Bello como una prisión en llamas. Breve relación de los Gordon Riots

Autor: Julius Van Daal. Pepitas de Calabaza Editorial. 117 páginas. 2012 (primera edición en Francia en 1994)

Apenas afino melodías de perdedor, los cielos han gastado mi último suspiro, quedaron atrás todos los enemigos, y aún queda la duda de un futuro mejor” – El Camino del Exceso, Héroes del Silencio.

bello_como_una_prision_en_llamasEstá a punto de comenzar el verano de 1780 en la urbe por excelencia, el Londres de principios del capitalismo, y con los efluvios del calor acontecen seis días (con sus seis noches, si cabe más importantes) que rompen la cotidianeidad: quema de las casas de políticos y juristas, saqueo de iglesias y destilerías, asalto y destrucción de las prisiones (previa liberación de los convictos)… ¿De qué estamos hablando?¿Un motín más de los muchos que azotaron esta época?¿Fuego revanchista?¿Puro fanatismo religioso?… La respuesta es lo que se ha venido a denominar los Gordon Riots, en pocas palabras, un pequeño mejunje de todo lo antes dicho, pero sin olvidar el condimento primordial: el propio sistema económico capitalista que empezaba a avanzar y sus consecuencias sociales.

El principio de historia, la gota que colma el vaso, es la aprobación por la Cámara de los Comunes de una ley tildada de “papista” (en un país, recordémoslo, mayoritariamente protestante); lo que naufraga por debajo de esta nimiedad es el hambre y la pobreza de muchos/as, los aumentos de precios derivados de la necesidad del Estado británico de afrontar los gastos de sus numerosas guerras abiertas, o la alienación y el individualismo que vienen de la mano del nuevo sistema económico y social cuyos/as precursores/as andan aún afinando. Y todo ello regado por una clase explotada que aún no ha asimilado del todo la cultura que nos marcan desde arriba, que aún no ha aprendido a apreciar sus soluciones a nuestros problemas. No es raro que este cóctel acabara por estallar (y no sólo una vez). A partir de ese punto, se desborda el vaso con todas sus consecuencias, el motín se extiende más allá de la mera reclamación legislativa y aparece la necesidad de romper con todo lo que supone poder y opresión, a saber, los ricos, los políticos o la religión, casi siempre apuntando a lo simbólico más que a lo personal (humanismo de los/as pobres, que dirán algunos/as).

Esta obra es, por tanto, un pequeño intento de acercarnos a un episodio más de nuestro pasado, del pasado de los/as pobres, de los/as explotados/as. Un episodio poco conocido (más aún fuera de las fronteras británicas) y ante todo desvirtuado, del que prácticamente sólo se sabe lo que contó el bando ganador, la todopoderosa burguesía londinense. La historia siempre se ha escrito (y se sigue haciendo, no seamos ilusos/as) desde la posición triunfante, y la voz de los/as perdedores/as queda relegada, en el mejor de los casos, al subsuelo o a la anécdota académica. De modo que aquí se nos presenta el otro lado de la historia, en un estilo altamente poético y desbordante de ironía, con ciertos pasajes que pueden parecer pecar de utópicos, pero bueno, que cada uno juzgue hasta donde acepta la visión del escritor.

Ya para finalizar, otro aspecto a remarcar de este libro y que le otorga un atractivo más es el continente (que poco nos importaría si el contenido no estuviera a la altura): la presentación y maquetación. Este es un aspecto de la edición que muchas veces se deja algo aparcado, pero que sin embargo suele estar muy cuidado en todos los libros de Pepitas de Calabaza, lo que los hace más apetecibles a la lectura. En este caso, son de mención especial los grabados que jalonan este volumen, extraídos todos ellos de la novela de Charles Dickens Barnaby Rudge, que ambienta su narración en el seno de los Gordon Riots.

Son las cinco de la mañana y las tinieblas comienzan a disiparse. El cielo está rojo. Los primeros resplandores rosados del alba se entreveran con los reflejos escarlata de los ciento veinte incendios que iluminan la ciudad. Una luz irreal baña las calles, las explanadas y los edificios. Esta <<iluminación satánica>>, sórdida e incandescente, este cielo apocalíptico, aumenta el pavor de los propietarios, que salen pitando por millares a refugiarse en sus casas solariegas o sus fincas: huyen de Londres en mayor número que durante la Gran Peste de 1665.

Por el contrario, para William Blake y sus compañeros enragés, para las comadres de las lonjas y los compadres de los talleres, para los chavales en harapos de los callejones, esta aurora mágica y esta luminosidad fantástica parecían anunciar la realización de lo imposible: el fin de la dominación de los amos sobre los hombres y el fin de las cerraduras en las puertas, la transformación de los prelados y de los señores en pasto de los cerdos (en virtud del viejo refrán: <<Hoy cerdo, mañana jamón>>), grandes bailes al son de la orquesta todas las noches en las calles y los bosques; los antros de la religión consagrados a Venus y a Baco; estanques de cerveza bien espumosa en los parques, y cien mil otras innovaciones interesantes y necesarias para el enriquecimiento de la vida”.

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