La crisis como desposesión

Mes tras mes nos hacemos eco de las consecuencias de la crisis en la que andamos metidos desde hace más de 4 años, de las miserias que la acompañan, pero también de nuestras luchas y resistencias. Esta vez, queremos pararnos a entender un poco más de cerca el cómo y el por qué de esta crisis. Es por ello que a continuación introducimos un fragmento “La crisis como desposesión”, una recopilación de varios textos escritos durante estos años por los compañeros del colectivo Etcétera en torno a las causas, las consecuencias y las luchas derivadas de la actual crisis. El texto completo puede encontrarse en la siguiente dirección web www.sindominio.net/etcetera/PUBLICACIONES/minimas/70_EL_ACTUAL_ESTADO_DEL_MALESTAR-_A5.pdf

¿Qué quieren de nosotros? es quizás una buena pregunta cuando todos los media acuerdan aturdirnos y abrumarnos con insistencia sobre un peligro inminente, sobre una realidad envolvente. En el caso actual, también es una buena pregunta a hacernos dado el ruido mediático sobre la crisis que venimos soportando

Antes de entrar a valorar el alcance de tal crisis, vemos, de momento, las ventajas que el capital saca con este choque informativo-propagandístico (la información ha pasado a ser directamente propaganda) que expande la sensación de crisis. Esta primera sensación recurrente sirve ya para reducir plantillas con menor resistencia obrera; para dejar de pedir aumentos salariales; para aceptar con mayor resignación nuevos recortes en los salarios, más precariedad en las relaciones laborales, en la cesta de la compra; etc. En definitiva, una mayor aceptación (resignación) del incremento de la explotación y de la represión. En efecto, la represión selectiva se acentúa una vez conseguida esta aceptación vía propaganda. Aceptación que nos lleva a contemplar resignadamente la gran estafa por la que los diversos Estados del Capital reparten entre esta minoría capitalista, una gran parte del monto del dinero extraído a la mayoría mediante los impuestos.

Los media, al privilegiar el lado espectacular y excepcional de la noticia, al insistir sobre el mal funcionamiento de los gestores del capital financiero, al cargar sobre la corrupción y los corruptos especuladores, dan por justo el mismo sistema que esto produce y sólo se condena su desvío corrupto y especulativo, y se propone como esfuerzo común la vuelta al capital productivo basado en el mérito, en el trabajo bien hecho, en la ética de un capitalismo humano. Pero no es la excepción sino la regla, no es su anormal extravagancia sino su normal comportamiento lo que produce épocas de endurecimiento de la sujeción y la explotación, lo que generaliza la miseria. Es la manera de producir las mercancías mediante la fuerza de trabajo tratada como otra mercancía, que puede comprarse según su valor de cambio y utilizarse según su valor de uso, donde está el secreto a voces de la acumulación capitalista. No hace falta, después de 150 años de escrito El Capital, volver a lo que deberían de ser banalidades de base: el fetichismo de la mercancía, la búsqueda del máximo beneficio, el valor de cambio de las mercancías, único valor que contempla el capital.

Aumentar la resignación y el consenso y dar por insuperable el sistema capitalista en su buen funcionamiento, e involucrarnos en ello, son pues dos objetivos (conseguidos momentáneamente) de la propaganda. En efecto, la propaganda no consiste tanto en difundir unas ideas y hacernos comulgar con ellas, sino en promover una praxis determinada, una ortopraxis, como explica Jacques Ellul en su libro Propagandes. Este logro propagandístico funciona bien para el orden capitalista hasta que la crisis se hace real, cuando aumenta la inactividad y el consiguiente desempleo y la consiguiente disminución de poder adquisitivo y por tanto disminución del consumo. El capital no puede entonces realizar el valor, no puede maximizar la tasa de beneficio.

Esta situación es insostenible para los capitalistas y suele derivar en conflictos y guerras. Entre los currantes, se abre en cambio una oportunidad para pensar el presente y la realidad futura en este sistema capitalista, parar ver si nos interesa continuar por este camino de la producción de mercancías, del trabajo y del dinero, dinero que siempre es poco, siempre falta porque ésta es precisamente su esencia.

