Hablando de militares

Llega octubre y con él una de las primeras fiestas del otoño, por fin un descanso tras la vuelta de vacaciones. Este año el 12 de octubre cae en miércoles, con lo que de puente ni hablar, simplemente un alto en la semana. Ese día se celebra la festividad del Pilar, patrona de Zaragoza y de la Guardia Civil, y además coincide con la Fiesta Nacional de España, día en que se conmemora la llegada (porque descubrimiento es un término que le queda bastante grande) al continente americano de Cristóbal Colón en 1492. Fiesta esta que recibe el nombre de día de la Hispanidad, como en otros tiempos vino a denominarse día de la Raza, fiesta cargada de un exacerbado patriotismo en el que se celebra el momento histórico en el que las tropas financiadas por los Reyes Católicos arribaron a un nuevo continente y comenzaron varios siglos de expolio, conquistas, guerras geopolíticas entre imperios europeos y masacre o sometimiento (o las dos cosas) de la población de un continente entero… vamos, un gran día de celebración.

Y como toda buena fiesta de orgullo patrio, ésta se merece un colofón espectacular, un desfile del ejército, con sus tanques, sus aviones, sus paracaidistas, sus legionarios con la pobre cabra (¡Viva la muerte! que diría Millán Astray, macabro fundador de este cuerpo militar allá por los años 20 del siglo pasado)… y todo ello presidido por el rey, su familia y un puñado de cargos públicos que suelen dedicar este desfile a insultarse entre sí.

Como espectadores, millares de ciudadanos/as venidos/as de distintas partes del Estado y millares de banderas españolas venidas también de distintas partes del Estado. La nota folclórica, si es que ya no lo es suficiente, la pone algún viejo falangista muy tieso él y con sus mejores galas ante el paso del ejército. Pero qué podemos esperar de una fiesta que aúna en sí misma religión, patria, rey, Fuerzas Armadas y Guardia Civil…

Como se ve, este es un tema que trae bastante cola, del que mucho se puede hablar. Sin embargo, en este texto nos centraremos únicamente en un punto: en el ejército, su forma y las funciones que toma en nuestra sociedad, las transformación que ha sufrido en los últimos tiempos, tanto internamente como de cara a la opinión pública.

En ese sentido, actualmente nos encontramos con que las Fuerzas Armadas se sitúan en las encuestas realizadas por el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) como la institución española mejor valorada. Los años han pasado, el ejército ha pasado de ser visto como una rémora de viejas épocas, como la institución que siempre aparecía a la hora de la represión y los golpes de estado, a convertirse en adalid de la ayuda humanitaria. En ello ha intervenido su transformación interna, pasando de ser un cuerpo de carácter obligatorio a un cuerpo profesional, con lo que se ha acabado con la mili, con los insumisos, para dar paso a profesionales mejor entrenados/as (para matar) y con mejores equipamientos, y ante todo, profesionales en todo momento dispuestos/as a acatar cualquier tipo de orden, ya no existen las convicciones morales o éticas, sólo el servir. De la misma forma, durante estos últimos años se ha invertido mucho en propaganda, en publicidad, el ejército ya no mata y reprime, ahora ayuda y sirve a España y a la democracia, ello es recordado a todas horas en la radio, en la televisión…y aquí, en este nuevo traje que envuelve a lo militar, es donde entran nuevas unidades, como la Unidad Militar de Emergencias, con su lucha contra las calamidades naturales o las tan famosas misiones de ayuda humanitaria.

La Unidad Militar de Emergencia y el humanitarismo sin fronteras

El año 2005 fue un año nefasto para los campos peninsulares en relación a los incendios, de extrema gravedad fueron los que asolaron tierras gallegas. Es en este contexto que, tras el verano, el gobierno de la nación decide la confección de un nuevo cuerpo militar, la Unidad Militar de Emergencias, estableciéndose finalmente su organización con un real decreto aprobado en abril de 2006. Dicha unidad nace, según las propias palabras del Ministerio de Defensa, con la función de “intervenir en cualquier lugar del territorio nacional para contribuir a la seguridad y bienestar de los ciudadanos”, lo que en la práctica ha supuesto su participación en la resolución de variadas catástrofes naturales, véase incendios forestales, inundaciones, nevadas o terremotos.

A primera vista, nada habría que reprochar a la creación de este cuerpo militar, más aún, se podría pensar que su trabajo es imprescindible y no hace más que ahondar en la ayuda a aquellas regiones de nuestra geografía que sufren calamidades naturales. Sin embargo, si vamos un poco más allá de esta primera impresión, varias dudas nos saltan a la
cabeza. ¿Si su trabajo se ha basado casi en exclusiva en afrontar catástrofes naturales, por qué utilizar para ello personal militar y no civil? ¿Acaso su capacidad para portar y disparar armas es de gran ayuda a la hora de apagar incendios? ¿O es necesario saber desfilar para levantar diques ante la crecida de un río?

