Recuperar el trabajo como campo de batalla

El pasado mes de diciembre, los/as compañeros/as del colectivo Equilibrismos publicaron un extenso artículo en torno a las posibilidades y las nuevas perspectivas de las luchas en el ámbito laboral. Nos ha parecido un texto muy didáctico, y es por ello que publicamos una serie de extractos del mismo. Igualmente, os dejamos el enlace al artículo completo: www.diagonalperiodico.net/blogs/equilibrismos/recuperar-trabajo-como-campo-batalla.html. Esperemos que os esa útil.

Recuperar el trabajo como campo de batalla

Quizás uno de los aspectos más destacados del 15M y de las luchas que lo siguieron es su manifiesta incapacidad de penetrar en los centros de trabajo y de permear las luchas que en ellos se desarrollan. Salvando el caso, muy particular por otra parte, de las mareas verde y blanca, el período post15M no se ha caracterizado por un aumento destacado de las luchas laborales. Las más llamativas, como por ejemplo Panrico o Coca-Cola, han afectado a sectores industriales con una fuerte sindicalización y han seguido unos parámetros bastante “clásicos”. Sin embargo, es evidente que dichos ejemplos (entre otros) no son extrapolables a la realidad de muchos trabajadores, cuyas condiciones son completamente diferentes. Mención aparte merece el caso de la huelga de técnicos de Movistar, que presenta aspectos novedosos y tremendamente interesantes.

Cambios en la estructura productiva

Es evidente que en los últimos 40 años, desde la crisis de los 70, el capitalismo se ha reorganizado a lo largo y ancho del mundo. Buena parte del sector fabril se ha trasladado a países como China o India y en consecuencia se ha reducido en Europa y Estados Unidos, a pesar de que incluso aquí no existe tal desaparición, sino que se ubica en áreas periféricas previamente no industrializadas.

Donde quizás sí se encuentran menos fábricas es en las grandes ciudades, hablando, en nuestro caso, de Madrid o Barcelona, donde han desaparecido los famosos cinturones industriales. En el caso concreto de España, a esto se le suma el enorme desarrollo que ha visto el sector servicios, que implica en la mayoría de los casos plantillas pequeñas -tal como muestra la creciente presencia de la pequeña y mediana empresa en el PIB español-, estructuras paternalistas, precariedad laboral, temporalidad o la circulación de trabajadores entre unas empresas y otras… Se ha hablado mucho de cómo estas nuevas características del trabajo dificultan el desarrollo de la identidad de un puesto de trabajo o sector específicos. Por otro lado, estas transformaciones obligan a que las huelgas que se realizan sean de cara al público. Esto último se aprecia especialmente en sectores como el metro o los transportes en general, en los que la huelga afecta a un gran número de personas (en su mayoría trabajadores) que, en principio, no estarían relacionadas con la empresa pero que sí entrarían en juego en el conflicto como usuarios o demandantes de servicios, lo que pone límites materiales claros para la percepción de dichos conflictos como parte de las luchas de una misma clase y, por tanto, para el establecimiento de complicidades y solidaridades con las mismas. La incapacidad y dificultad de establecer dichos lazos de complicidad y solidaridad, ya sea por aislamiento o abandono de las grandes centrales sindicales, entendemos que puede ser uno de las primeras tareas a atajar.

Cultura neoliberal

Además de lo descrito arriba, una de las principales problemáticas a las que se enfrenta el actual mundo del trabajo es que la implantación de la cultura neoliberal, la cual constituye una especie de sentido común o cosmovisión, que ha desplazado a la cultura de clase a un aparente plano nostálgico y solo de interés para los círculos militantes. Se han roto los lazos sociales que la identidad de clase aseguraba.

Por supuesto, la imposición de esta cultura neoliberal no es, ni mucho menos, independiente de las transformaciones productivas a las que hacíamos referencia en el apartado anterior. Al contrario, se ha establecido entre ellas una relación sinérgica que ha facilitado la imposición de ambas. Esta aceptación de la cultura neoliberal no se ha dado por sí sola, sino que ha formado parte de un juego discursivo en que se trata, y se logra, convencer a todo el mundo de que el capitalismo no es solo el único, sino también el mejor de los mundos posibles. El discurso se desarrolla en torno a la figura del empresario, representado como alguien que arriesga, que también sufre, que aporta. Además, nos es prometida la posibilidad de promoción, de convertirnos en empresarios, o emprendedores, mediante el trabajo duro y la originalidad. Esta idea y esta propaganda son una provocación obscena, como si más de 200 años de explotación hubieran estado solo justificados y sustentados en tener ideas brillantes.

