CCOO y UGT u homenaje a la deserción

Pocas cosas nos dan consuelo. Muchas nos afligen” – Lautréamont.

Conclusiones previas

La situación es realmente desoladora. Desde que a mediados del siglo XIX el movimiento obrero abrazara las ideas comunistas en sus distintas expresiones (anarquista, marxista, etc.) y tras un siglo de altibajos en su lucha, da comienzo un progresivo declive en las aspiraciones de la clase trabajadora, alcanzando en la actualidad un punto crítico, donde la lucha contra la sociedad de clases se ha reducido a pequeños e intermitentes espasmos.

Con esta afirmación no pretendemos asegurar que el conflicto entre la clase trabajadora y la clase capitalista haya terminado, que hayamos encontrado el modo de hacer confluir los intereses de unos/as y otros/as, que estemos ante el fin de la historia. Ni mucho menos. Esto nunca ocurrirá. De hecho, como ya hemos dicho en más de un número, la pugna entre clases sigue presente, y ahora, agudizada aun más por el actual contexto de reajuste del Capital. Pero, el problema es que mientras que entre nosotras/os se ha producido una desbanda, el Capital no cesa en su ataque, ahora a través de unas agresivas políticas necesarias para tratar de mantener el actual estado de las cosas. Como decía el multimillonario Warren Buffett, “la lucha de clases sigue existiendo, pero la mía va ganando”.

Ante este árido presente, no es tan raro que el mínimo conato de choque, de riña entre clases, lo afrontemos con relativo entusiasmo. Un entusiasmo, en algunos casos, acrítico e ingenuo. El “mejor esto que nada” hace que la reflexión y el análisis queden en un segundo plano, y se instale una dinámica de apoyo silencioso por el miedo a perjudicar a estos movimientos, al creer que la crítica favorece más a nuestros/as enemigos/as que a nosotros/as mismos/as. Esto es algo que hemos comprobado recientemente, y nosotros/as, desde esta publicación, somos los/as primeros/as que entonamos el mea culpa. La admiración instalada en el entramado de los movimientos sociales, asambleas del 15-M, diferentes colectivos, partidos extraparlamentario y pequeños sindicatos, con las luchas, por ejemplo, de las/os mineras/os o de los/as profesores/as, es una muestra de esto que tratamos de explicar.

El conflicto minero, sepultado recientemente por las cúpulas sindicales, rápidamente aglutinó a un gran número de personas. La llegada de los/as mineros/as a Madrid y su recorrido por el centro de la capital junto a decenas de miles de nosotras/os al grito de “Lucha obrera”, los constantes enfrentamientos con la Guardia Civil, el sabotaje durante semanas de las vías de circulación de mercancías y personas, la imponente imagen del minero con el pasamontañas y el mono de trabajo, etc., entraron de lleno en el inconsciente colectivo de los movimientos de izquierda y/o anticapitalistas, y la influyente carga estética contribuyó al desarrollo de un apoyo con un gran peso emocional. Cuestiones como la colaboración interclasista, el cierre patronal, el papel de CCOO y UGT, la reflexión sobre el modelo energético, etc., quedaron en un segundo plano. Con esto no pretendemos insinuar que fuera un error el asumir por todas la lucha de los/as trabajadores/as del carbón, sino que a largo plazo, la falta de crítica, y por tanto de reflexión y aprendizaje, tan sólo nos perjudica a nosotras/os, como clase. El avanzar juntas/os, acompañando el camino con la crítica sincera, que parte del respeto y de la humildad, consigue que aunque encontremos dificultades en nuestro recorrido, entendamos mejor hacia donde nos dirigimos.