Siguiendo por este camino de dudas que hemos abierto, también serían de reseñar un par de puntos más. Por un lado la preponderancia que se le otorga a un cuerpo que pasa acuartelado gran parte del tiempo, empleándose en simulacros, frente a unos cuerpos civiles, que con sus pros y sus contras, trabajan día a día sobre el terreno, pudiendo conocer mejor las necesidades y peligros de éste. Por otro, se podría recordar el viejo dicho de “más vale prevenir que curar”, algo que sería muy aplicable a las políticas en materia de catástrofes naturales en nuestro país, y que enlaza bastante bien con el punto anterior, pues si la inversión en prevención (cuidado de bosques, creación y mantenimiento de cortafuegos, limpieza de acequias y pasos secos de ríos, etc) fuera mayor, ante menos problemas graves nos encontraríamos, y esta función de prevención siempre será más asequible a aquellos/as que habitan y trabajan día a día en una determinada zona. Y en el caso específico de incendios forestales, por qué no hablar de las razones que subyacen tras los mismos, en gran parte de los casos derivadas de chanchullos (sean legales o no) urbanísticos y turísticos.

Ahondando un poco más surge el tema del dinero, algo de lo que el Ministerio de Defensa siempre anda bien servido, pues estamos hablando de una unidad compuesta por alrededor de 3000 efectivos y que cuenta con unos equipamientos técnicos descomunales y un presupuesto de alrededor de unos 280 millones euros por año. En el ámbito meramente laboral también sale la jugada redonda, pues se pasa de un/a trabajador/a civil sujeto/a a una normativa laboral (que tampoco es que esté para tirar cohetes) a un/a militar, bajo distintas leyes, de carácter mucho más represivas y con menores garantías.

Finalmente uno/a se plantea entonces el porqué de tanto interés y esfuerzos metidos en esta unidad militar, porqué tantos titulares de prensa, y no se haya más explicación que el hecho de seguir dando pasos en pro de la propaganda militarista. Para nuestra incredulidad, acabamos con más ejército y menos presupuesto para el resto de cuerpos civiles que trabajan en este ámbito, y todo ello con la connivencia de la sociedad. Así que aquí nos encontramos, con más y más publicidad de lo beneficiosas y salva patrias que son las Fuerzas Armadas, y sin comerlo ni beberlo les tenemos en nuestras calles de nuevo, la militarización regresa a parcelas civiles de las que hace años se les consiguió desplazar, el ejército vuelve visible a las calles y vuelve para quedarse.

Pero este humanitarismo que rezuma por todos los poros de la UME no es exclusivo del trabajo militar dentro de “nuestras” fronteras, qué va, sino que se expande como la espuma por todo el mundo de la mano de la OTAN o de la ONU (dependiendo del caso). Es por ello que se nos vende la intervención de militares españoles en países lejanos, como pueden ser Libia, Irak, Afganistán, Líbano, Haití… como necesaria para la implantación de la democracia, para acabar con el terrorismo, para la estabilidad internacional o simplemente por razones humanitarias. Carteles y campañas publicitarias en las que se ven a gloriosos/as soldados españoles/as ayudando a niños/as, a mayores, construyendo casas o curando enfermos, las armas casi nunca aparecen, tampoco los/as muertos/as y heridos/as, las manifestaciones de repulsa de los/as habitantes de las zonas “ayudadas”… Tampoco se habla de intereses económicos, de quién se queda con los contratos para la explotación de materias primas, quién gana acuerdos para la reconstrucción de ciudades destruidas, de dónde provienen los tan aplaudidos líderes que regresan para mandar en las nuevas democracias implantadas por la fuerza, cuánto durarán las bases militares en puntos de interés geoestratégico, quién vende armas a todo quisqui en zonas en conflicto… Eso importa menos.

Todo es un juego, pero lo que se olvidan de reproducir son las consecuencias reales de los vuelos de los cazas ¿O acaso fueron creados para crear humos de colores como en estos espectáculos? ¿Tuvieron tiempo las familias bombardeadas en Yugoslavia, Irak, Afganistán o Libia de extasiarse y apreciar los giros de estos aviones de gran alcance antes de ser aplastadas por las toneladas de metralla y escombros que dejan a su paso? – Espazo Aberto Antimilitar, Vigo, ante el Festival Aéreo que se celebró en esta ciudad el pasado julio de 2011.

De cara a conseguir este cambio de imagen todo es válido, nada es demasiado, y en ello entran las paradas militares en fiestas de pueblos o barrios, donde a los/as niños/as se les muestra lo “bueno” y necesario que es el trabajo de los/as militares, el esfuerzo que hacen por todos/as nosotros/as; y también entran las exhibiciones aéreas, con la famosa Patrulla Águila haciendo malabarismos en el aire para deleite de espectadores/as, o los simulacros de desembarcos en playas que recorren nuestras costas en verano, consiguiendo desligar a la guerra y sus actores de su verdadero rostro, del horror y la muerte, pasando a ser un espectáculo más.

Muchas más cosas podrían escribirse sobre el ejército, muchas más incluso quedan por investigar, con este texto sólo se pretende poner de relieve un fenómeno como es el lavado de cara que está sufriendo lo militar en nuestra sociedad, que nos parece bastante preocupante, por lo que en un futuro nos pueda traer. Sin más, para acabar y regresando al punto de partida y razón por la que hablamos de esto, “nuestra” fiesta patria, dejamos, a modo de despedida, algunos versos de una canción de George Brassens (versionada por Paco Ibañez):

Cuando la fiesta nacional
yo me quedo en la cama igual,
que la música militar
nunca me supo levantar.
En el mundo pues no hay mayor pecado
que el de no seguir al abanderado.


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