México, ¿Estado fallido o Estado asesino?

Hace más de dos meses que un ataque armado contra estudiantes mexicanos/as en el Estado de Guerrero dejó seis personas muertas y 43 estudiantes desaparecidos/as. Un ataque en el que se entrelazan sicarios y fuerzas de seguridad, y que ha desatado una ola de manifestaciones y acciones de protesta tanto dentro como fuera del país. Todo este tiempo después poco se ha aclarado, se ha detenido a varios sicarios, incluso al alcalde de Iguala, municipio en que se produjo el ataque, pero ni se sabe con certeza dónde están los/as estudiantes ni se acaba de aclarar el por qué de esta agresión. Pero aquí no queda todo, ya espeluznante de por sí, pues se nos hiela la sangre cuando semana tras semana el gobierno de turno (ya sea municipal, federal o estatal) saca a la luz la noticia de que han encontrado una nueva fosa común con una o dos decenas de cadáveres… y resulta que tampoco son los/as estudiantes. Y a los pocos días, otra más, y así sucesivamente. Muertos/as enterrados/as por toda la geografía de Guerrero, muertos/as que nadie sabe quiénes son ni desde cuándo están ahí. Y lo peor de todo es cuando eso llega a ser cotidiano, cuando te acostumbras a todo ese horror.

Este tema es complicado, la distancia y el desconocimiento delcontexto de México nos dificultan un acercamiento certero a la noticia, pero el mal cuerpo que se nos queda cada vez que leemos nueva información nos empuja a hacer este esfuerzo.

Volvamos al principio

El inicio de esta historia, al menos de su vertiente más trágica, se remonta al pasado 26 de septiembre. Suponemos que esto es algo de lo que ya casi todos/as estamos enterados/as, no hay medio de comunicación que no se haya hecho eco del caso, pero nunca está demás hacer un repaso de los acontecimientos, algo se puede sacar en claro. Aquella tarde circulaban por el municipio de Iguala (en el Estado de Guerrero) tres autobuses con numerosos/as estudiantes de la Escuela Normal Rural “Raúl Isidro Burgos” de Ayotzinapa que venían de recaudar fondos tanto para mantener la escuela como para financiarse el viaje para participar en la manifestación del 2 de octubre, que recuerda el asesinato de cientos/as de estudiantes durante las protestas de 1968, y que se enlaza con la actual lucha por una educación de calidad. Al paso por Iguala, varios coches de la policía municipal comienzan a perseguirles y, tras cortarles el paso, disparan sobre los autobuses. Horas más tarde, mientras se reunían en el lugar de los hechos estudiantes junto con profesores/as de la Coordinadora Estatal de Trabajadores de la Educación (CETEG)y varios/as periodistas, sufrían un segundo ataque, en este caso de manos de civiles armados. Todo ello dejó en un primer balance de tres muertos/as (dos estudiantes y una mujer que circulaba por la zona), cifra que en los siguientes días ascendería a seis, y 43 desaparecidos/as. A partir de este punto, comienzan las protestas de unos/as y la búsqueda de excusas de otros/as.

fue_el_estadoPero nos gustaría centrarnos, antes de nada, en las causas de esta masacre, en cómo se llega hasta este punto. Y qué mejor resumen que la frase bastantes veces oída y escrita durante estos días de manifestaciones, el “fue el Estado”. Mientras las instituciones hablan del narco y grupos de sicarios, el relato de los hechos no deja lugar a dudas. Sí, fue el narco, y por tanto sí, fue el Estado, representado en este caso por la policía municipal de Iguala y su alcalde, que junto con su mujer, tienen un fuerte peso dentro de las estructuras del crimen organizado de Guerrero. Y el siguiente en la pirámide de poder tampoco queda limpio, el gobernador de Guerrero, ese que ahora echa balones fuera, ya encubrió hace años las correrías del alcalde de Iguala en el asesinato de tres miembros del PDR (Partido de la Revolución Democrática). Al fin y al cabo no son pocos los casos en la historia reciente de México en que está dupla fuerzas de seguridad del Estado-civiles armados caminan de la mano y se entremezclan en grandes masacres. No hay más que recordar las protestas estudiantiles de septiembre y octubre de 1968 o la masacre de los indígenas de la comunidad las abejas de Acteal (Chiapas) en 1997.

La siguiente excusa viene sola, son grupos de funcionarios/as corruptos/as, la manzana podrida dentro del cesto, aquella que apoya y se enriquece al son del declarado como Gran Malvado por el Estado mexicano, el narcotráfico. Pero el narcotráfico entendido como grupos autónomos de mafiosos que, no se sabe muy biencómo, han llegado a dominar zonas enteras del país. Toda masacre, todo acto de violencia, ya repercuta sobre indígenas, emigrantes centroamericanos/as, estudiantes… Todo gira en torno a los clanes del narco y sus sicarios. ¿Es esto creíble? ¿Es creíble que se den tantos excesos policiales esporádicos? ¿Y que un negocio tan ampliamente globalizado y con unas necesidades tanto materiales como económicas tan intensas crezca y prospere al margen de toda institución estatal? Ni mucho menos. Al mismo tiempo el Estado genera y favorece un clima de violencia y contrabando, a la vez que se presenta como santo protector de los débiles, como el único dique contra el narco. De este modo se cierra el círculo, el Estado se convierte en indispensable para los/as pobres y da un doble salto mortal en la obtención de ganancias a través del negocio de la droga y el crimen.

mexico 1Yendo más allá, al final, la muerte y la masacre se convierte en una dinámica más dentro de la explotación del hombre por el hombre, diferente a la que acontece en otras partes del globo. Este camino del terror se acaba convirtiendo en una estrategia de control social, se genera miedo, tanto a través el ataque directo sobre ciertos sectores de la población, como a través de la estratificación que este ataque selectivo supone, pues aleja a quienes lo reciben de quienes no son objetivo, por ahora, del mismo. Cómo no, todo esto no está exento de contradicciones, y como tal no es ni blanco ni negro, la violencia desenfrenada no siempre es controlable y también salpica a quien la genera.