No se trata de reelaborar un discurso maximalista y tremendista sobre la crisis final del capitalismo, ni de una llamada al militantismo, del que sabemos su error vanguardista. Simplemente aprovechar el momento crítico, o así apercibido, para alargar la discusión sobre la situación a la que nos lleva el modo de vida capitalista; continuar la crítica de este modo de producción; profundizar en la crítica al progreso y al desarrollo técnico, empalmando con las raíces del primer movimiento obrero luddita y sindicalista revolucionario. Sumarse a las múltiples acciones teóricas y prácticas que se llevan a cabo en este sentido anticapitalista: decrecimiento, resistencia a la lógica sindical y empresarial, resistencia a la pauperización, ocupaciones de espacios y edificios, etc. Dar a conocer lo que los media callan: formas de lucha fuera del corsé sindical, fuera de la razón económica. No sumarse a las falacias de los que claman por una vuelta a la economía real, al capitalismo productivo, reforzando el papel del Estado, sino abundar en la crítica de un sistema en crisis, causa de la crisis social de hoy, insistiendo en que no es el mal funcionamiento de la Economía lo que produce la crisis sino la Economía misma.

Antes de entrar a valorar la situación actual, describiendo lo que está sucediendo, llámese o no crisis, necesitamos precisar que esta palabra recubre varias realidades según desde donde se mire: crisis energética, crisis ecológica, crisis financiera, crisis sistémica, crisis de un modelo de civilización… Para el capital, en cambio, crisis siempre es crisis de acumulación de beneficios: no poder realizar la plusvalía obtenida en el proceso productivo. Algo que, para Marx, es inherente al modo de producción capitalista y reviene de forma cíclica.

A lo largo de la historia, el capital se ha enfrentado a diferentes periodos de crisis, generados por su propia dinámica, que le han obligado a implantar nuevas formas de producción, así como de control y gestión social.

A la crisis de valorización de mediados del siglo XIX, el capital hace frente con una nueva organización del trabajo (OCT), con nuevas fuentes de energía (electricidad, petróleo…) y con el desarrollo de la ciencia. Se busca la máxima producción, el máximo rendimiento de la mano de obra. Crecen las industrias, se extiende la cadena de montaje, se produce la aglomeración obrera en la fábrica. Es el tiempo del obrero-masa y de la centralidad de la fábrica; lo que conocemos como taylorismo y fordismo.

La crisis de los años 30 del siglo XX fue una crisis de sobreproducción. La capacidad productiva superaba con creces la demanda. Este desequilibrio se corrigió primero con la reconstrucción tras la destrucción provocada por la Segunda Guerra mundial y las posteriores de Corea y Vietnam, y después mediante el impulso de una producción para el consumo público inducida por el propio Estado, con políticas para incentivar la demanda (aumento del gasto público y del empleo público), lo que denominamos keynesianismo, New Deal. Se impone la sociedad de consumo y de desarrollo del sector terciario: los servicios.

La crisis de los años 70 fue una crisis de rentabilidad. La organización productiva era demasiado rígida en las sociedades modernas y el capital necesitaba una mayor flexibilidad en el uso de la mano obra y en los mercados. Se impuso una nueva organización del trabajo, el “Just in Time”, que llevó consigo la deslocalización productiva y la dispersión y fragmentación obrera. Lo que conocemos como fordismo disperso o toyotismo.

En los años 80 y 90, a pesar de la gran transformación experimentada por el mundo del trabajo y del mercado, la rentabilidad sigue siendo débil y los capitales tienden a alejarse de la esfera productiva para concentrarse en productos financieros especulativos; también se desplazan del sector terciario (servicios) hacia el sector financiero.

La necesidad de aceleración del proceso de rentabilidad del capital impone la extensión del crédito como único modo de obtener liquidez para las operaciones mercantiles. Empresarios y trabajadores se endeudan con la esperanza de que el crecimiento económico sea constante y les permita hacer frente a sus compromisos así como obtener los ansiados beneficios. Es el gran momento de la banca y de sus empresas financieras que no paran de inventar y consentir operaciones y productos especulativos que se extienden por toda la trama económica mundial.

Así llegamos a la situación actual, a una crisis que se define como financiera y que se basa en la constatación de que el capital financiero en circulación está lejos de tener el valor que representa. A pesar de los esfuerzos para seguir manteniendo la ficción, esta realidad estalla por los puntos más débiles del sistema, por los impagos. Las necesidades de liquidez provocan el cierre del crédito y así se paraliza todo. Sin el crédito –anticipo del beneficio y que por tanto necesita de un futuro– no funciona la producción. Además, el crédito que ha devenido un objeto de especulación como cualquier otra mercancía y muy útil para superar la barrera al crecimiento que tenía el capital especulativo, se ha convertido en deuda.

