Se acabó la luna de miel de Scott Morrison

El primer ministro derechista Scott Morrison llegó al poder en Australia aprovechando un momento de indignación popular y pregonando su apoyo a los combustibles fósiles. Pero ahora, con los incendios forestales arrasando el país, su apoyo cae en picado.

En 2006 el eslogan de turismo “¿Dónde demonios estás?” terminó siendo un manido coloquialismo y un gran fracaso. Catorce años después se ha convertido en una clara metáfora de los problemas de liderazgo de su creador, el primer ministro (y por aquel entonces líder de Tourism Australia), Scott Morrison. Mientras el mundo observa cómo se despliega el desastre de los incendios, quizás se estén preguntando: ¿quién demonios es Scott Morrison?

Scott Morrison fue el sorprendente vencedor de las elecciones federales de 2019 en Australia. Desconfiado de las encuestas de opinión, un éxito desbocado entre los evangélicos y promotor absoluto de la industria del carbón, Morrison siempre ha sido comparado con Donald Trump, con quien comparte una buena relación personal. Pero a pesar de sus credenciales populistas, su victoria en mayo se produjo en el contexto de una recesión inminente, la guerra comercial entre Estados Unidos y China y una creciente emergencia climática. Nada de esto es un buen augurio para su longevidad como líder.

La puerta giratoria

Morrison se hizo con el control del Partido Liberal – el principal miembro de la Coalición derechista de Australia – y con el cargo de primer ministro en lo que la mayoría consideran un movimiento maquiavélico. La política interna del Partido Liberal lleva tiempo pareciéndose a los Idus de Marzo: debido a los golpes de estado internos, ningún primer ministro australiano ha cumplido un período completo entre elecciones desde 2007.

El millonario Malcolm Turnbull derrocó al católico de extrema derecha Tony Abbott en 2015. A su vez, uno de los leales a Abbott, el defensor de los derechos de Boers y ex policía Peter Dutton, lanzó un intento de golpe contra el nuevo sofisticado primer ministro en 2018. Perdió, pero volvió a intentarlo unos días después. Con ambos personajes ahora considerados causantes de divisiones, Scott Morrison entró en la refriega como el candidato de compromiso. Ganó el voto interno del partido y entró en el cargo más alto del país. Se ha especulado mucho acerca de que este había sido su plan desde el principio.

Esta década de apuñalamientos por la espalda y derramamiento de sangre en las dos principales alas del partido no ha sido solo por diversión. Bajo la presión de una creciente conciencia pública sobre el cambio climático, los jefes de la industria minera se han lanzado con entusiasmo a apoyar o debilitar a los diferentes contendientes en cada momento. La crisis financiera mundial y una recesión inminente también han ejercido una enorme presión sobre los principales partidos gobernantes para que se hayan decidido a hacer que el pueblo, en lugar de las grandes empresas, pague por las crisis contemporáneas del capitalismo.

Yendo a las urnas nuevamente en 2019, Morrison condujo a la Coalición a la victoria, contra todas las encuestas que decían que este era el año de los laboristas. Su campaña se centró en el miedo a mayores impuestos y al desempleo que supuestamente generaría el cambio hacia las energías renovables. La Coalición afirmó que los laboristas «¡te cobrarán impuestos hasta matarte!» y causarán 167.000 pérdidas de empleos debido a sus objetivos energéticos. El mensaje pareció resonar. Pero debido a lo inesperada que fue, casi todos exageraron sobre su victoria. Realmente los dos partidos principales perdieron votos en las elecciones, el del gobierno simplemente perdió menos.

Fervor religioso

A Morrison se le ha comparado con Trump, lo cual en algunos aspectos es esclarecedor, pero en otros no. Al igual que Trump, Morrison ataca a los «globalistas» y castiga a los medios de comunicación que cree que le perjudican. A diferencia de Trump, Morrison es un hombre de partido de principio a fin: dirigió la administración del Partido Liberal de Nueva Gales del Sur desde 2000 a 2004. Al igual que Trump, Morrison es un éxito rotundo entre los movimientos evangélicos de todo el país. A diferencia de Trump, él forma parte de ellos.

Morrison pertenece a Horizon, una iglesia pentecostal con sede en Sydney. Por primera vez en una Australia profundamente secular, el primer ministro canta, aplaude y levanta los brazos en alabanza extática del Señor. Lo sabemos porque invitó a las cámaras a su iglesia antes de las elecciones y nos lo mostró.

En Morrison, la derecha religiosa ha encontrado a su campeón. Furiosos por el resultado del referéndum a favor del matrimonio homosexual en 2017, han estado buscando venganza desde entonces. Morrison no ha defraudado. Él personalmente intervino para cambiar los letreros de baño neutrales con respecto al género en el Parlamento, y su propuesta de ley de libertad religiosa, entre otras cosas, permitirá a los profesionales médicos rechazar el servicio a las personas LGBT y anulará la prohibición de la terapia de conversión.

Morrison ha hecho suyo también el hostigamiento racial que define la presidencia de Trump y de otros líderes populistas en todo el mundo. Como ministro de inmigración, supervisó e intensificó el régimen draconiano de los centros de detención obligatoria situados en alta mar, demonizando a los solicitantes de asilo y llamándoles buscadores de asistencia social y ladrones de empleos. En su escritorio tiene una maqueta de un bote de refugiados estampado con las palabras «yo detuve esto».

