Policía y desigualdad: sobre la policialización de lo social

Hace unos meses, entre octubre y noviembre de 2021, uno de nuestros podcasts de cabecera, La Linterna de Diógenes, emitió dos programas consecutivos monográficos sobre la policía y el securitarismo. En total 3 horas muy interesantes durante las cuales, a través de varias entrevistas, se van desgranando diferentes aspectos alrededor de lo policial y de su percepción social en las últimas décadas: la seguridad e inseguridad subjetiva, la inclusión/exclusión desde lo policial en la ciudad mercantilizada neoliberal, el concepto de burorrepresión, el papel de las normativas cívicas y de convivencia a la hora de ahondar en las dinámicas de exclusión social, o la importancia de las herramientas tecnológicas en el giro hacia lo preventivo que ha tomado la policía en los últimos años.

Muy recomendable escuchar ambos programas completos (puedes encontrarlos en Ivoox, aquí y aquí, o en las plataformas de multitud de radios libres de la península, como Radio Almaina, Radio Bronka, Radio Utopía, etc).

En cualquier caso, dado que nuestro espacio es limitado, hemos decidido plasmar por escrito un pequeño fragmento de dichos programas. Lo que reproducimos a continuación es una transcripción (adaptada) de la entrevista realizada a Débora Ávila Cantos, profesora de antropología social en la Universidad Complutense de Madrid e investigadora de políticas migratorias y lógicas neoliberales de gestión de lo social. En la misma, Débora nos alerta acerca de las estrategias de las (relativamente recientes) policías de proximidad, comunitarias, etc., y de cómo tanto ellas mismas como su lógica policial están consiguiendo entrar en espacios que antes le estaban vedados, como las escuelas, los barrios, asociaciones de vecinos, etc.

Linterna de Diógenes (LD): En primer lugar, ¿qué podemos entender por policía de proximidad o comunitaria?

Débora Ávila (DA): Se trata de una apuesta por un tipo de intervención policial que lleva desarrollándose desde hace unas dos décadas en nuestro país y, más en concreto, en Madrid. Consiste en un cambio en el enfoque del modo de intervención policial, que pasa de ser una intervención represiva, es decir, que actúa una vez se ha producido el delito, a ser preventiva. Lo que hace, de alguna manera, es intentar desactivar los posibles indicadores de criminalidad en una determinada población o espacio.

Para realizar este cambio en el abordaje del delito, la policía realiza también una serie de mutaciones en sus formas de trabajar, pasando a ser una policía que intenta penetrar en el tejido de un determinado barrio o comunidad y, a través de un trabajo de cercanía, de proximidad, de contacto con las personas que habitan en ese lugar, conocer lo que “se mueve” allí y así poder intervenir y prevenir el delito. Esto sería la definición sobre el papel.

LD: Esta estrategia obtendría un resultado positivo desde el punto de vista policial, al conseguir dos de los mayores tesoros que puede poseer un cuerpo policial, como son la inteligencia, en forma de información, y la legitimidad en el territorio.

DA: Eso es. En términos de la ciudadanía este cambio suele leerse de una manera positiva porque, de nuevo sobre el papel, desactiva la parte más dura, más represiva y violenta de la policía. Lo que sucede es que esa transformación de la policía no supone en absoluto un cambio en lo que son las funciones policiales, sino que de hecho incluso les permite profundizar en sus funciones porque, dado que la ciudadanía hace una lectura positiva de esta nueva actitud, le abre en canal el acceso a una información y unos lugares a los que normalmente no podría acceder por generar miedo, desconfianza y cerrazón. De esta forma, la policía gana terreno, porque consigue algo que es un tesoro muy codiciado: un plus de legitimidad, cuestión que para ellos siempre se encuentra en tensión, y que le permite penetrar en espacios y acceder a información a la que de otra forma no podría acceder.

LD: ¿Qué consecuencias tiene esta estrategia?

DA: Lo que hemos observado en Madrid, y también se ha observado en otras ciudades como Barcelona y Bilbao, es que ha permitido que la policía penetre en esferas de lo social que antes le eran vedadas, como pueden ser un instituto, un centro de mayores, una reunión o mesa de coordinación de asociaciones de vecinos, etc. Hace menos de dos décadas era impensable que la policía entrara en estos espacios. En los institutos, por ejemplo, ahora la policía realiza un trabajo cotidiano. En servicios sociales lo intentan también, aunque ahí encuentran todavía un poco mas de resistencia.

