Lo que más me gusta son los monstruos

Autora: Emil Ferris. Reservoir Books. Penguin Ramdom House Grupo Editorial. Abril de 2018

Sorprendente y alucinante. Son los dos adjetivos que, para mí, mejor representan esta obra. El libro fue un regalo, no lo conocía, no tenía ninguna referencia, pero fue empezarlo y devorarlo en una semana. Sobre todo, destacaría la enorme capacidad imaginativa de su autora, que sabe combinar muy bien con una historia con infinidad de recovecos.

Lo que más me gusta son los monstruos nos sumerge en la vida de una niña de diez años, Karen Reyes, que crece en las calles del populoso barrio de Chicago del Uptown a finales de los 60. El relato arranca con la muerte en extrañas circunstancias de su vecina del piso de arriba, Anka, una peculiar mujer alemana que sobrevivió al holocausto. A partir de este hecho, que Karen decide investigar, se va desplegando una historia vista desde los ojos de una niña enamorada a partes iguales de los monstruos y del dibujo (y que se representa a sí misma como una niña-loba), dos pasiones que le ayudan a expresar y sobrellevar su vida, sus relaciones familiares, su duro paso por el colegio, sus miedos, sus amores… A través de sus vivencias, de su mundo interior y exterior, iremos conociendo mejor a Karen, a su madre, a su hermano Deeze (artista y mujeriego), a sus característicos vecinos (un baterista de jazz, un mafioso, un ventrílocuo…), a sus amigos (más o menos reales) y al resto de su entorno. Y cómo no, también nos imbuiremos del contexto social del momento, de un barrio pobre de una de las grandes urbes americanas, un barrio de migrantes (tanto interiores como exteriores), en el que el clasismo, el racismo y el clientelismo están a la orden del día.

Igualmente, se tocarán violencias más invisibilizadas, más si cabe en aquella época, como la homofobia o la violencia sexual. De forma tangencial, mientras se recorre el hilo de la muerte de Anka, la historia nos acercará a la Alemania de entreguerras, pero desde una perspectiva muy distinta a la tradicional, una verdadera sorpresa en este aspecto.
Más allá de la historia en sí, el otro gran puntal de este cómic es su estilo gráfico. Es muy rompedor. La historia está narrada desde la perspectiva de Karen, y toma la forma de su diario gráfico, donde va contando sus aventuras, miedos, pensamientos y deseos. Y como tal, está dibujado sobre papel pautado de rayas. Esos típicos cuadernos que llevábamos al colegio, con rayas azules horizontales sobre las que escribir recto, anillas y una línea roja vertical y pequeños agujeros al margen. Los dibujos, a boli, parecen trazados a mano alzada. A lo largo de sus más de 400 páginas, la obra se salta los convencionalismos gráficos típicos del género: la narración no se restringe a la concatenación constante de viñetas, sino que las ilustraciones se van sucediendo en diversos formatos, desbordando muchas veces el lenguaje común del cómic para adentrase en otros mundos como el de la ilustración, la cartelería o la decoración adolescente de carpetas y cuadernos; el estilo de los dibujos también está en constante baile, desde un espectacular realismo a simples bocetos rápidos; lo mismo sucede con los colores, que entran y salen de la historia a conveniencia… En fin, un formato que choca, que se va adaptando al ritmo de la narración y que hace de esta novela gráfica un placer visual.

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