A todo ello, como medida de urgencia, los estados nacionales inyectan liquidez a los grupos financieros (siempre insuficiente), a los propios grupos causantes de la deriva y que se han venido beneficiando hasta ahora de un espacio sin ningún control para sus operaciones de alta rentabilidad.

La congelación del crédito retrae la inversión, lo cual deriva en una disminución de la actividad económica, en la caída de la producción, con el consiguiente aumento masivo del desempleo, y la intensificación de la competencia entre capitales. Se entra en un claro período de recesión.

Todo esto aquí en España tiene su concreción en la explosión de la burbuja inmobiliaria, la principal actividad económica de estos últimos años, el parón de la construcción y las industrias relacionadas. Lo que conduce a un gran aumento del paro, la consiguiente disminución del consumo y el cierre de empresas y negocios. Además, la pérdida de capacidad adquisitiva entre los trabajadores afectará al turismo masivo, la otra única industria importante en el estado español, perturbada por los propios cambios que se producen en el sector. Desaparece el espejismo de la España moderna, altamente competitiva y en línea con el desarrollo de los principales países europeos.

La crisis en España tiene su razón en la conjunción de la crisis financiera mundial con el desplome de la industria de la construcción, que ha sido el motor de la economía en este país durante los últimos diez años. El sector del ladrillo tenía a principios de 2008 un peso del 17.9 % en el PIB y daba empleo al 13 % de la población activa, o el 34 % del PIB si se tiene en cuenta su influencia directa en otros sectores. La especulación inmobiliaria ha sido la causa del hundimiento del sector que es concomitante, desde mediados de 2007, con la crisis hipotecaria estadounidense que ha afectado en España al tener más dificultades para conseguir liquidez, lo que se traduce en menos préstamos a empresas y hogares.

En España además, ha pesado la inflación, superior a la de Europa, pues se ha dado también un fuerte incremento de las materias primas que a su vez ha representado un aumento significativo de los precios, principalmente los de la alimentación.

Para nosotros la crisis financiera no está en el origen de la crisis económica sino que traduce la crisis de un sistema basado en la producción de mercancías (o servicios) de las que sólo interesa su valor de cambio, siendo la fuerza de trabajo también una mercancía. Es un sistema basado en la explotación de esta fuerza de trabajo, así como de la naturaleza. Restablecer la tasa de beneficio ha pasado siempre por aumentar la explotación del trabajor, la expoliación de la naturaleza y el desarrollo de los mercados. Para ello se han ido imponiendo diferentes modelos de gestión del territorio y de las personas. El control de los mercados, las materias primas y la fuerza de trabajo ha sido estratégico para el desarrollo del capital. El mundo debía irse incorporando a la máquina capitalista ordenadamente para poder garantizar el crecimiento continuo de los beneficios. Las guerras y la miserabilización de grandes zonas han servido para ello.

También han servido las políticas sociales que benefician a los trabajadores excedentes del primer mundo manteniéndoles como consumidores y modelo referencial del bienestar de las sociedades capitalistas.

Los capitalistas lo prueban todo en su carrera por la obtención del máximo beneficio, hacen alianzas o compiten, crean o destruyen riqueza, instalan o cierran empresas. Las estrategias pueden ser variadas pero el fin siempre es el mismo: hacer rentables las operaciones, ya sean productivas, de servicios, mercantiles o especulativas. Sin embargo esta carrera tiene un gran obstáculo que salvar: la contradicción que representa que las fuerzas productivas (los trabajadores) sean, a la vez, los destinatarios de lo producido (los consumidores), en un mundo cada vez más interrelacionado. Así, por esta incapacidad de consumo de la fuerza de trabajo que ve depreciarse continuamente su salario (su valor), se ha llegado a un momento caracterizado por la sobreproducción y la sobre-acumulación de capital. Se ha llegado al único sitio al que se podía llegar.

Además, una de las características de la moderna economía capitalista es el complejo entramado económico financiero mundial que hace que los diferentes lobbys nacionales e internacionales compitan entre ellos a la vez que comparten intereses. La caída de unos puede representar un descalabro económico para los demás a la vez que una oportunidad ventajosa en el mercado. La difícil gestión de todo ello también complica, cada vez más, la implantación de reformas al propio modelo capitalista.

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