Pero la cuestión de este artículo es otra. Con esta introducción tan sólo pretendíamos dejar claros dos conceptos antes de entrar de lleno en el tema en cuestión: 1) que la lucha de clases sigue presente, aunque entre los/as de abajo se haya instalado el aislamiento, el “sálvese quien pueda” y el olvido de nuestro pasado de lucha; porque los constantes ataques en forma de recortes, privatizaciones, reformas legislativas, represión, etc., que vienen de la clase política y empresarial, no cesan. Y, 2) que la crítica, entre nosotras/os, desde la empatía, debe ser una constante como forma de aprendizaje, para ser efectivos/as en nuestra lucha por construir un modelo social, económico y político radicalmente diferente al vigente.

Entrando en materia

El asunto sobre el que nos gustaría reflexionar es el rol que cumplen los principales sindicatos del país (CCOO, UGT, sindicatos nacionalistas y aquellos sindicatos corporativos como los de funcionarios/as) en el actual contexto. Por tanto, se quedarían fuera del artículo tanto aquellos sindicatos influenciados por los principios libertarios como un análisis más general del sindicalismo y la lucha de los/as trabajadores/as, lo que no quiere decir que no pensemos que también merecen ser objeto de crítica sino que en este número hemos dado prioridad al primer tema, al comprobar con cierta preocupación como la ofensiva legislativa del Partido Popular está aglutinando en un frente muy difuso a sectores con intereses contrapuestos.

Las dos principales centrales sindicales (CCOO y UGT) se encuentran en un momento crítico. La intensa campaña de desprestigio y ataque llevada a cabo por los medios de comunicación de derechas, y el desencanto de su base más activa y comprometida de militantes, hace que les lluevan palos por todos lados. Y aunque el número de afiliadas/os sigue siendo elevado (más de un millón cada uno de ellos), no es arriesgado asegurar que este hecho no se debe al compromiso sincero con el proyecto por parte de un gran número de personas, sino más bien, a la nostalgia de un pasado de lucha combinada con la necesidad del carnet para optar a los múltiples servicios que ofrecen. Porque la realidad es esa, la evolución del modelo sindical ha finalizado con la transformación completa de las centrales sindicales en gestores de servicios y pataletas. La asesoría laboral, la cobertura legal, los cursos, los privilegios de los/as delegados/as, etc., son el sostén de una amplia filiación (si hasta ofrecen descuentos en electrodomésticos y viajes). Tristemente es a esto a lo que se ha reducido el sindicalismo de clase.

Estas macroestructuras sindicales que han creado tan sólo pueden mantenerse gracias a la generosidad del Estado en forma de subvenciones y concesiones. Pero en este contexto de crisis, donde el actual gobierno del PP está dispuesto a deshacerse de cualquier “carga” presupuestaria, sumado a la presión de los sectores más conservadores de su partido y de su electorado, los sindicatos tienen que andarse al loro para poder seguir manteniendo el chiringuito. Un ejemplo claro de la esperpéntica y crítica situación de los sindicatos, es la noticia aparecida en El País, el pasado 18 de septiembre, que informaba de la huelga indefinida que van a llevar a cabo los/as trabajadores/as de FOREM (una Fundación de CCOO) por un ERE presentado por el sindicato y justificado por la reducción de las ayudas públicas. Sindicatos presentando EREs amparándose en la legislación laboral contra la que convocaron una huelga general. Trabajadores/as haciendo huelga contra el sindicato en el cual están afiliados/as. Surrealismo llevado al extremo.

Además del tema económico, si cuando la situación es complicada no son capaces de dar la cara, el descrédito puede alcanzar cotas ya difíciles de gestionar.

Por estas dos razones (perspectiva de una mala situación económica y desprestigio social), desde hace un año, CCOO y UGT han intensificado su presencia en las calles, a través de protestas, o más bien, representaciones de protestas. Puro espectáculo que en ningún momento tiene la intención de plantear un serio problema al actual gobierno, tan sólo recuperar la legitimidad y la representatividad perdida.