La pregunta que se abre entonces sería: esta penetración de la policía en espacios educativos, socio-sanitarios, o en el tejido vecinal, ¿se hace como una aliada que favorece el trabajo de estas instituciones y espacios, o por el contrario está generando un tipo de interferencia que modifica la lógica del trabajo social, educativo y comunitario?

LD: Quizás conceptos como comunidad, mediación comunitaria, prevención, etc., quedan resignificados y son llevados desde su origen social a las lógicas del control, de las que viene la policía. Es el concepto de policialización de lo social.

DA: Efectivamente, todo señala hacia lo segundo. Porque la policía puede modificar su lenguaje, sus formas de actuación o crear figuras ad hoc para trabajar en estos espacios, pero al final nos encontramos que no deja de ser como un disfraz. La policía toma estos nuevos roles y conceptos pero lo hace con la intención de seguir funcionando como un dispositivo policial.

Un ejemplo nos lo proporcionó un policía al que entrevistamos, el cual realizaba charlas supuestamente educativas en institutos, para alertar a los jóvenes de las consecuencias del consumo de drogas (solo desde una perspectiva de castigo, por supuesto). El policía reconocía que estaba usando esas charlas para acceder a información sobre las pequeñas redes de menudeo que se mueven en el barrio. Es un ejemplo muy evidente de cómo resignifican todo eso para llevarlo a su terreno.

Es más, terminan arrastrando a su propia lógica a aquellos con los que trabajan. No es la policía la que se socializa, sino los trabajadores sociales, educadores, etc. quienes se van contagiando de los modos de hacer de la policía. Sus lógicas acaban arrastrándose al tejido educativo y socio-comunitario de un barrio, y esto es lo que nos parece tremendamente peligroso.

LD: El libro El final del control policial, de Alex Vitale, estudia muchos de esos ámbitos que está colonizando la policía y demuestra la incapacidad de resolver los conflictos por esa vía. Una de las consecuencias más graves que señala sería que los movimientos barriales redefinan su propia agenda política y pasen de poner en el centro la problemática de la desigualdad, a focalizarse en los problemas de “convivencia”. ¿Esto está sucediendo?

DA: Sí, lo hemos visto claramente. Este giro es tremendamente perverso. Por un lado, desplazar del análisis de la realidad de un barrio la cuestión de la desigualdad para empezar a nombrar esos problemas que la desigualdad acarrea, como son los problemas de convivencia, es tremendamente dañino porque, en primer lugar, la cuestión de la igualdad también se ve desplazada de las reivindicaciones. Entonces nos encontramos con reivindicaciones vecinales que no tienen que ver con una redistribución de recursos si no con acabar con los problemas de convivencia, lo que suele llevar a reclamar más policía. Pero es que además esta lectura es tremendamente racista, y eso es importante decirlo, porque solo se leen como problemas de convivencia determinados efectos de la desigualdad, no todos. Al final, se genera una fractura muy fuerte en el barrio entre quienes se erigen a sí mismos como ciudadanos que sufren esos problemas de convivencia y quienes supuestamente los generan, que son realmente quienes soportan los mayores niveles de desigualdad social. Sobre esta población, el control de la policía es sistemático y continuo, habiendo determinadas poblaciones que sufren el acoso policial desde que se levantan hasta que se acuestan, por este doble marcaje que fractura los barrios.

LD: Es un doble juego. Por un lado, esa estrategia de colonización de lo social y, por otro, la cuestión securitaria, que termina legitimando una política cada vez más represora contra los grupos señalados como chivos expiatorios y fuente de la mayor parte de los temores de ese otro vecindario que termina exigiendo que el control policial se ejerza de manera diferenciada sobre los distintos grupos sociales.

DA: Efectivamente. El problema que se plantea es que desde la izquierda más transformadora no tenemos una alternativa a este modelo, entonces de alguna manera la izquierda que ha entrado en las instituciones también se ha visto seducida por los cantos de sirena de esta policía reformada que huía de ese lado más represivo. Es curioso, porque aunque exista numerosa bibliografía y experiencias que demuestran que la transformación de la policía no es posible y que la reforma de la policía lejos de conllevar menos policía conlleva precisamente más policía, todos los intentos de acordar la gestión de la policial han caído en el mismo error. Creo que también tiene que ver con que desde la izquierda más transformadora no hemos sido capaces de pensar una alternativa y es un tema pendiente y urgente a abordar: qué modelo de gestión proponemos.

LD: En cualquier caso, queda claro que es urgente reconstruir ese tejido vecinal que desde el barrio construya cohesión vecinal y expulse no solo a la policía si no a esa lógica policial que trae consigo, y que se vuelva a poner en el centro la desigualdad.

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