De hecho, no hay más que ver el discurso, no ya de nuevos partidos de tipo liberal-demócrata como Ciudadanos, sino incluso de Podemos, codigosen lo referente a la reactivación económica, y el papel crucial del pequeño y mediano empresario en la generación de empleo para darse cuenta de cómo ha llegado a calar este “sentido común” a nivel social. Si sumamos este discurso al contexto socioeconómico en que se da, esa época del bienestar en la que era posible creérselo, nos da como resultado la desactivación de las luchas laborales y la identidad de clase.

El papel de los sindicatos

No son pocos los que señalan que, cuando el sindicalismo mayoritario comienza a usar la huelga general política, se produce un punto de inflexión en las estrategias desplegadas en el mundo del trabajo. Se pasa del concepto más clásico del movimiento obrero de huelga general como producto de la acumulación progresiva de conflictos laborales concretos, o sea, la extensión de las huelgas por contagio, imitación o solidaridad, a un modelo por el cual digamos que en lugar de este sistema de abajo a arriba, sucede de arriba abajo. Antes, la reproducción de huelgas en centros de trabajo distintos era fruto del convencimiento de que si hay un problema laboral aquí es muy posible que en otro centro suceda el mismo. Hoy, las huelgas generales suelen convocarse en relación con una ley y no tanto con las condiciones laborales concretas. Así quedan invisibilizados muchos procesos de lucha, debido a que las huelgas no inciden en los problemas cotidianos de los centros de trabajo.

¿Qué representan las huelgas generales para CCOO y UGT? Su participación en los Pactos de la Moncloa sella la dedicación exclusiva de las grandes centrales sindicales a la gran empresa. La Ley Orgánica de Libertad Sindical (LOLS) establece que la representación de los sindicatos depende única y exclusivamente del número de delegados de empresa.

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Más allá de CCOO y UGT

Hemos visto en los últimos años como las grandes centrales sindicales dejan de lado a toda la pequeña y mediana empresa, ya que son en buena medida ajenas a las dinámicas de representación e influencia de delegados sindicales, por lo que queda un vacío en estos centros de trabajo. La falta de representación sindical, unido al discurso neoliberal, hace que las luchas que se dan en estos espacios pequeños pierde la perspectiva común, inscrita en la lucha de clases, y se percibe como un problema que le pasa a una persona o grupo de personas y que mañana pueden dejar de tenerlo.

Es precisamente en estas pequeñas y medianas empresas donde el marco legal tiene menos importancia en la práctica. Se trabaja el doble de horas de las establecidas por contrato, cuando lo hay, se asumen responsabilidades ajenas al contrato, no se respetan las condiciones de seguridad, hay retrasos o incumplimientos de pago, etc. Se trata del sector más ligado a la precariedad laboral. No obstante, sin la aceptación de los mecanismos sindicales de la LOLS no existe la mínima herramienta de defensa legal.

¿Nuevos planteamientos?

Nos parece fundamental tratar de entender que, a diferentes tipos de asalariados y asalariadas, una verdadera multiplicidad de formas de trabajo, diferentes formas de lucha. Esto no es sólo un ejercicio voluntarista, sino que creemos que refleja una tendencia histórica en el capitalismo, una tendencia histórica a la que hay que saber enfrentarse.

No es que todo en el mundo del trabajo haya cambiado, que ya nada de lo anterior valga o que todos los planteamientos deban ser nuevos. En absoluto. Sirvan como ejemplo dos desplazamientos que creemos claves, uno de ellos es lo que comentábamos sobre el mundo fabril, que no desaparece sino que se desplaza a la periferia, en sus diversas escalas regional, estatal y mundial. La carga de trabajo de la industria aeronáutica se ha trasladado a Andalucía y el trabajo de la industria del automóvil a zonas no metropolitanas de Barcelona.

El otro desplazamiento sería la entrada en el mercado laboral de aquellas labores relacionadas con los cuidados que hasta ahora no habían sido mercantilizadas de manera sistemática porque eran las mujeres quienes las realizaban sin una remuneración económica. Entender que este cambio trae consecuencias en la estructura laboral es también clave. Por ejemplo en el caso de una mujer que limpia una casa y cuida los niños de una familia donde tanto la madre y el padre trabajan, dichos padres se convierten en los empleadores de la cuidadora. Si añadimos el matiz de que suelen ser mujeres migrantes quienes hacen esta labor, tenemos en muchos casos como resultado de la ecuación, salarios muy bajos, dificultades a la hora de reclamar derechos, una diferenciación clara entre una clase trabajadora autóctona y otra migrante y una desvalorización generalizada de su labor. Por dichas razones las prácticas de lucha se han desplazado más allá del sindicalismo clásico y han surgido organizaciones como “Territorio Doméstico” que además de tener un claro objetivo de defensa de los derechos laborales, tiene una marcada tendencia feminista e internacionalista.

