrocediendo. Tenemos capitalismo para rato, y además, el único actor que le hace frente es ese nacionalismo autoritario, con lo cual nos deja a los movimientos populares fuera del juego político y social, han exiliado nuestro discurso de izquierda transformadora.

Nuestro hacer diario debería identificarse con la línea del anarquismo social que, aprendiendo de la memoria del pasado, pero sin vivir de su anhelo, propone la práctica cotidiana de los valores y principios libertarios para sembrar las bases del mundo que queremos, y luchar contra aquél que nos destruye paulatinamente. La teoría y la práctica deben proyectarse al mismo tiempo y en el mismo espacio, no deben entenderse como categorías separadas. Siendo claros, si haces cosas libertarias, estás generando teoría revolucionaria y viceversa. Las prisas que parecen tener siempre aquellas personas que quieren arreglar todo mediante el voto o mediante la insurrección nos llama la atención, porque significa que no hemos aprendido demasiado sobre las capacidades reales como clase trabajadora que tenemos para transformar radicalmente las condiciones materiales de nuestra vida y dar un toquecito a la historia de la humanidad.

No queríamos escribir el típico panfleto abstencionista, ni quejarnos en exceso de lo pesadas que nos pueden resultar las campañas para que votemos bajo cualquier precio. Al día siguiente de la próxima cita electoral del 10 de noviembre tendremos que regresar a nuestro trabajo, o a buscarlo activamente, a continuar luchando por sobrevivir en un sistema desigualitario que nos lo pone tremendamente difícil. Y una semana más tarde, sabremos que siguen gobernando los mercados y la banca; y quizá dos meses más tarde comprobaremos con rabia que, aunque haya alcanzado las instituciones nuestra particular opción política de preferencia, las situaciones de precariedad en nuestro barrio o pueblo continuarán siendo las mismas. La alargada sombra de la extrema-derecha se cierne en este país desde hace demasiadas décadas, ahora su fantasma amenaza con el mismo traje a medida de siempre: liberal en lo económico, fascista en lo político. El régimen nacional-católico del Franquismo no fue otra cosa más que eso; una entidad política y económica que nunca ha abandonado las instituciones estatales, que ha continuado dirigiendo su timón férreamente a cara descubierta o desde las cloacas del mismo, porque el fin justifica cualquier medio.

Nuestro mensaje es bien claro: votes o no votes el próximo 10 de noviembre o en cualquier proceso electoral (institucional o sindical), la clave de cualquier mejora en nuestras condiciones sociales se sitúa en la organización colectiva y la lucha política incorporadas a nuestra vida. Al fin y al cabo, fue el anarquista español Ricardo Mella quien dijo: «votad lo que estiméis conveniente la jornada de las elecciones, o absteneos. Pero no olvidéis nunca que lo primordial es lo que hacéis, con vuestra lucha, los 364 días restantes del año».

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