En 2014 salieron a la luz una serie de abusos sexuales sufridos por solicitantes de asilo cometidos por los guardias de seguridad privados que vigilaban las islas donde se encuentran los centros de detención. Morrison utilizó el incidente para iniciar una investigación oficial sobre la ONG Save the Children, expulsando a gran parte del personal de la organización de las cárceles insulares. Apelando al supuesto odio de los “australianos silenciosos” hacia las élites de las ciudades interiores, Morrison argumentó que los trabajadores en los centros de detención están «contratados para trabajar, no para ser activistas políticos«. La investigación pronto colapsó y los denunciantes fueron vindicados. Morrison simplemente negó haber insinuado nada, una táctica similar a la de Trump que ha aprovechado a lo largo de su carrera.

Una triangulación tambaleante

Morrison está dispuesto a realizar matizaciones raciales por conveniencia política. En 2019, salió a la luz que el gobierno chino estaba intentando ejercer influencia sobre la política federal australiana, y que una parlamentaria del Partido Liberal a la que Morrison había apoyado, Gladys Liu, había formado parte de organizaciones gubernamentales chinas.

La oposición alertó de manera oportunista de que la seguridad nacional se había puesto en peligro. Morrison de repente declaró que esa “política para entendidos” le parecía detestable y llamó a la oposición racista y anti-feminista, argumentando que “sólo porque alguien haya nacido en China no significa que sea desleal hacia Australia (…) Los laboristas quieren que parezca un asunto de seguridad nacional, pero creo que 1,2 millones de australianos de ascendencia china lo entienden”.

El gobierno chino elogió la respuesta de Morrison al escándalo de Gladys Liu. Sin embargo, por lo general sus acciones no han hecho más que provocar la ira del Partido Comunista Chino. Morrison ha dejado claro que en su equilibro inestable entre su aliado militar (Estados Unidos) y su mayor socio comercial (China), Australia se inclina hacia el primero.

Se han criticado mucho las excursiones aduladoras de Morrison a la Casa Blanca de Trump. Pero son gestos mucho más serios, como su contribución con tropas, aviones y buques militares a la misión estadounidense en el Estrecho de Hormuz en agosto, los que demuestran en qué dirección está apostando el primer ministro. Este apoyo militar manda un claro mensaje al Partido Comunista Chino sobre en qué bando estaría Australia en caso de cualquier potencial desventura militar contra Irán, o incluso en el mar de China meridional.

Primer Ministro del carbón

En torno al carbón, las semejanzas entre Morrison y Trump son más claras que en cualquier otro asunto. En un acto teatral que ahora le persigue, Morrison llevó un trozo de carbón al Parlamento en 2017 y lo agitó mientras se burlaba de la oposición. “Esto es carbón. No tengáis miedo, no os asustéis«, se reía mientras pasaba el objeto a sus colegas.

Morrison llamó personalmente a Narendra Modi para felicitarlo por su victoria en las elecciones indias y asegurarle que el controvertido proyecto mega-contaminante de la mina de carbón Adani en Queensland, de propiedad india, seguiría adelante. Mientras las preocupaciones medioambientales amenazaban con retrasarlo, él dio una orden clara y contundente a todos los agentes involucrados: «Sigan adelante«.

Y debido a esta afinidad por el carbón, la exitosa primera etapa de Morrison como primer ministro podría estar llegando a su fin. Justo cuando la opinión pública australiana está cambiando a favor de la acción climática, en el contexto de las masivas huelgas de estudiantes de secundaria (las protestas más grandes en el país desde las manifestaciones contra la guerra de Irak), una serie de incendios forestales completamente catastróficos están arrasando el continente.

Eligiendo el peor momento, Morrison se fue de vacaciones a Hawai con su familia justo cuando estalló la crisis. A medida que crecía el clamor, Morrison se vio obligado a regresar a casa y evaluar los daños. Pero lejos de una gira victoriosa entre los “australianos silenciosos”, Morrison ha cometido un error tras otro visitando pueblos enfadados, desesperados y quemados.

Los ministros de Morrison, respaldados por el imperio mediático Murdoch y un ejército de trolls y bots, han hecho todo lo posible para hacer ver esta crisis como algo «normal en Australia» o como resultado de la burocracia ecológica (inexistente) implementada por los Verdes. Esto ciertamente ha extendido cierto grado de confusión. Sin embargo, la opinión generalizada es que el gobierno federal ha manejado mal la crisis y la ha empeorado al no tomar medidas más serias sobre el cambio climático. Parece claro que Morrison interpretó incorrectamente su victoria electoral como un apoyo a su teatro negacionista, cuando en realidad casi todos los electores se han cansado de este enfoque burlón.

En su discurso parlamentario inaugural en 2008, Morrison citó a Bono: “Cuando se escriban los libros de historia, se recordará nuestra época. . . lo que hicimos, o no hicimos para apagar el fuego… ”. A medida que la luna de miel llega a su fin para este populista de extrema derecha suburbano, podría estar lamentando haber elegido esa cita.

Artículo extraído del inglés de Jacobin Magazine

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