Escuelas Normales Rurales

Y es en este punto cuando creemos interesante dirigir la mirada hacia los/as damnificados/as por el ataque armado, los/as normalistas. A todo esto, la gran pregunta que nos viene a la cabeza es quiénes son estos/as estudiantes. Bueno, más bien la verdadera duda es qué hay detrás de tanta violencia descargada contra ellos/as. Para poder responder a todo esto, lo primero es acercarnos, aunque sea brevemente, a la historia de las Escuelas Normales Rurales en México. Su nacimiento data de la segunda década del siglo pasado, una época especialmente convulsa en la región, en la que los últimos estertores revolucionarios se apagaban (tras caer, en gran medida, derrotados) en pro de una relativa estabilidad política que servía de puente entre la larga dictadura de Porfirio Díaz y los 70 años posteriores de gobierno interrumpido del PRI (Partido Revolucionario Institucional). Es en este contexto en el que se crearon las Normales con la intención de desarrollar las zonas más rurales de México, lo que en términos capitalistas no es otra cosa que potenciar la entrada de lleno en las necesidades económicas del país de las comunidades campesinas e indígenas, que hasta entonces mantenían sociedades en gran medida autoabastecidas, todo ello, eso sí, desde posiciones pedagógicas positivistas. En este sentido, estas escuelas se destinaron a formar maestros/as de primaria que luego ejercerían en dichas zonas rurales. La duración del curso que se impartía era de dos años, donde se intercalaban materias académicas con el aprendizaje de labores agrícolas y distintos oficios.

Escuela normalista y educación pública y gratuita van de la mano y, como pasa tantas veces, cuando la pobreza y la culturaconsiguen darse la mano, surge la necesidad de cuestionarse ese sistema que abandona a la mayoría en la miseria. Pronto surgieron internados para los/as estudiantes y becas, y desde el principio se establecieron relaciones menos directivas entre el profesorado y el alumnado, alejadas en gran medida del autoritarismo del que hace gala la educación convencional. Ello, sumado al ya nombrado tipo de educación en gran medida integral y cercana a postulados de la Primera Internacional, han convertido estas escuelas en núcleos de conciencia política y de clase. Un ejemplo de ello fue la creación de la Federación de Estudiantes Campesinos Socialistas de México, que protegía y defendía a alumnos/as de las injusticias de directores/as y maestros/as cuando las formas dentro de la escuela se volvieron más autoritarias y se procedió a depurar a parte del cuerpo docente por “comunista” en los años 40.

Es así como las escuelas normalistas se convierten en algo molesto para el Estado, que intenta acabar con ellas con cierres y reducción de fondos (lo que, sin embargo, empujó aún más a las escuelas hacia prácticas autogestionarias, algo que ha perdurado hasta nuestros días), llegando a criminalizar a sus estudiantes ligándolos a grupos criminales y/o al narcotráfico. Durante los años sesenta y setenta se dio una etapa de persecución política y represión de los líderes estudiantiles de las Normales Rurales por sus vínculos con movimientos políticos radicales, principalmente marxistas, y la guerrilla. Otra razón que propicia los ataques contra las escuelas normales rurales es que éstas “se ocupan del desarrollo tecnológico y político”, mientras que “las privadas se centran en la formación de estudiantes para administraciones de empresas privadas”. En palabras de José María Calderón, profesorde la Universidad Autónoma de México (UNAM) “Las rurales son lasque están innovando, ofreciendo alternativas nacionales a este país, pero los empresarios decidieron que se podía prescindir de los estudiantes de esas instituciones porque solo traen ideas subversivas”.

normales 3El caso particular de la Escuela Normal Rural “Raúl Isidro Burgos” de Ayotzinapa no dista mucho de lo ya citado, y actualmente es una de las únicas 16 escuelas normales rurales que siguen funcionando. En precario, sí, pero también sin perder gran parte de su esencia transformadora. Con todo esto se clarifica algo la pregunta de ¿por qué ellos/as? De ¿cuáles fueron las razones de este ataque? Que haya sido una casualidad, un acto azaroso y erróneo de los narcos, resulta bastante difícil de asimilar, más si cabe cuando los conflictoseducativos siguen abiertos en México o cuando se pasa lista a los más de 2.000 normalistas detenidos/as en diferentes luchas estudiantiles en lo que llevamos de nuevo siglo. ¿Y si no es azar, qué es? Por nuestra parte, el terror como dinámica de control social nos parece cuanto menos una buena hipótesis

Hasta aquí llega nuestro artículo, tanto por espacio como por conocimiento del tema. Son muchas cosas que se nos han quedado en el tintero, desde un repaso a las manifestaciones, actos de protestas o ataques a sedes de partidos políticos e instituciones gubernamentales, hasta interesantes reflexiones que hemos leído estos días acerca de la necesidad de autodefensa contra la lacra del crimen organizado (llámese narco o Estado). Cosas que nos quedan para otro momento. Pero no queremos cerrar estas líneas sin mandar todo nuestro afecto y apoyo a las familias, amigos/as y compañeros/as de los/as 43 desaparecidos/as, y esperamos, aunque no sea muy probable, que aparezcan vivos/as.

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