Por último, a todo esto hay que añadir que la situación económica apunta a una situación de  crecimiento sostenido del desempleo crónico y al subempleo permanente, especialmente para los sectores más desfavorecidos del proletariado. De esta forma, el foco del problema ya no solo está el trabajo en sí, sino que debe atender también a estas situaciones.

Algunas propuestas

Las transformaciones que hemos indicado señalan dos claros frentes de lucha: el de la reorganización material de la acción colectiva en el mundo laboral y el de empujar en el terreno discursivo (por así decirlo). Obviamente, no tiene sentido considerarlos frentes estancos sino que, al contrario, sólo las victorias en cada uno de los terrenos nos permitirán avanzar en el otro. 

En lo que respecta al neoliberalismo como cultura, como modo de percibir y entender el mundo, creemos que es necesario oponer la idea del apoyo mutuo, de lo común y marcar claramente las diferencias de clase existentes. No ceder al discurso del emprendedor, del individualismo, de “las PYMES crean empleo” y todo eso. ¿Cómo? No tenemos claro hasta qué punto es posible revertir esto desde la propaganda (sean jornadas y carteles minoritarios o tertulianos en La Sexta Noche), aunque este sea un mensaje que haya que seguir lanzando. Nosotros creemos que la derrota de ese discurso y la extensión de uno basado en la solidaridad de clase y el apoyo mutuo van a estar muy ligados a que se consigan más pequeñas (y grandes, claro) victorias en el ámbito de lo laboral. Es decir, tomando como ejemplo la lucha de la vivienda, creemos que serán los enfrentamientos cotidianos y una dinámica ascendente de victorias en este terreno las que crearán las condiciones para que un discurso contrario al sentido común neoliberal dominante pueda imponerse a escalas cada vez mayores.

En cuanto a la reorganización material de la acción colectiva, dentro de Equilibrismos hay dos posturas más o menos diferenciadas. Por un lado, una defiende una recuperación de un sindicalismo de base (en tanto que lucha específica en el ámbito laboral) aun asumiendo que son necesarias transformaciones en sus formas de organizarse y de luchar para adaptarse a las nuevas (y no tan nuevas) transformaciones productivas. La otra postura apuesta por el modelo de las redes de solidaridad, una organización de la solidaridad de clase más integral, en el sentido de que pretende agrupar territorialmente luchas laborales, por la vivienda, migración, pero también estructuras autoorganizadas como las despensas colectivas o, si fuesen necesarias, las clínicas autogestionadas.

Vemos importante recalcar que, sea como sea, las luchas laborales deben reconocer e incorporar aquellas actividades históricamente dejadas de lado por no ser consideradas productivas, pero que son imprescindibles para la vida y para el modelo de producción, como los cuidados, que sustancialmente recae sobre el cuerpo de las mujeres. No sólo eso, la tradicional masculinización del mundo laboral más clásico, al que, por procedencia e implantación, se encuentran tremendamente asociados los sindicatos, sean oficiales como minoritarios, hacen de ellos un terreno propicio para las actitudes machistas y paternalistas, como tantas veces han señalado muchas compañeras.

Por seguir con la analogía con la lucha por la vivienda, nos parece de lo más necesario hacer énfasis en aquellos aspectos que más unan, como es el caso de las hipotecas o, ahora, los alquileres. En el terreno laboral, el número de horas trabajadas, las horas extras no pagadas o la reivindicación de un salario mínimo determinado (siguiendo el ejemplo del FightFor15 estadounidense) podrían ser puntos en común sobre el que asentar futuros conflictos.

En este sentido sería interesante la introducción luchas por la mejora de las condiciones laborales que fueran más allá de aquellos que van a ser despedidos, que no reciben su salario o que trabajan más de las horas que cobran, es decir, incluir en la lucha laboral a aquellos que “gozan” de una aparente estabilidad. Esto sería las mejoras de las condiciones de trabajo concretas: disminución de horario con mantenimiento de salario, mejora de las condiciones de seguridad y EPIS, sistemas de compatibilización con la vida, etc. Esto supone tensar desde todos los puntos las contradicciones de la lucha de clases en el mundo laboral, evitando la división entre trabajadores estables y trabajadores parados o de segunda.

Otro punto a tener en cuenta es que la vivienda ha tenido a su favor que ha podido señalar fácilmente al enemigo: los bancos, sin que hubiera lugar a dudas y sin entrar en disquisiciones de si el banquero arriesga o si también sufre. En el mundo laboral, sobre todo teniendo en cuenta la estructura de pequeña y mediana empresa y la implantación de la cultura neoliberal de la que hemos hablado, es esperable que se planteen temas que apelen al “pobrecito empresario”, a que el “también tiene familia”, que son “los que crean empleo”, bla, bla, bla… que habrá que plantearse de antemano cómo manejar y afrontar sobre el terreno, pero si se consigue un foco de atención común, pueden contrarrestarse sus efectos.

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