El sindicalismo oficial a día de hoy no ha hecho más que demostrar su poco interés en pelear por cambiar aunque sea lo más mínimo la actual realidad económica y política. La falta de determinación y continuidad en la lucha es más que patente, y si no, ¿quién no recuerda las declaraciones de los líderes sindicales tras la última huelga general donde parecía que se iban a comer el mundo? ¿Dónde está la intensa campaña para derrocar la reforma laboral o la subida del IVA? ¿Dónde quedan esas constantes amenazas al gobierno? Su integración paulatina en el sistema ha finalizado. Las cúpulas sindicales no tienen nada que ver con nosotras/os, ni habitan nuestros barrios, ni comparten nuestro día a día en el tajo o en el paro (por ejemplo, Cándido Méndez, secretario general de UGT, lleva más de 30 años ocupando altos cargos en la política y en el sindicalismo). Si antes el sindicato era un medio, una herramienta para los/as trabajadores/as, ahora es un fin en sí mismo. El objetivo es la permanencia en el tiempo de estas estructuras burocráticas a toda costa, del chiringuito que les garantiza toda una serie de privilegios, aunque para ello tengan que firmar despidos, denunciar a otros/as trabajadores/as, desprestigiar y boicotear cualquier otra iniciativa de lucha, pactar con la clase política y empresarial, etc.

Tras la muerte del dictador, CCOO y UGT participaron en la elaboración de un modelo sindical que trasladaba los mismos principios bajo los que se rige la democracia parlamentaria al mundo laboral (verticalidad, delegacionismo, representantes que echan raíces en su cargo, etc.). El/la trabajador/a tan sólo tiene opción de votar cada x años a sus delegados/as, renunciando así a tener un papel activo en la lucha por sus derechos. Como mucho, en ciertas ocasiones, tiene el privilegio de asistir a una asamblea donde, no nos engañemos, las decisiones están tomadas de antemano.

Por ello, después de muchas puñaladas traperas, de silencios cómplices, de años y años disfrutando unos privilegios por pactar nuestra derrota; cada día nos enervan más, cuando firman con los/as empresarios/as y la clase política un acuerdo social, cuando boicotean las iniciativas de otros sindicatos o de asambleas de currelas, cuando en una rueda de prensa parece que van a por todas, etc. Por ello, no entendemos la insistencia de parte de los movimientos sociales y del 15M por hacer un frente común. Somos plenamente conscientes de la dificultad, o casi, de la imposibilidad, de convocar algún paro al margen, pero de ahí, a acudir a todos sus actos, sin una postura clara de denuncia sino más bien, con una actitud seguidista, no creemos que sea el mejor camino. Como hablábamos en la introducción, la crítica es imprescindible, pero, si bien, cuando tiene lugar entre nosotras/os, debe tender a ser constructiva, cuando se trata de aquellos/as que están dispuestos/as a vendernos una vez más, la crítica debe ser afilada y punzante.

Esta gente, hace tiempo trazaron el camino que aun continúan, y hace unos días, un representante de UGT nos lo recordó tras asegurar que el empresario no es el enemigo. Pretenden enterrar la lucha de clases, de hecho ellos/as ya desertaron, pero como también escribíamos unos párrafos atrás, la lucha de clases no puede acabar mientras sigan existiendo sectores sociales con diferentes intereses. Negar esta evidencia, y más en estos tiempos, cuando nos está cayendo la del pulpo, es asumir nuestra derrota. Por ello, nosotras/os proponemos lo que tantas veces hemos dicho ya, crear espacios de encuentro, organización, debate y lucha, bajo los principios de la hortizontalidad y el apoyo mutuo, o potenciar los que ya existen, como las asambleas de barrio. Romper el silencio al que nos sepulta este ruido mediático, a través de muchas formas, desde hablando sin tapujos de aquello que nos afecta, de aquello que nos da rabia, con nuestros/as iguales, hasta desarrollar medios propios (periódicos, panfletos, pintadas, webs, etc.) para hacer llegar a cualquier persona aquella información y reflexiones que creamos de interés. Aventurémonos, pero elijamos bien nuestras/os compañeros/as de viaje.

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